Exposición Individualabr 1996 - jun 1996· Por Blanca Gutiérrez Galindo

Francisco Toledo

Galería Arvil

No obstante el valor artístico y el significado cultural de la obra de Toledo, pocas son las ocasiones que tenemos de acceder a ella. Es así, que nos felicitamos porque la Galería Arvil de la ciudad de México haya encontrado en esta muestra, síntesis de los últimos 25 años de trabajo del artista, el broche de oro para cerrar las actividades conmemorativas de su XXV aniversario. 

Toledo está aparte y está solo, escribió Luis Cardoza y Aragón. En efecto, nadie como Toledo ha asumido, de manera tan radical, la creación plástica de sus múltiples y diversas posibilidades en el México de la segunda mitad de este siglo. La forma en que el artista oaxaqueño articula las posibilidades de la creación, como su forma de concebir el mundo, lo sitúan precisamente allí donde las clasificaciones y etiquetas son invalidadas por aquello que los antiguos griegos llamaron poiesis (creación).

Bajo la sabiduría de Toledo, caparazones de tortuga, huevos de avestruz, biombos de madera, papeles de amate, pero también la cerámica y la escultura, la ilustración, el grabado y la pintura, abandonan su carácter de objetos en un mundo de objetos para transformarse en seres plenos de vida, en obras artísticas.

Exposición Individual: Francisco Toledo — imagen 1
Francisco Toledo. Serpientes en el Aguaje, 1972 . Óleo y arena sobre tela. 150,3 x 195,3 cm .

Pero Toledo no se concreta a transformar objetos; bajo su mirada, este mundo y los seres que lo pueblan ensanchan y profundizan sus posibilidades vitales. Así, la mujer deviene iguana, deviene toro; el hombre se convierte en pez, su cabeza en pene; el conejo puede sentarse a contar su vida y el venado vestir zapatos, mientras que el chivo se hace guaje. Bajo la mirada de Toledo, el cañón se transforma en órgano de vida, en tanto que Benito Juárez, el benemérito de las Américas, nada entre los surcos del petate del muerto.

Pero ello no es posible porque el mundo de Toledo se sitúe en un atemporal tiempo mítico, por el contrario, es posible merced a que el orden del mundo y nuestra experiencia subjetiva se encuentran normados por la utilidad, el miedo y el principio de identidad. El inverosímil universo del artista pone de manifiesto la tensión existente entre lo real y lo posible, entre lo que es y lo que podría ser y es justamente allí en donde encuentra su genuino significado cultural.

Obras como La mesa roja, La visita u objetos como La olla de la madre de los camarones y Nábigu, se presentan como un desafío a nuestra racionalidad sustentada en la insatisfacción y el egoísmo, pero también en el uso instrumental de las cosas y los seres y no en el último lugar, en la indiferencia estética, para informarnos sobre la posibilidad de establecer relaciones diversas con la naturaleza y con nuestra propia naturaleza.

La obra de Toledo expresa así, momentos fundamentales de resistencia y protesta contra el orden de la cultura tecnoeconómica y su racionalidad instrumental. Bajo la mirada del artista el mundo abandona su rigidez, su aspereza y su monotonía. De la misma manera, la razón que ordena los vínculos entre los hombres y la naturaleza, pero también entre los hombres y los objetos de la civilización que, bajo la cultura moderna y tardomoderna se han definido por una relación de dominación amo- esclavo, se relaja hasta convertirse en vehículo para la construcción de posibilidades más satisfactorias de vida. Así, en Toledo, la razón deviene erótica.

La transformación de los cuerpos humanos en animales y los animales en humanos, manifiesta no únicamente, como en los expresionistas alemanes, la dimensión crítica y utópica del cuerpo, sino también, como escribió Walter Benjamín, que "lo colectivo es corpóreo, que la transformación del mundo pasa también, y fundamentalmente, por la transformación de las relaciones con nuestra propia dimensión natural". En Toledo, el cuerpo pierde su carácter de "aparato" productor de placer para convertirse en el lugar de los amplios procesos de la vida.

Pero aquí no se trata de asumir a la naturaleza como el espacio idílico o paradisíaco de los dorados tiempos míticos en donde la fealdad, el dolor y la muerte estarían ausentes. Se trata del establecimiento de nuevas normas bajo las cuales dotar al mundo de un nuevo sentido y una nueva dirección.

Así, más allá de las etiquetas y las clasificaciones, la de Toledo se une a la obra de aquellos que en el ejercicio de la creación, cuestionan el sentido de una sociedad gobernada por la ausencia de futuro. Su presencia en un panorama artístico nacional e internacional como el actual, predominantemente confuso en sus fines y vacío en sus contenidos, desenmascara la celebración de la llamada "muerte del arte" en su pleno carácter de coartada ideológica y nos recuerda, todavía, que como pensó Stendhal, el arte puede ser una promesa de felicidad.

BLANCA GUTIÉRREZ GALINDO

Francisco Toledo, por Blanca Gutiérrez Galindo | artnexus