Una muestra panorámica de los últimos trece años de la labor creativa del escultor porteño Hernándo Dompé (1946) en el Museo Nacional de Bellas Artes no da un pantallazo de la etapa por la cual transita, y de la madurez artística alcanzada. Alrededor de veinte esculturas y diez dibujos abarcan el período de 1982 hasta 1994; en dichas obras se subraya un punto de partida en el cual el contexto simbólico lo generan la imagen y los materiales empleados en un todo significativo. Maderas, piedras, metales y otros materiales, muchas veces encontrados y reciclados en otro contexto, hace de las esculturas así creadas, componentes de un ritual, con lo cual se intenta recrear un tiempo y un espacio mítico.

Su temática incluye entre otras variantes tótems, barcas, cuchillos, peces, armas punzantes, herramientas, que hacen referencia a las relaciones constantes entre lo cósmico y lo humano.
Esta propuesta mística parte de la apropiación arqueológica de mitos y creencias de las culturas precolombinas, así como de otras latitudes geográficas; con idéntica intencionalidad de reanimar lo subyacente en lo desechado, utiliza clavos herrumbrados, tijeras, guadañas, azadones, cuchillos, herraduras, espuelas, llaves y otros objetos metálicos de los más variados, a los que suma maderas y piedra para realizar sus esculturas. Es así como sus barcas se construyen con los elementos más disímiles conformando una imagen entre surreal y espectral. La fantasía y la buena forma se conjugan en los límites fronterizos del kitsch sin transponernos, un buen ejemplo es La esperanza no tiene orilla de 1994.
La garra del escultor aflora en obras como Sitio ritual de 1982 de 157 x 130 cm, realizado en madera y piedra; también Orsa de 1986, en hierro, madera y pigmento o Tótem de 1987, realizado en mármol de Brescia violeta y Carrara de grandes dimensiones. En estos trabajos se destaca la integración de los diferentes materiales y su armonización con el color.
ALBERTO COLLAZO
