Exposición Individualabr 1996 - jun 1996· Por Magalí Arriola

Rufino Tamayo

Centro Cultural Arte Contemporáneo

La exposición Tamayo, Del reflejo al sueño 1920-1950 posa una mirada retrospectiva sobre la obra temprana del artista oaxaqueño. La muestra abarca 30 años en la vida del pintor, desde su egreso de la Escuela Nacional de Bellas Artes (1921) hasta el momento en que se anuncian la temática y el estilo que definirían su producción de las décadas siguientes. A pesar de seguir una línea cronológica, el recorrido no subraya los aspectos biográficos de la obra de Tamayo. Se trata de una lectura revisionista de los años de formación que revela, ante todo, la consolidación de su pintura como percepción y como manifestación plástica de su entorno. Se trata, también, de los años que pasa en Nueva York, ciudad en la que establece sus primeros vínculos con las vanguardias europeas.

Sin embargo, Tamayo no es seguidor de escuelas o movimientos. Si bien es posible rastrear sus primeras incursiones en el estilo expresionista y las influencias cubistas en algunos de sus lienzos (El fonógrafo o El Avión, 1925), el pintor sacrifica su experiencia personal a la integración de vocabularios pictóricos. El haber mirado con detenimiento la obra serena y construida de Braque (Los fumadores, 1931) y aquella explosiva de la vena expresionista de Picasso (Niños jugando con fuego, 1947), le permite a lo largo de los años, adecuar medios y lenguajes a sus necesidades expresivas.

Exposición Individual: Rufino Tamayo — imagen 1
Rufino Tamayo. Naturaleza muerta con pie. 1928. Óleo sobre tela. 58 x 51 cm. Colección: Andrés Blaisten.

Para Tamayo, "el mensaje en la pintura existe pero es misterioso y no está supeditado a la voluntad" en efecto, en sus bodegones y naturalezas muertas de 1928, la monumentalidad alcanzada por la yuxtaposición de frutas, mandolinas y fragmentos de cuerpos adquiere una dimensión simbólica, al tiempo que demuestra un raro entendimiento del espacio. El despliegue de las formas en planos sucesivos construye una suerte de escenario en el que objetos y personajes son pretexto para crear.

Tamayo no sigue de manera sistemática una línea estricta de experimentación formal: el pintor no descarta sus hallazgos; los adapta a las vivencias y situaciones que busca representar. Así, la delicadeza contenida de un cuadro como Muchacha (1929) es recurrente en las múltiples efigies que pinta de Olga, y puede contrastar con el formalismo escultórico que, por sus rasgos indígenas, caracteriza, por ejemplo, a la Virgen de Guadalupe (1926) o al posterior Retrato de María Izquierdo (1932). Pues, aun cuando Tamayo haya roto con el discurso doctrinario que dominaba al México postrevolucionario, su obra nunca se desliga de una temática nacionalista que, más que revelar el compromiso militante que habían adoptado muchos de sus coetáneos, constituye un comentario de naturaleza social. Al haber explorado las distintas expresiones artísticas de su época, logra realizar, en piezas como Ritmo obrero (1935) y Hombre gritando (1936), una síntesis de la cultura mexicana y de aquella la realidad que le era contemporánea, siendo que, para él, "la forma de expresión ha de ser congruente con las necesidades del momento en que se emplea".

Si en algunos de sus cuadros el pintor toma posición frente a los sucesos de su tiempo, también desarrolla, de manera paralela una poética personal en la que su pintura no pierde contundencia pero gana ligereza y espontaneidad: mujeres y vacas, hombres y caballos contemplan horizontes y profundas perspectivas, quizá prefigurando algunas obras por venir. Tamayo procede a una simplificación de las formas que, a partir de 1940, lo conduce a realizar un tratamiento distinto de la superficie de sus telas: ya no modula los volúmenes con tonalidades y matices sino que construye sus figuras articulando planos cromáticos contrastados. Así, los personajes y animales que se suceden en sus lienzos adquieren una fuerza y una ferocidad exaltada, al tiempo que los fondos parecen disolverse en la materia.

Mujeres alcanzando la luna (1946), Hombre mirando los aviones (1950), seres que en silencio gesticulan alegrías y tristezas, "recuerda[n] constantemente al hombre su grandeza y su fragilidad; se la recuerda[n] sobre todo al ofrecerle el espectáculo de la imaginación sin trabas, de la búsqueda sin límites, de la creación sin normas ajenas".

Habiendo accedido a la universalidad del sentimiento artístico, la obra que Tamayo realiza durante las décadas siguientes había de transfigurar, con certera libertad, el inexorable secreto de la humanidad. 

MAGALÍ ARRIOLA

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