El espíritu, por su misma naturaleza, es imposible de definir. Los diccionarios intentan clasificarlo como un principio animista o como una fuerza vital, pero el espíritu elude definiciones, en cambio permanece fluido y se describe mejor por lo que no es, que por lo que es. El espíritu no es materia, para afirmar una polarización. No es visible, no tiene forma propia.
Visualizar lo espiritual a través de los medios materiales del arte, puede parecer, entonces, una empresa desafiante en el mejor de los casos y en el peor, una empresa con fricciones, o incluso, inútil. Pero los artistas se han medido a este desafío desde las primeras incisiones en las cavernas y es la tensión innata entre la materia y el espíritu la carga de muchas obras de arte intemporales. La energía de esa tensión está muy presente en Espíritu, una exposición imponente de once artistas contemporáneos de México: Alfredo Castañeda, Mónica Castillo, Elena Climent, Julio Galán, Graciela Iturbide, Rodolfo Morales, Dulce María Nuñez, Georgina Quintana, Adolfo Riestra, Germán Venegas y Naum B. Zenil.

Imponer un tema de esta clase sobre artistas cuyas inclinaciones personales podrían situarlos en cualquier otro lugar es potencialmente opresivo, considerando, en particular, la condescendencia habitual de los académicos de los Estados Unidos con el arte de América Latina, y su tendencia a categorizarlo bien sea como arte políticamente didáctico o exótico y misterioso, o alimentado por impulsos inconscientes o irracionales ligados a un pasado pagano.
En el atractivo catálogo de la exposición, el curador Reesey Shaw ni consolida el estereotipo del “arte de lo fantástico”, ni lo descalifica. El ensayista Luis Carlos Emerich toma en cuenta el pluralismo del arte mexicano contemporáneo en una revisión concisa del movimiento muralista, su ruptura y ramificaciones subsiguientes. Ninguno de los dos autores toman en consideración el hecho que cada uno de los once artistas en una exposición con un marco abstracto, trabaja más o menos, en una vena figurativa. La forma como la materia incorpora al espíritu, o como el espíritu da forma a la materia son preguntas que subyacen en todas las obras expuestas aquí.

Sobrepasar las fronteras de lo familiar y de las formas reconocibles para evocar una fuerza o una sensibilidad que trasciende lo real ha sido una de las estrategias del surrealismo. En efecto, Espíritu está permeado por el aura del surrealismo y está acechado, más específicamente, por el fantasma de Frida Kahlo. Los exigentes autorretratos de Naum Zenil, en diversos trajes, llevan el legado de Kahlo más abiertamente. Como el niño Jesús ofreciendo su bendición, o como un sacerdote, o un ángel vengador o varios personajes diferentes, Zenil y los roles que toma propician un diálogo con los motores gemelos de la religión: la fe personal y la pompa colectiva.
De igual manera, Alfredo Castañeda y Mónica Castillo miran repetidamente fuera de sus lienzos. Las meticulosas interpretaciones de figuras solitarias de Castañeda, multiplicándose dentro de sí mismas o descomponiéndose, confrontan un tipo de fe diferente —aquella que tenemos en la representación o en la realidad material. Cuando las superficies se erosionan ¿nos quedamos con la substancia, o con nada, con la mera desilusión? Los autorretratos de Castillo, dolorosamente detallados, están igualmente obsesionados con la superficie y son ambivalentes con respecto a la existencia de una esencia o de un espíritu que puede anclar los enigmas de la vida.

Julio Galán, uno de los dos artistas mejor representados en la muestra con una sala propia, tiene menos en común visualmente con Kahlo, pero iguala su despiadada intimidad, su habilidad para fusionar lo simbólico y lo crudamente real. Las pinturas de Galán son cautivantes, opacas y a la vez familiares y extrañamente nostálgicas. Sus pinturas sugieren que fuerzas más allá de la comprensión manipulan el mundo y que el individuo debe adaptarse y vencerlas. Con una poderosa mezcla de metáfora y candor, las pinturas de Galán documentan sus propias confrontaciones con el sexo, la muerte, la fe, la sensualidad y la pérdida.
Él imagina lo que hay al otro lado de la vida en Niño fingiéndose muerto (1985), intentando la transfiguración mediante la simple mascarada. En Roma (1990), se sepulta en una cama de un largo imposible, cuyo cubrelecho serpentea hasta convertirse hacia el extremo del cuadrado en un motivo abstracto juguetón, de tal forma que el pie de la cama parece corresponder a un orden de cosas totalmente diferente de la cabecera.

Los fragmentos, agujeros y ofuscaciones en las obras de Galán hacen eco a aquellos en el fluir no-narrativo de la vida. Retrato de Luisa (1990), es un retrato brillantemente hermoso de la hermana del artista en un trance onírico, las imágenes de su sueño toman forma alrededor de ella. Sólo cuando cerramos los ojos, sugiere Galán, se revelan ciertas cosas, pero su significado siempre elude nuestra comprensión.
Graciela Iturbide, otra artista representada en Espíritu, utiliza la cámara, el instrumento que tiene presumiblemente la máxima fidelidad con la vida exterior, para visualizar fuerzas y corrientes espirituales en la vida cotidiana. Las disyunciones abundan en sus imágenes —cabras vivas rodeadas por pieles disecadas de cabras o una novia vestida de blanco virginal usando una máscara con el rostro cínico y todo conocedor de la muerte. Aunque esta es una selección pobre, la obra generalmente sobrecogedora de Iturbide, revela el respeto que ella tiene por la manera como lo ritual se entremezcla con la rutina. En Nuestra Señora (1974), una intensa luz solar transforma un bulto de fibra que carga una mujer en la espalda en un halo luminoso y de esta forma otorga una gran integridad espiritual a una humilde mujer trabajadora.
La muerte de Zapata (1987), una talla en madera de Germán Venegas, hace converger de similar manera la realidad social con el simbolismo cristiano. Esta escultura, absorbente y conmovedora, se lee instantáneamente con una deposición de Cristo; el sombrero de Zapata y algunos otros detalles dicientes anclan la escena en lo real, en el México del siglo XX de malestar político y social y de revolución. Venegas como Iturbide, ve a la gente en términos de la gran historia y a los eventos como luchas épicas del espíritu.
Naturalmente, muchas obras en la exposición se refieren a la colisión entre las culturas indígenas y el Catolicismo enviado por los españoles. En una pintura, Dulce María Nuñez vuelve a fundir y a actualizar una imagen tradicional de la virgen y el niño, convirtiendo la figura de Cristo en un dios prehispánico tallado en piedra cubierto con un sarape, adornando el icono con tiras de tela con manchas de leopardo y piel falsa. La disyunción (y uno de sus corolarios, la sincretización) es central en el arte aquí como lo es en cualquier país con un pasado colonial y le da un ángulo provocador a la exposición.
Las resonancias entre los artistas abundan a través de Espíritu, bien sea con el espíritu o lo espiritual vistos en términos religiosos monolíticos, o en términos del alma personal o bien como una fuerza incorpórea o de evolución (como en las maravillosas pinturas de Georgina Quintana). Los artistas incluidos nacieron durante un lapso de casi cuarenta años (1925-1961), pero la división generacional está mitigada por un enfoque común sobre temas fundamentales acerca del origen, la creencia y las prácticas rituales.
LEAH OLLMAN
Crítica de arte estadounidense. Reside en San Diego.

