Milton Becerra coloca el eje de su reflexión en la creación de un modelo de identidad dirigido a quebrar estereotipos de reducción latinoamericanista. Ubicado en un plano universal, articula un patrón de conexión con la Naturaleza y el Espíritu, apelando al valor redentor de la obra de arte como mecanismo de posible superación de los traumas y diferencias que el propio ser humano ha generado y padece respecto a su relación con el Cosmos. Desde los años setenta, ha asumido con rigor y constancia una investigación que nos remonta a los orígenes mismos de la creación, mediante la realización de generosas intervenciones en el paisaje e instalaciones, donde la piedra y la cuerda de fibra natural sostienen papel protagónico como factores que permiten modelar el espacio. Se trata de una obra abierta, hacia la cual el artista prefiere no utilizar el término limitante y etiquetario de "escultura", y así denominar "estados de relación" a estos encuentros entre la materia y el espacio. Sin duda, "estados de relación" alojan infinitos vínculos con la información milenaria contenida en materiales como las rocas y son precisamente la memoria, la historia y el pasado, elementos de fuerte presencia en su obra.
El pasado mes de octubre de 1995, el museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber exhibió los resultados de su más reciente proyecto: Naturaleza y Espíritu, primera etapa de una exploración e intervención al paisaje llevada a cabo en el Páramo El Tamá, de los Andes Venezolanos, donde penetró los afluentes del Río Táchira, espacio demarcador de fronteras entre Colombia y Venezuela. Allí, desde el origen de las aguas, Becerra nos hace vivir un reencuentro con el origen de la vida.
La instalación en sala estuvo compuesta por dos secciones ("Nidos" y "Laberintos") que recorren dos situaciones diferentes en la comunicación entre el cielo y la tierra, levitación y camino andado, el nacimiento y el desarrollo de la existencia. Hay en ella una comprensión y manejo de la especialidad que parece sobrepasar la mera connotación física para proponer un espacio proyectado al menos en cinco direcciones: por una parte, el espacio como fuente de regreso al nacimiento y encuentro con la infancia, a lo cual remiten los Nidos colgantes, elaborados con mallas entretejidas que dentro anidan rocas; en segundo lugar, el espacio de intervención abierta en la Naturaleza, llevada a cabo in situ y posteriormente reproducida en el espacio del Museo; en tercer lugar, el espacio de realización de la obra, que funcionó en una antigua escuela del pueblo andino, habilitada como taller, con la participación de la comunidad local; en cuarto lugar, el espacio de la solución formal, caracterizada ante todo por el dominio de la escala de las salas MACCSI y la consecución de una composición estricta, casi minimal; por último, el espacio subjetivo y perceptivo que los materiales y su disposición producen en el espectador un contrapunto de resonancias y rebotes de sentido que funciona como detonante de conexiones mentales entre la obra, los mitos que ella revela y el público.
La propuesta de relación con los materiales es en esta exposición de apasionante interés: la piedra y la cuerda abandonan sus características "materiales" y adquieren una nueva materialidad signada por su carga histórica y simbólica. En tal sentido, el símbolo y el pasado son recursos formales y la formalidad de la roca, por ejemplo, se convierte en recurso conceptual. Allí las asociaciones y posibles reconstrucciones corresponden al espectador e, inevitablemente, se remontan a los mitos y leyendas de constitución de las especies animales, de nacimiento de los territorios, las selvas, los vientos, los montes o las montañas. Con el uso plástico de la piedra o la cuerda y sus connotaciones simbólicas, renace una obra que funciona como vehículo de recuperación de una unidad primigenia ya perdida, como emblema de la fuerza de la tierra madre fecundada. Hay en todo ello un pacto renovado, una vía alterna de encontrar, por medio de la obra de arte, la recuperación del sentido que nos puede conectar con lo primordial del ser.
El insoslayable riesgo de que una intervención a escala natural pierda fuerza y carácter al ser trasladada al espacio de un Museo, fue aquí dominado casi con precisión racional —un aspecto crucial en la obra de este artista, que desde siempre ha reconocido en su creación la convivencia de la geometría, la solidez estructural y la simetría constructiva, con las asociaciones simbólicas, de orden arquetipal o espiritual. De hecho, los "Nidos" se comportan como penetrables orgánicos, los "Laberintos", como recorridos geométricos destrozados por la memoria.

La muestra del MACCSI conduce, sin duda, a una prefigurada cartografía del recuerdo o a una arqueología de nuestra existencia fracturada o reescrita en el "habla" de la piedra.
MARÍA LUZ CÁRDENAS
Crítica de arte venezolana. Reside en Caracas.

