Exposición Individualabr 1996 - jun 1996· Por Dermis Pérez León

Roberto Lizano

Museo de Arte y Diseño Contemporáneo

El Museo de Arte y Diseño Contemporáneo presenta, con Roberto Lizano (Alajuela, 1951), la primera exposición retrospectiva de un artista costarricense. Revisión a media carrera, inicia un ciclo de muestras en las que esta institución busca hacer una especie de "parada en alto" y sin plantearse órdenes cronológicos estrictos, evaluar con otro criterio el recuento y desarrollo de una producción artística. En el caso de Liza no se ha partido de cierta unidad estilística que mantienen sus obras a lo largo de más de una década de trabajo intenso, en las que identificamos un estilo personal inconfundible. En la exhibición se han incluido, además de su obra de gran formato por la que es conocido, múltiples dibujos, libros de apuntes para mostrar otras facetas creativas que complementan y brindan una visión más amplia de su trabajo.

A partir de la investigación de las múltiples posibilidades de los materiales —lápices de colores, tiza, papel craft, libros de apuntes, cajas de cartón corrugado, objetos de la vida cotidiana y otros desechos encontrados—, crea un arte en el que las definiciones son escindidas. Construye un "artefacto" donde se combinan varias técnicas pictóricas y rompe la bidimensionalidad característica de esta manifestación, con cortes que sugieren una mayor profundidad convirtiéndose en esculturas y móviles que transgreden el espacio y lo mismo cuelgan, que se despliegan en la pared o en el piso, tomando la apariencia de una figura o formando una instalación.

Exposición Individual: Roberto Lizano — imagen 1
Roberto Lizano. El hombre de la mano roja. 1987. Acrílico, lápiz de color y collage sobre cartón. 115 x 235 x 20 cm. Cortesía Centro Cultural Costarricense-Norteamericano.

Este collage de formas recrea un mundo de personajes en el que la figura humana es el tema principal, pero más que hombres y mujeres, Lizano ha creado su propio escenario donde pernoctan conocidos y otros que no son más que proyecciones de ese eclecticismo que caracteriza nuestra época contemporánea. 

La posmodernidad es también un modo de ser, una característica de la sociedad postindustrial que ha permeado como filosofía y concepto en nuestros países. A este contexto pertenece Roberto Lizano, quien inconscientemente e intuitivamente muestra las múltiples presencias que ha incorporado a lo largo de sus viajes y su formación. Él las integra en su manera peculiar de aprehender el mundo y, quizá sin quererlo, refleja y enriquece ese mestizaje cultural que va conformando el ser nacional costarricense.

Esta actitud inclusivista hace referencia también a culturas que han marcado el arte occidental como las de la Grecia clásica y el Egipto de los faraones, que junto a la formación académica y escultórica de Lizano comenzaron a convivir —en una primera etapa— con el paisaje de la Costa Atlántica, recreado en pequeños fragmentos en que aparecían geishas al lado del desnudo y hermoso cuerpo griego de un negro o algún otro personaje típico. 

De profesión ingeniero civil, decide abandonar su trabajo y dedicarse completamente al arte en los inicios del ochenta durante los cuales reside en Limón pasando un curso de trabajo con bambú. Es aquí donde comienza a utilizar el papel craft y lápices de colores, materiales asequibles y baratos. Los grandes formatos se debieron desde entonces a la necesidad de ampliar los límites de su estrecha casa y de construir un mundo en el que caballos alados, arlequines, enigmáticos símbolos y cueros desnudos cambiaran la monocromía de las paredes. Al lado de estas figuras, grandes ventanales buscaban perspectivas profundas y creaban el simulacro de un mundo heteróclito, manifestación de una cultura propia que se asume sin prejuicios.

No es sino hasta su viaje a Nueva York —1995— que comienza a utilizar en su obra el material que le daría el estilo definitivo. El "descubrimiento" de manera casual del mismo demuestra la actitud desenfadada con que Lizano asume la creación. Para él lo lúdico es intrínseco al mismo acto de concebir una obra y su proceso continuo, parte de la cotidianidad de la vida.

Es conocida la anécdota del Museo Metropolitano de Nueva York, donde llegó con sus cartones recogidos de la Madison Avenue para colgarlos en los ventanales. Fue la primera vez que los utilizó como soporte de sus dibujos y su pintura, convirtiéndolos en parte semántica de la misma. También allí hizo su obra mostrando la manera en que la construía delante del público. Interactuar con el espectador, hacer continua una exposición, demostrar que no es algo definitivo ya son recursos que forman parte de su quehacer. Lizano establece así una comunicación directa que rompe el mito del aislamiento del artista y hace participativa su experiencia.

Esta actitud le permite echar mano a materiales disímiles, poco a poco incorporados a la obra, que con el tiempo ha dejado de ser pintura sobre cartón para borrar los límites tradicionales, aprovechando la ductilidad del material —su dureza y flexibilidad—y realizar objetos escultóricos que adquieren los contornos de los representados. Las mismas figuras son dibujadas como esculturas por el trabajo de las formas lo cual refuerza la búsqueda de la tridimensionalidad y el rompimiento de la visión frontal, aunque casi siempre está prevalezca. Podría especularse que ha llevado al cubismo a su verdadera búsqueda: los múltiples planos no son ilusionismo.

El material le ha permitido enfrentarse con entera libertad a la creación, cosa que es comunicada al espectador en esa especie de juego irónico entre la imagen ciertamente académica y sus soportes. Lizano parte de una actitud ambivalente que recuerda estilos del Renacimiento o quizá al Picasso de la etapa clásica postcubista. Sin embargo, ese refinamiento de su iconografía frente al material, asumido con una actitud iconoclasta e irreverente, es contradicho y desacralizado por la caja de cartón, devaluada por su pobreza; lo más llamativo es que esas cajas son de embalaje de mercancías y que el artista ha incorporado como parte del discurso los señalamientos que aparecen en ella. De esa forma está implícito el hombre contemporáneo en su fragilidad y la sociedad de consumo en los objetos que la contienen.

Del eclecticismo de sus representaciones a inicios de los ochenta, Roberto Lizano ha llegado a una especie de síntesis en sus figuras. Los distintos referentes a otros países y culturas aparecen como atributos y accesorios. Así encontramos un rostro en el que reconocemos al hombre común de las calles, con los aditamentos de un faraón. El hombre de la mano roja, una figura conocida de la historia del arte europeo con elementos precolombinos o una mujer con rostro de madonna que irónicamente representa una "pinta", como en su trilogía La Niña, la Pinta y la Santa María, a propósito del Almirante Cristóbal Colón y el Quinto Centenario.

Sus últimas obras parten del mismo principio, aprovechar desechos que tienen ya una historia y recontextualizarlos como objeto artístico a partir de lo que sugieren. Sin embargo, hay en todo su quehacer una línea de continuidad, de exploración dentro de los amplios márgenes del material y una actitud espontánea ante la creación que no se limita a un taller u hora específica.

Lizano es un artista cuya vida corre a la par con el arte. La forma en que ha sido concebida la exposición remarca esta característica. Las obras presentan fichas provisionales, colocadas para señalar lo inconcluso del montaje, el no término de la muestra o su propia continuidad en el tiempo. El catálogo fue entregado el día oficial de cierre de la exposición. El mismo documenta el proceso de montaje a lo largo de los días que estuvo abierta la muestra. Por esto ha sido instalado su taller dentro del recinto del Museo, recreando el ambiente del mismo no como una especie de altar donde el espectador muestra sorpresa o exprese veneración, sino como forma de romper ese aislamiento en el que se acostumbra a colocar al creador. De esta forma su trabajo se hace participativo —algo que ya él ha experimentado e integrado a su quehacer— para interactuar y establecer comunicación con el espectador, además de acentuar ese aspecto espontáneo que lo caracteriza.

Hay cierto matiz carnavalesco en la apropiación desprejuiciada de referentes culturales disímiles y en el empleo de los mismos para magnificar a sus personajes, pletóricos de humanismo y cotidianidad en sus rasgos, convirtiéndolos en importantes figuras de la historia que recurren festivamente y se apropian de símbolos, órdenes arquitectónicos o estilos de figuras conocidas del arte.

Hay en el aparente lustre y pobreza de los soportes, detalles de cierto refinamiento o collages que incluyen metales preciosos como el oro. Esos contrastes se hacen más notorios en los dibujos y monotipias de extrema sencillez que sin embargo, enmarcados en dorado adquieren una magnificencia que no tendrían en el papel de ocasión que el artista ha utilizado.

Podría hablarse de una poética de lo pobre, pero que en definitiva no es más que sublimación de lo humano. Es este interés de Roberto Lizano el trasfondo de su quehacer artístico: inclinación hacía todo lo que nos concierne y lo que vamos dejando como huellas en la historia y en la basura.

DERMIS PÉREZ LEÓN

Roberto Lizano, por Dermis Pérez León | artnexus