Exposición Individualabr 1996 - jun 1996· Por Luis Lama

José Tola

Museo de la Nación - Lima, Perú

Lima tiene dos salas importantes dedicadas a la memoria de sus críticos más destacados. Primero, la de Luis Miró Quesada Garland en el Municipio de Miraflores, y ahora el Museo de la Nación rinde homenaje a la memoria de Juan Acha, en un espacio que se inaugura con una selección de las obras de José Tola (Lima, 1943) uno de los artistas que ha sabido capturar la Imaginación de un pueblo, a través de la exacerbación de una imaginería estrechamente ligada con la putrefacción y la muerte.

Tola pudiera ser uno de nuestros pocos pintores "malditos" porque su compromiso con el arte lo ha alejado de todo tipo de contemplaciones para concentrarse en un mundo en el cual sólo han tenido cabida sus demonios. En sus inicios, a finales de los años sesenta, veríamos un expresionismo resultante de su experiencia en San Fernando. Luego de periplos europeos concurso limeño suscitando una polémica que se diluiría en su primera individual, el siguiente año (1970) donde reafirmaba las deformaciones de la fisonomía y la apasionada carga matérica. De esa época se recuerdan sus xilografías realizadas con cucharas y sus óleos texturados, atormentados. Obras oscuras, en cierto modo derivadas de una tradición, donde los cuerpos emergían de un barroco tenebrismo que hacía al espectador penetrar en su pesadilla.

Exposición Individual: José Tola  — imagen 1
José Tola. Sin título. Cuadro rectangular. Óleo sobre lienzo. 180 x 120 cm.

Los años ochenta fueron los orígenes de una sórdida iconografía capaz de convertirla en emblema de nuestras miserias. Fueron esos los tiempos en los cuales el artista dejó de lado la materia para orientarse a trabajar el óleo sobre papel. En estas obras las formas se exacerbaban y, paradójicamente, el refinamiento formal acentuaba la carga de pesimismo de un mundo que para el artista iba identificando con sus infiernos.

El desgarramiento de Tola no era gratuito. Coincidía con una sociedad que penetraba por los meandros de la violencia hasta culminar en el estallido que nos conduciría a ese mundo convulsionado que pocos artistas como él han podido representar.

En 1984 Tola dejó de lado los refinamientos descriptivos dedicándose a trabajar siluetas recortadas, pintadas en colores planos, que emergían del marco, para extenderse por las paredes. Se tuvieron los mismos personajes de antaño, sólo que ahora quedaban simplicados en su fisonomía, otorgándole de este modo a cada cuerpo una monumentalidad proveniente de formas orgánicas que vencían al bastidor, trascendiéndolo. A partir de entonces Tola abandona la pintura de caballete y penetra en una síntesis de seres antropomórficos, que para quienes desconocen el proceso intelectual del artista, pueden relacionar con Dubuffet.

Tola se dedicó luego a fragmentar el espacio de los cuerpos con señales que mostraban a un pintor que, abandonando toda retórica anterior, mantenía sus obsesiones, replanteándolas. Estas son las obras que le merecerían en 1987 el gran premio de la Bienal Wifredo Lam de La Habana.  

Luego vendrían los clavos, las texturas, el metal y la soga, elementos que a su modo simbolizaban la opresión y el horror de una sociedad que se consideraba sin salida. A comienzos de esta década Tola construye con "materiales torturados, figuras objetivantes" pues, según Juan Acha, "el material ultrajado es el que debe expresar mejor al hombre ultrajado". Al parecer cabe establecer hasta qué punto existen las metáforas matéricas y en caso afirmativo qué sentido les imprime Tola.

El artista armó entonces esculturas, hasta cierto grado efímeras, en las cuales acentuaban la fragilidad de la vida y el horror a la muerte. Tres colores fundamentalmente las componían, negro, blanco y rojo. El plástico quemado, el metal oxidado y las fauces que se abren ante el espectador nos hablan cómo en estos ensamblajes Tola asum ía su compromiso radical con la fealdad.

Para Acha, Tola con esta obra revive las interrogantes que tuvo Coatlicue. "Lo horrible de Etarot... es un mundo legítimamente estético y temático. Su carga artística hace de este ensamblaje, una obra ejemplar para las artes plásticas de nuestro tiempo y no sólo para las latinoamericanas."

La retrospectiva de Tola se detiene en un cuadro de 1995. El artista vuelve al caballete luego de las experiencias con el cloruro de vinilo, el poletileno, la resina, la tela y la madera. Grandes formatos en los que el pintor se vuelca de nuevo a la pintura, en los que el color surge de nuevo y hay cabida para el estallido de la ironía y los rezagos del humor.

Editado de manera postuma, Juan Acha escribió sobre Tola el mejor texto que hizo sobre artista peruano alguno. Tola lo tiene ampliamente merecido.

LUIS LAMA

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