A duras penas logramos imaginar la extrema precariedad e inestabilidad social vividas tras la casi total destrucción de México-Tenochtitlan, o el largo y severo proceso que condujo gradualmente hacia la construcción de las opulentas fachadas de la Nueva España. Cuando las élites virreinales iniciaron su empresa de erigir catedrales, monasterios y obras públicas, y comisionaron trabajos a pintores y escultores, el objetivo principal era el de manifestar externamente su lealtad hacia la fe y desplegar una abundancia de riqueza material (con frecuencia tentadora), procurando consolidar el nuevo orden en el cual prevalecerán. Según Alexander von Humboldt, testigo posterior de los hechos: “No existe en lugar alguno semejante diferencia tan horrorizante en la distribución de fortuna, civilización, cultivo de la tierra y población”. Aún con todas sus apariencias y discrepancias, la sociedad colonial también había sido forjada por una dosis de calamidades naturales—las epidemias y la inundación de Ciudad de México, por ejemplo, o la nefasta realidad de los desastres producidos por los sismos—además de otros infortunios y enfermedades cuya ominosa presencia debió cernirse sobre la vida diaria de los virreyes.
La creciente preocupación por el fenómeno del mundo físico reflejada en la pintura de la época era herencia directa proveniente del Alto Renacimiento Europeo, y daría paso eventualmente a la forma denominada ex voto. Este género, similar a la pintura de castas—descripciones pictóricas de la mezcla racial en la Nueva España—es propio de las Américas. En formato pequeño, más o menos canónico, el exvoto consiste en una escena que relata, en diferentes términos visuales, la manifestación de un milagro. Lleva una leyenda inscrita en la parte inferior que conmemora a algún santo en particular o alguna aparición de la Virgen María y expresa gratitud por su intervención en favor de algún creyente, por concederle alguna petición y, en ocasiones, lleva un compromiso implícito de devoción para toda la vida.

Aunque las primeras expresiones de este arte fueron sin lugar a dudas interpretaciones fieles al "alto" arte colonial, pronto se difundió y la imaginación vernácula mexicana se apoderó de él, desarrollando múltiples variaciones sobre un mismo tema, expresando asombro y agradecimiento ante la voluntad divina manifiesta en lo corriente, aún frente al errático curso de la naturaleza. Paralelamente a imágenes de Cristo crucificado, el exvoto se prestaba de manera natural para innumerables interpretaciones del cuerpo adolorido. Aún siendo en formato miniatura, los artistas se valieron de una amplia gama de recursos narrativos y pictóricos para transmitir el drama de la curación, el aura de la transfiguración y la celebración del prodigio, clamando el triunfo de la fé y de la intervención divina sobre enfermedades, accidentes y catástrofes. En los trabajos más conmovedores, el exvoto explora la visualidad de la mediación en lo que podría ser considerado como una manifestación pública, espiritual y física de deuda.
Con más de trescientas muestras provenientes de quince estados mexicanos, la exposición Dones y promesas: 500 años de arte ofrenda cubre el tema de manera exhaustiva permitiendo cierta especulación acerca del auge y diversidad de esta forma de arte devocional. En la exposición se procura seguir sus pasos genealógicos, empezando por una serie de ofrendas de enterramiento prehispánicas. A nivel conceptual, sin embargo, es difícil discernir la lectura que se debe hacer de estas piezas en juxtaposidón con los grabados de la Virgen de temprana época colonial, o con la monumental Procesión franciscana de Tlatelolco al Tepeyac implorando la intercesión de la Virgen de Guadalupe para aplacar la peste (cocoliztli), lienzo de grandes proporciones referente a la plaga de 1544 que diezmó a buena parte de los habitantes de Ciudad de México.

Carente del suficiente contexto histórico, este curioso salto y continuidad forzada del curador no logra explicar la revolución religiosa que llevó a la conversión de los mexicanos al Catolicismo. De hecho, una de las notas incluida en la exposición (citando a Anita Brenner) presenta una idea en extremo discutible: “La noción de milagro era una de las pocas ideas que el español medieval y su contemporáneo mexicano pudieron haber discutido sin mayores malentendidos”. No obstante, la mayor parte del material didáctico que acompaña la exposición si va al punto, especialmente en cuanto a ciertos aspectos formales. Uno de los textos explica cómo una composición típica de este género podía ser dividida en planos de lo divino y lo humano, con la misma fluidez y formalidad que mantiene la cartela o leyenda en el borde inferior.
Algunos otros "antecedentes" del género son de particular interés, en especial una pintura anónima cuya presencia recuerda la amenaza permanente de naufragio que sufriera el Galeón Manila en su ruta entre las Filipinas y Acapulco. En un exvoto anónimo del siglo XVIII—al igual que en otros—el plano pictórico puede ser dividido en varios compartimentos que recuentan una serie de prodigios, constituyéndose casi que en un verdadero diario. Muchas de estas pequeñas obras son crónicas pictóricas, no sólo de la arquitectura, la moda y otros efectos exteriores de la Nueva España; en menor escala, el mestizaje y las diferencias de clase, sino también la patología de que era víctima la vida de aquellos que ocupaban el virreinato: desde lepra, inflamaciones, sama, viruela y epilepsia hasta la "fuerte melancolía morbu deliriosa" y el "cólera morbus, echando el humor líquido requemado sin comer ni dormir". También sirven como catálogos de lo accidental: desde incendios y toros rugientes a las víctimas de la guerra. En este sentido pueden ser leídas bajo una luz más profana como respuestas ante la imponente naturaleza y extraordinaria capacidad del cuerpo de convalecer, y aún más importante, ante la frecuente e inexplicable capacidad del cuerpo de resistir su inevitable fin.

El florecimiento del exvoto como arte vernacular del siglo XIX está representado en la exposición por obras de las varias escuelas provinciales que emergieron en Jalisco, Zacatecas y San Luis Potosí. Pintadas primordialmente en placas de metal1 ninguna supera la hábil percepción psicológica de Hermenegildo Bustos (Guanajuato). Uno de los aspectos más entretenidos de la exposición lo constituyen las series temáticas en que han sido divididos los ex votos para esta muestra: prisiones, violencia, agradecimientos, guerras (incluso a un tal José Luis Palafox "herido en combate en Vietnam") así como dilemas rurales y cosechas malogradas.
La reapropiación del género convertido en "arte alto" durante el siglo XX está representada en la obra de maestros modernos tales como Ángel Zárraga, Manuel Rodríguez Lozano, Gabriel Fernández Ledesma, Frida Kahlo y María Izquierdo. Todos ellos incluyeron una representación de un exvoto en su obra o utilizaron aspectos de la estructura misma del género en mayor o menor grado. Habría que incluir en la muestra a algunos artistas contemporáneos, beneficiándose del principio de que "menos es más", es decir, presentando únicamente los trabajos que constituyen crítica o reinvención del exvoto como herencia endémica—la producción de Francisco Toledo, Nahum B. Zenil, Germán Venegas, Magali Lara y Sergio Hernández—.
En cierto sentido, Dones y promesas reivindica —sin fundamento alguno— el principio de que a pesar de los desplazamientos históricos ocurridos durante el "encuentro", el México moderno se funda sobre una base común esencialmente devota. Sin embargo, es imposible ignorar que el género también nació de la ansiedad generada por los aspectos menos amables del dogma católico. Al mostrar la impertérrita opulencia de los privilegiados de la sociedad colonial y, más tarde, su contraparte más humilde, el exvoto se presenta como un género auténticamente conmovedor que describe los tributos que ameritan los milagrosos cambios de fortuna, el mundo en el que nada es arbitrario, las bendiciones retomadas y convertidas en diminutos testamentos de gratitud frente a un sobrecogedor y con frecuencia inexplicable mundo.
NOTA
1. Aún habría que dilucidar si el cambio del lienzo al metal llevó al formato a alejarse de la producción lenta, sinuosa y de contraste anterior para producir el color y espacio aplanados típicos de la composición frontal.
ROBERTO TEJADA
Vive y trabaja en la Ciudad de México, donde es director de Mandona, antología anual de la poesía y las poéticas avanzadas de las Américas.
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