Carlos Garaicoa, artista conceptual de 29 años que vive en la Vieja Habana, ha tenido un impresionante e intempestivo debut en dos locaciones de Manhattan con lo cual ha establecido en Nueva York una cabeza de playa ricamente matizada con referencias a la arquitectura y la infraestructura de La Habana, ambas en proceso de desaparición, y al poder chamanesco de los objetos recuperados y reconstituidos.
También, aunque en una escala mucho menor, la instalación de Garaicoa hecha con base en fotografías en Art in General (10 de abril a 15 de mayo) hizo recordar a este espectador la irresistible instalación de llya Kabakov, El hombre que voló al espacio desde su apartamento, cuando ésta fue exhibida por primera vez en la Galería Ronald Feldman de Nueva York en 1989. Los detritos de un apartamento comunal en la Unión Soviética filtrados por los sentidos de Kabakov y la sorprendente imaginería de La Habana, de Garaicoa, matizados con los hallazgos emblemáticos provenientes de aquellos majestuosos escombros, comparten una cierta afinidad realmente conmovedora. Vale la pena recordar que la Unión Soviética constituye también una influencia importante sobre el trabajo del artista cubano, pues éste creció bajo esa monotonía proto-colonialista.
Garaicoa, quien saltó al escenario internacional en el año 1994 con ocasión de la Quinta Bienal Cubana que tuvo lugar en el Ludwig Forum für Internationale Kunst en Aachen, Alemania, es una especie de arqueólogo/cowboy urbano que, esta vez, anduvo suelto por las sórdidas calles de Manhattan. Garaicoa, cuya residencia artística está en el espacio alternativo, Arte en General, recorrió las calles del centro de la ciudad tomando fotos y recogiendo tesoros abandonados en los botaderos de Mammón. Luego, Garaicoa volvió a La Habana con una parte de sus objetos rescatados y tomó nuevas fotos a los elementos reconstituidos en aquel ambiente. El artista no es simplemente un fotógrafo. Garaicoa intercala de manera evocativa distintas señales de estas disparatadas islas creando, así, una especie de cartografía multi- dimensional que él mismo ha denominado (en parte) “un mapa del deseo”.
Los retablos de foto-objetos están acompañados por historias cortas cuyo contenido pareciera sacado de Las ciudades invisibles de Italo Calvino: “Cuando vine a Nueva York por primera vez pensé que podría conquistar la ciudad en menos de tres semanas. Posteriormente, unos días antes de marcharme, me di cuenta de que había gastado el poco dinero que llevaba y tuve que vender mis dibujos por tan sólo $100... Mientras caminaba por el centro de la ciudad, vi a un hombre que tenía un vaso de vidrio con algunas monedas y una imagen religiosa. Terminé comprándole la imagen y el vaso por $20 de los $100 que había obtenido por mis dibujos. Mas tarde entendí que, a veces, la realidad y el deseo son oportunidades irreconciliables”.
La adquisición de Garaicoa se metamorfoseó en una especie de tondo a manera de santuario incrustado en las paredes de la galería. El busto patinado del santo anónimo le sonríe al espectador desde su emplazamiento rodeado de un amplio halo de monedas de cobre. Garaicoa destruye el mito de Manhattan y sus calles cubiertas de oro con la misma ferocidad simple con que retrata la decadencia de La Habana.

Uno de los elementos más destacados de los expuestos en la Galería Carla Stellweg (18 de mayo a 29 de junio) es el Retrato del Arquitecto/lngeniero Cristóbal Díaz, el cuál consiste en una fotografía Duratrán y una placa de cerámica pintada a mano. La fotografía quemada podría ser una versión actualizada de un estudio de los habitantes de La Habana de la década de 1930 realizado por Walker Evans. Un hombre moreno camina, arrastrando los pies y con los hombros caídos, por un paradero de buses. fatigado, sin duda, por la larga espera y por los anónimos años de trabajo. Menos notoria, una pequeña placa ubicada en la fachada casi deshecha que se encuentra detrás del hombre rinde homenaje al arquitecto Díaz; un tributo de otro tiempo olvidado hace mucho.
Una recreación de la placa fabricada en brillantes tonos rojos y verdes, cuelga debajo de la descarnada imagen creando, así, un diálogo crítico entre el pasado y el presente, entre la gloria y la resignación. Existen aún varias interpretaciones subyacentes esperando la oportunidad de manifestarse.
JUDD TULLY
