Entre los salones que se celebran en París y las localidades aledañas de la banlieue, uno actualmente atrae de modo especial a los artistas: MAC 2000. Estas siglas equivalen a Manifestation d’Art Contemporain (Manifestación de Arte Contemporáneo) y el número 2000 define las expresiones visuales que se presentan allí. Sino pertenecen al "arte de ruptura", al menos son formulaciones innovadoras y originales, orientadas hacia el futuro, algo como un arte de hoy para mañana.
Tiene pues la reputación de un cotizado salón de élite cualitativa, participando unos 100 expositores escogidos entre 2500 aspirantes y su público igualmente selecto se compone no solo de curiosos sino de una buena cantidad de coleccionistas. Es el único salón parisino donde cada artista dispone de un espacio de veinte o cuarenta metros lineales, permitiéndole así una exposición individual. Otra ventaja —y no de las menores— consiste en un costo de admisión mínimo, sin que se tome porcentaje sobre las ventas. Pues los expositores realizan la venta directa de sus obras e insólitamente venden en este tiempo de crisis del mercado francés. Ello implica que deben estar presentes, durante el horario de apertura, de la mañana hasta la noche, recibiendo a visitantes e hipotéticos clientes.
Para esta undécima edición de MAC 2000, del 9 al 20 de noviembre de 1995, 117 expedientes fueron aceptados y, entre ellos, estaban cuatro dominicanos, una cifra muy alta para un salón que exhibe a una mayoría de franceses y para un país del Caribe, demasiado a menudo situado al margen. Las categorías eran escultura—que alcanzó un nivel y un éxito inesperados—y pintura. Los expositores dominicanos, José Castillo, Radhamés Mejía, Víctor Ulloa —residiendo gran parte del año en París— y Fernando Varela —establecido en Santo Domingo—presentaron pinturas.

José Castillo, que, en 1995, obtuvo una paleta de oro en el Festival Internacional de Cagnes-sur-Mer, es un artista a descubrir y disfrutar. Su imagen —podríamos hablar de imaginería sincrética— se enraiza en el medio ambiente y los mitos antillanos. Hasta sus pequeños formatos se pueblan de personajes, a la vez surreales y conocidos. Metresas, duendes, lagartos, aves, peces, seres simultáneamente faunescos y antropomorfos configuran un mundo hormigueante, atravesado por señales mágicas. Los espíritus ancestrales afroantillanos resuenan, entre tamtán y tótems.
La acogida, que paulatinamente ha ido ganando José Castillo, se manifestó en MAC 2000, a través de los espectadores, seducidos e intrigados, en un proceso iniciático. Si la variedad y la movilidad de los signos gestan efectos ópticos, a ese dinamismo visual, sentido por todos, contribuye el manejo del color. Han hablado de su "rojo insolente"; el amarillo llameante, las vibraciones verdiazules, las medias tintas amortiguadas también atraen y difunden una luminosidad encantatoria. Se han conjugado lo "primordial"y lo contemporáneo.
Radhamés Mejía participó por segunda vez en el Salón. Poco tiempo antes había regresado de Santo Domingo y de Santiago de Chile, siendo el primer artista dominicano invitado por Cuerpos Pintados. En MAC 2000, expuso obras realizadas sobre papier maroufié, su soporte predilecto, en distintos formatos, donde dibujo y pintura son indisociables.

El sigue compartimentando la composición y los motivos, en una fragmentación del espacio que luego se "recristaliza" en una homogénea combinación cromaticoformal. Dentro de ese sello Inconfundible, destaca una o dos figuras principales, míticas y neoprimitivas, ejes visuales de la imagen. Inventivo y hábil, fantasioso y meticuloso, Radhamés Mejía curiosamente funde vida a sus territorios, seres, cosas, fosilizados. En ello interviene la parte matérica, el labrado textu rizado del papel, gordo de fibras, evocador de piel y de corteza.
Víctor Ulloa también diversificó el tamaño de sus pinturas. La tendencia a exhibir allí formatos pequeños y medianos se explica por las oportunidades de venta y no solamente se observó entre los participantes dominicanos. El virtuoso dibujante continúa procreando cualquier monstruosidad anatómica, con desenfado y verosimilitud, y actualmente las superpone y las encastra. Encontramos la misma mezcla de fantasía desbocada y elaboración extrema. No obstante, notamos una evolución en un sentido de racionalización, de autocontrol de barroquismo, de connotación simbólica de los signos.
El colorido, alternadamente nocturnal y diurno, de luminosidad sigilosa, mantiene su caudal de armonías inesperadas, aplicadas a elementos oriundos de todos los reinos de la naturaleza. Un tratamiento en trompe l’oeil convierte ignotos paisajes interiores en bajo relieve: de pequeños podrían pasar a una escala monumental, don de la versatilidad en Víctor Ulloa.
Fernando Varela, muy activo internacionalmente, después de MAC 2000 ha expuesto en Bruselas, antes de su próxima muestra en Copenhague. Presentó obras sobre tela y sobre papel, pero en todas la importancia, simbólica y estética, del cromatismo, destacó la vertiente pictórica. No nos referimos solamente a los rojinegros Cantos de España, sino a las reiteradas y siempre distintas versiones del génesis, de las relaciones entre la mujer y el hombre, que, aún separados, se "sienten" unidos por un aura intangible.
Ciertamente el artista maneja bien la espiritualidad y su atracción hacia el misticismo. Jamás encontraremos en Varela estereotipos reductores de originalidad sino una transmutación personal y contemporánea de creencias, a la vez cristianas, judáicas y orientales. El resultado de esa simbiosis es convincente tanto en los aspectos emotivos e intelectuales como en lo visual, invitando a mirar y a pensar lo que hicieron muchos visitantes.
Castillo, Mejía, Ulloa y Varela han dado a Santo Domingo, una presencia, no usual y significativa, en MAC 2000/95.
MARIANNE DE TOLENTINO

