La exposición de Juan-Si Killing Time (Matando tiempo o Tiempo para matar) es una interpretación visual del libro Contrapunteo del tabaco y el azúcar de Fernando Ortiz1. Según Ortiz, el tabaco y el azúcar generan una dialéctica que abarca las dimensiones sociales, políticas y culturales de la isla. Más que productos, el azúcar y el tabaco son formas de vida, culturas que a través de los años han determinado la historia de Cuba y su gente.
Killing Time es una puesta en escena de un guión inspirado en los escritos de Ortiz. La exposición incluye un conjunto de obras tridimensionales en las que el contrapunto del tabaco y el azúcar juegan un papel protagónico. La más imponente de las piezas, por su tamaño y su ubicación en el centro de la galería, es Insular Emblem (Emblema insular). Esta instalación incluye una serie de elementos colocados o dibujados sobre una pared negra que simboliza las pizarras utilizadas en las escuelas rurales de Cuba. Entre los símbolos sobresalen manos dibujadas con tiza que representan el alfabeto erótico. Para facilitar su lectura, Juan-Si coloca en la pared del costado una tabla con los distintos significados. En el centro de la obra, en medio de cuatro objetos que marcan los puntos cardinales, se proyecta una vara que sostiene un emblema español, dibujado con un mapa y una cruz. En la parte inferior de la pared, sobre pequeñas repisas, Juan-Si coloca dos fotografías, una de la Habana y otra de Tampa, y tres frascos pequeños en los que en un momento dado hubo humo de cohíba.
La instalación está saturada de lecturas y significados que incluyen un claro referente histórico. Así como España realiza su labor evangelizados, Cuba y América realizan su propia colonización, mediante la exportación y la propagación del hábito del tabaco. Para el cubano, el tabaco es ante todo símbolo de identidad y pertenencia. Es economía y es historia, tal y como lo sugieren las fotografías de los tabacaleros en la Habana y en Tampa, tomadas antes de 1959. El tabaco está cargado además de connotaciones eróticas, sensuales e incluso espirituales, que Juan-Si transmite mediante el uso de símbolos tales como las manos dibujadas o la vara saliente, claro referente fálico. Las manos representan también el trabajo manual que exigen estas dos culturas agrícolas que además son fuente de una multiplicidad de rituales. Estos últimos inspirarán el performance que Juan-Si realiza la noche de la inauguración, no sólo como parte de la muestra, sino también como despedida, pues con esta exposición Gutiérrez Fine Arts cierra su espacio en Miami Beach. Con el acompañamiento musical del grupo Café Nostalgia y vestido con sacos o costales, Juan-Si realiza su propio ritual. Sentado en el suelo, frente a Emblema insular, comienza el performance fumando un cohíba y depositando el humo que exhala en tres frascos de vidrio. Además de darle a la instalación una atmósfera velada, el humo genera toda una narrativa en torno a la perennidad del tabaco. Juan-Si juega también con el azúcar al colocar collares de mangueras plásticas rellenos de azúcar en los cuellos de amigos y asistentes. El performance continúa en la tradicional Lincoln Road, donde se pasea llevando a rastras una cruz amarrada a una cuerda, y se dedica a escribir con azúcar en medio de la calle o simplemente a regalar azúcar a los transeúntes.
También como parte del performance pero dentro de la galería, Juan-Si llena de azúcar la obra Mi dulce cruz. Al igual que Emblema insular, Mi dulce cruz está saturada de significados que se pueden descifrar a partir de los distintos elementos que la componen. Como primera medida está la caja hueca en forma de cruz, cuya cara de vidrio permite ver la fotografía de un algarrobo. Los bordes de la caja están delineados con reglas, que más que una medida simbolizan la búsqueda de lo específico o de lo preciso. A la cruz tridimensional le siguen cinco fotografías que documentan el proceso de llenar la cruz con azúcar. El número cinco tiene un significado histórico pues hace referencia a los cinco siglos transcurridos desde el descubrimiento de América. La misma idea es retomada en la medida de 500 mililitros de azúcar en la obra titulada No. 5.
Otro trabajo con clara referencia al tiempo es Un pueblo puro, una instalación esquinera en la que una espiral segmentada es atravesada simétricamente por dos lienzos oscuros. Estos aparecen unidos por una hilera de casitas de madera y barro rellenas de tabaco, cuya sombra pintada se refleja en las paredes. La instalación juega con la idea de la ilusión del espacio y el tiempo. La espiral simboliza este último y las casas recuerdan las edificaciones de adobe de Pinar del Río. Visualmente la pieza se asemeja a las instalaciones de José Bedia y de Rubén Torres Llorca, pero temáticamente guarda la línea de las demás obras de la exposición.
Tal vez la pieza que más se acerca a una interpretación formal del texto de Ortiz es Toma y daca. El nombre mismo retoma una expresión del autor que se ha popularizado como sinónimo de transculturización2. La obra es una especie de arma cuyo mango de madera sostiene una cadena de aros de manguera rellenos de azúcar, similares a los collares utilizados en el performance. En el extremo inferior lleva una bola de madera con púas de hierro que recuerda un instrumento de tortura medieval o los abusos físicos que sufrieron los esclavos en las plantaciones de azúcar. Nuevamente el juego de palabras y de imágenes permite múltiples interpretaciones reforzadas por una poética visual que indudablemente lleva una fuerte carga autobiográfica.

NOTAS
1. Ortiz, Fernando. Contrapunto del Tabaco y el Azúcar. Caracas: Biblioteca Ayacucho. 1978.
2. Citado por Gerardo Mosquera en "Africa dentro de la Plástica Caribeña" publicado en Visión del Arte Latinoamericano en la década de 1980. Lima: PNUD/ UNESCO. 1994. (p. 146).
FRANCINE BIRBRAGHER
