Eduardo Pradilla y François Bucher se pusieron de acuerdo para realizar, los pasados meses de junio y julio, una exposición en la sala que el Distrito de Bogotá ha abierto en la sede del Planetario. Su título Los jugadores y su contenido 25 fotogramas de gran formato, full color, copias en scanner de fotografías originales de Julio César Flórez, agrupadas de cinco en cinco en tiras pegadas a la pared. Entre cada bloque de fotos había, arriba, un reloj de pared escueto, de caja de metal pintada de negro como las manecillas y abajo cuatro letreros que eran otros tantos anuncios perturbadores: "Indicio", "Crimen", "Conjetura" y "Evidencia". Y en el conjunto la invitación al espectador a componer con esas imágenes y esos indicios una película de serie negra girando en torno al mundo rutilante de los casinos. Pradilla y Bucher hicieron todo lo que estuvo a su alcance para que esa opción fuera posible. Para empezar fueron a un conocido casino de Bogotá, lleno de espejos, candilejas y fantasías, donde se hicieron fotografiar por Flórez, junto con una amiga, conocida figura de la televisión colombiana, desempeñando el papel de tres personajes inverosímiles: John Coltrane, Hakim Mery y Edda Manrique, cuya actuación se concentraba en jugar black jack en una mesa atendida por tres enigmáticas croupiers. Sólo que su papel lo cumplían mudos y quietos, tal y como estamos todos delante de una cámara fotográfica. La acción, el drama, el crimen en el que probablemente estaban involucrados, no se podía seguir más que a través de los indicios, de las alteraciones en las posiciones, los gestos, inclusive en los trajes de alguno de estos insólitos actores. Toda fotografía es una huella luminosa de algo o de alguien pero también es un indicio que, tal y como ocurrió ejemplarmente en Blow Up, el film de Antonioni, puede convertirse en la evidencia de un crimen. Eso sí, con la ayuda imprescindible de la conjetura, construcción mental que le da forma y modo de actuar a la sospecha.

No se piense, sin embargo, que los méritos de Pradilla y de Bucher se redujeron a hacer evidentes, poniéndolos en escena, los procedimientos ocultos de la fotografía, cuyo despliegue tanta atención atraerían de Umberto Eco, filósofo de las huellas, los signos y los indicios. En realidad con esta exposición, que era una instalación, ambos lograron activar un campo mucho más amplio de sentidos e interpretaciones, El más cercano e inmediato lo proponían las asociaciones entre ese casino y esos jugadores y la realidad social de un país como Colombia donde la vida humana ha adquirido un carácter completamente azaroso, pendulando arbitrariamente entre el disparo y el disparate, entre la emboscada y el secuestro, entre la miseria irreparable y la ruleta mortal a la que apuestan quienes pretenden coronar con éxito algún envío ilegal de cocaína. Eso, para no hablar de fenómenos sociológicos tan impresionantes como el llamado Juego del avión que hace poco convirtió a la ciudad de Cali en un casino multitudinario, caótico y delirante.
Pero, insisto, son posibles otras interpretaciones. Por ejemplo la que subraya que Pradilla y Bucher asociaron en su obra el reloj, la fotografía y la ruleta, instrumentos de privilegiados ya no de un país como Colombia sino de una civilización entera, la nuestra, digo, solicitándole el debido permiso a quienes son sus integristas, los que se creen dueños de su origen.
El reloj, entonces, como medio e instrumento de un tiempo mecánico, lineal y ordenado casualmente. La ruleta en el otro extremo, medio e instrumento del azar y el cálculo de probabilidades. Y en el medio la fotografía, destruyendo el tiempo lineal para darle paso a la libertad del azar. La única que nos queda.
CARLOS JIMÉNEZ
