Jorge Orlando Meló director de la Biblioteca Luis Ángel Arango en el catálogo de esta nueva exposición retrospectiva de Débora Arango dice: “es una obra que más que elogios pide la elucidación de sus complejas relaciones con los variados procesos culturales de su país y de su región y sigue requiriendo el estudio de la sensibilidad y de las formas de figuración que la caracterizaron”.
En realidad es un pertinente llamado a la reflexión de un historiador que plantea una inquietud que tiene que ver no solo con la obra de Débora Arango, sino con muchas otras figuras históricas que requieren, para su cabal apreciación, la reflexión en un área del conocimiento como la sociología o la teoría del arte. Pero en Colombia estas áreas más que nunca, están en franca crisis, no solo porque las personas que la han ejercido, con aportes innegables, han bajado la guardia, sino porque frente al abandono de la formación y la discusión teórica a la que están sometidas las nuevas generaciones, cabe la pregunta de cómo se dará cuenta en el futuro el análisis y la historia de un lenguaje tan importante como el de las artes plásticas.

Un síntoma de la falta de rigor y de interés por un análisis más allá de la crítica circunstancial, es precisamente que se realicen en nuestro país exposiciones retrospectivas de los mismos artistas cada cierto tiempo, y que entre una y otra, no haya una reflexión distinta, y no se planteen otras formas de ver. Y otro síntoma es que no se organicen exposiciones retrospectivas de figuras importantes como Pedro Nel Gómez, para citar sólo un ejemplo cercano al caso que nos ocupa. La verdad es que ver y leer a un artista y ubicarlo en sus complejas relaciones culturales e históricas, sin apasionamientos innecesarios y sin regionalismos, es un trabajo que requiere indudablemente un compromiso con la historia y con sus métodos.
Y es que en realidad la obra de esta valiente artista antioqueña nacida en Medellín en 1907, más que elogios o críticas, como dice Meló, necesita ser evaluada en su exacta dimensión y tal vez los llamados a realizar esta tarea sean las nuevas generaciones, pero también los estudiosos de su obra, los que reconocieron en sus acuarelas y pinturas los valores innegables que tienen y rescataron para la historia del arte colombiano a una artista marginada en los primeros años por las deformaciones de una manera sectaria de pensar y después, por la obsesión hacia el arte moderno.
Algunos de estos críticos, en sus escritos y exposiciones, presentaron por primera vez ante una generación a Débora Arango, una artista ante todo con una mirada local, una cualidad que le permitió, con sentido común y sensibilidad, acortar su espacio de observación a su casa y su ciudad, ampliando así las posibilidades de reconocer lo que había a su alrededor, e iniciar un proceso de auto-reconocimiento, que la llevó no solo a preguntarse "quién soy", sino entre "quienes estoy". Por eso sorprende que haya tratado temas aparentemente tan obvios como la situación de la mujer, las monjas del colegio, los curas, el desnudo, que siempre están ahí, pero que muy pocos artistas se habían detenido a mirar, tal vez porque en los años 40 lo épico era más importante que lo cotidiano.
Pero la mirada local de Débora Arango tiene valor, porque además de reconocer y contar lo que hay a su alrededor, piensa de la misma manera como se piensa localmente, con ironía y sin solemnidades. Esta mirada inteligente y sensible, supo dar cuenta también, desde el silencio de su taller, de dolorosos acontecimientos políticos y sociales plasmados en obras para no olvidar como El tren de la muerte de 1950.
Por estas razones se justificaron las retrospectivas en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín en 1975 y en el Museo de Arte Moderno de Medellín y la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá en 1984, con 240 obras. Estas exposiciones contribuyeron en parte a pensar el arte colombiano de otra manera, empezando por reconocernos, aceptarnos y comprender que permanecer vigilante hacia el entorno y arriesgar una interpretación propia, es una actitud ética y estética, así no esté dentro de los parámetros del arte moderno.
Sin embargo hoy, en 1996, ¿se justificaba hacer la misma retrospectiva sin una revisión crítica? ¿No era el momento para hacer una escogencia de las obras más significativas? Si en todo artista hay momentos de aprendizaje y de logros ¿por qué era necesario exhibir toda su obra de nuevo? Este es el principal síntoma del abandono en que se encuentra la historia y la teoría del arte en nuestro país; y claro se podrían buscar responsables y señalar a los curadores de la exposición pero lo más triste es que nadie plantea un acercamiento diferente.
Es indudable que en la obra de Débora Arango lo temático tiene prioridad, pero hay que recordar aquí a Francastel quien en su sociología del arte puntualiza que si una persona desprevenida frente a una obra de arte le da todo el peso a lo temático, esta persona es incapaz de ver. Y en este caso sus analistas no quieren ver, porque en algunos momentos la obra de Débora Arango es imposible de ver; y la razón es que, querámoslo o no y pasando por formalistas, el dibujo, así sea en la obra más abstracta o expresionista, es una sólida gramática, que le permite al ojo entrar al espacio y recorrerlo y con la cual está finalmente comprometido el artista, precisamente para que a través de él se impongan su sensibilidad y sus ideas. Lastimosamente el arte no es solamente un problema de autoexpresión sino que necesita estar consciente de un lenguaje para subvertirlo o agredirlo, si es el caso y sobre todo ampliarlo.
A mi me impresionó el comentario de un crítico en un especial de televisión cuando afirmaba que Débora Arango no era caricaturista como Ricardo Rendón y eso lo consideraba una característica peculiar y positiva. Rendón, caricaturista o no, era un gran dibujante y por el contrario en Débora Arango el dibujo, sobre todo en sus retratos y desnudos, es un gesto aprendido y repetido que no logra transmitir en la imagen la sensibilidad y la fuerza de la mirada.
Y aquí es donde se nota el otro síntoma de abandono de la historia del arte y es que el contexto en el cual se analiza su obra, es manejado de manera fragmentaria para explicar lo que se quiere resaltar y no hablar de lo que no se quiere ver. La mayoría de los escritos sobre su obra se refieren al expresionismo alemán, a Georg Grosz, a Otto Dix y hasta al neo-expresionismo, y en este caso la referencia resulta como un "a propósito" para mostrar los conocimientos en la materia que tiene el escritor, pero sin una referencia puntual y convincente a las pinturas y acuarelas de la artista, desconociendo, de paso, que lo que mueve montañas en la obra de los expresionistas alemanes, es el sólido conocimiento de las calidades de línea.
Es muy diferente el caso de la referencia específica que hace Beatriz González cuando dice que Débora Arango “... viajó a México en 1946 a beber en las fuentes mismas de los muralistas entre quienes admiró sin restricciones a José Clemente Orozco (1883-1949) artista que influyó de forma definitiva en su pintura de temática social... durante su permanencia en México asimiló de Orozco, a quien le restaban solo tres años de vida, los tratamientos fuera de escala de los rostros, los sistemas espaciales, la simplificación, la narración, la visión caricaturizada de la política y del establecimiento y por ende el zoo-modismo”. Y es aquí, en las metamorfosis de sus obras de los años 50, donde se cruzan sus capacidades para lograr sus mejores obras. Es decir aparece la habilidad que tiene la gente de su región para entender cómo las ideas cambian la forma de las cosas, el anti dibujo y la sensibilidad para captar la vida nacional, en obras como La junta militar de 1957, La justicia, 1950, El plebiscito, 13 de Junio, El cementerio de la chusma o Mi cabeza, 1950 y La Danza.
Se han escrito ya reflexiones sobre los autores llamados menores que son los más grandes porque son capaces de conquistar su propia lengua poniendo en estado de variación continua la lengua establecida. Se ha escrito por ejemplo, que estos autores utilizan la lengua menor para hacer huir la lengua mayor siendo extranjero en su propia lengua, viviendo como bastardo y no por combinación o mezcla de lenguas sino más bien por sustracción y variación de la suya a fuerza de desplegar de ella tensores. En realidad la obra de Débora Arango todavía plantea múltiples interrogantes que vale la pena tratar de descifrar.
NATALIA GUTIÉRREZ
