El barro como soporte común, múltiple y diferente, tanto en expresiones como indagaciones, recursos e instalaciones de una notable tendencia del arte americano actual, es lo que propone ver el crítico Roberto Guevara, autor del guión de una Bienal que revela un quehacer artístico en comunión con la naturaleza —el contacto sensual y primordial con la tierra—, en reflexión con el destino del hombre y, una vez más, en fe con las ideas religiosas que manifiestan buena parte de las obras de nuestros artistas.
Tierra como sinónimo de creación y casa por excelencia, en un recorrido por los extremos del continente, para ver en otras poéticas lo que son significativos testimonios del quehacer del hombre y de las posibilidades de un arte genuinamente americano. Entendemos que Roberto Guevara visita regularmente talleres de artistas y busca establecer diálogos en muchas direcciones. La curiosidad y el placer de descubrir son signos distintivos de esta bienal que tiene en los nidos de Celeida Tostes una obra mayor, en la que la solidaridad y la fertilidad son sus divisas. (Recordemos que la curiosidad es la condición exaltada por Jean Hubert Martin al momento de realizar la célebre exposición Magiciens de la Terre, en el Centro Pompidou, en 1989). Esta exposición en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, recoge una estupenda selección de artistas que trabajan desde el barro o, en ocasiones, como esta justamente, en la indagación a partir del barro. Las obras son entre perdurables y efímeras, en las más variadas escalas y, por momentos, en celebración de la naturaleza. Algunos de esos artistas, como decir Celeida Tostes, Germán Botero, Stephen Cruise o Carol Young, o los venezolanos Milton Becerra, Héctor Fuenmayor o Ana María Mazzei, repiten en esta segunda bienal, lo que permite apreciar continuidad en el trabajo y en el desarrollo de sus propuestas.

En el conjunto de las obras exhibidas hay evidencia por la arcadia pérdida. Tal es el de la cultura precolombina o el de comunión y paz con la naturaleza. Ello es visto desde la ciudad y desde la cultura contemporánea, sea en las excavaciones y zonas intervenidas de Helen Escobedo; en el frío laboratorio de Cristina Carbonel; el ritual y la ofrenda de Quilici y Morawetz o, en fin, en el delicadisimo dibujo mural de Carmela Gross. Arcadia sin dioses, sin animales, sin fábulas; acaso barro y restos de construcciones. Tierra para levantar la memoria del hombre (Carlos Uribe, Soledad Salamé), los delirios de sus ritos (Fuenmayor, Botero) o las fantasías de sus ilusiones más recurrentes.
Si barro es, en primer lugar, tierra y, de modo simbólico, devoción por ideas y acciones, podríamos comenzar el recorrido por la pirámide de Alberto Uribe, promontorio que vence el tiempo y diálogo con la divinidad. Pirámide de tierra negra, de mediana altura y contra un muro del museo.

Sigfredo Chacón inscribe en letras de molde, la que mejor permite leer, pero sobre tierra, que arrastrará el viento, la milenaria sentencia "Polvo eres...". Ironía y certeza, escrito está, en un trabajo de impecable ejecución.
Con tierra, barro y arcilla cocida, Celeida Tostes recrea restos del paso del hombre y por momentos parecen sus huesos mismos, en una obra conmovedora que trasciende lo arqueológico o su acento palenteológico, para colocarnos ante un fino ejemplo de arcaico contemporáneo. Pero su capa evocativa alcanza otras notas, al investigar los nidos de ciertas aves del Amazonas, hechos de barro y que resultan, ciertamente, moradas de la fe.
Barro es agua y tierra y con ambos elementos trabajarán Ana María Mazzei, quien realiza una garita de barro y muestra a su interior la fuerza de los ríos de Guayana en un video, para señalar el paso de las aguas desde el sitio histórico que oculta — vigila— la presencia española. Milton Becerra tiene tres barriles con agua, piedras en sus fondos y, a ras de la superficie, un bombillo cuya luz se refleja. Aquí el agua es volumen detenido, mirada sobre sí misma, transparencia y profundidad. Por su parte, René Derouin combina diferentes disciplinas para exaltar los procesos de la vida que concluye en el mar: miles y pequeñas figuras humanas representan multitudes que de manera ritual el artista lanza al mar. Todo el proceso es registrado en video donde Derouin, además, reflexiona sobre la existencia y el arte.

El agua puede ser real o video, quieta masa o violentísima materia y, finalmente, lugar de confluencias donde la vida al mismo tiempo se inicia o termina. Priva el agua como fuente de vida y en consecuencia como medio de purificación, en oposición a la sequía y al fin de la existencia. Agua como camino en la tierra, visto en lontananza, de donde se oculta una remota cultura, tal como podría sugerir la foto mural del fondo y las vasijas en primer plano, en la instalación de Miguel Ángel Ríos; o agua de donde surge el artista, como en el caso de Nan, en cuyo video la vemos caminar y avanzar.
Tierra petrificada y como elementos siderales a cuya esfera y vacío entra el espectador, para concentrarse no tanto con tremendas piedras flotando en el espacio, como con las impresiones de fragmentos del cuerpo humano. Tal es la obra de Marc Chicoine.
Barro como piedra, sea para trazar una línea de mercurio que simbolizaría el curso de un río contaminado, en la simple y conmovedora obra de Hugo Zapata o, en los ladrillos de construcción, colocados en el piso mismo, establecidos con cierta simetría y como evocación a las antiguas civilizaciones americanas o mediterráneas, con intención sacra, en la instalación efímera de Pedro Fermín.

En un gran espacio Pedro Fermín va alineando filas de ladrillos. Estos son tomados de alguna demolición. Tienen idéntica dimensión; algunas manchas de cemento y, abajo, algún punto amarillo que simbolizaría el fuego eterno. La visión remite a filas de columnas, a campo de remotas culturas y sitio de oración. La obra se presenta con el mínimo recurso y es ejemplo de una intensa emoción tanto en él pensamiento como en su estética.
Y será ese espíritu religioso el que oriente no pocos de los trabajos conocidos en esta Segunda Bienal. Así, el enorme muro en barro de Héctor Fuenmayor, altar, Jerusalén y cruz; los grandes platos para la ofrenda de Germán Botero; el círculo de tierra y las figuras de Quilici-Morawetz o, las columnas de Marta Palau, nos llevan a las más puras ideas del hombre.
La obra de Héctor Fuenmayor está en un patio exterior o adyacente al museo. Se trata de un alto muro que sugiere la cruz. El artista hace una inscripción para evidenciar su contenido lo cual resulta innecesario. Su carácter sacro es de tal intensidad que no necesita leyenda alguna.

Si el barro es metáfora de la naturaleza, esta puede ser un árbol como tal, arrasado y a la vez purificado por el barro, flotando en el cosmos, como podría mostrar Reinhard Reitzenstein; o el artista mismo, con barro fresco de pie a cabeza, que camina y camina a través de los tiempos, tal como apreciamos en el video de Nan.
En obras más cercanas a las reglas tradicionales de las artes plásticas, en dualidad entre la pintura y el objeto y este y la instalación, hallamos los trabajos de Patricia van Dalen, Jorge Stever, Cristina Carbonel y James von Minor. Stever nos lleva al espacio más cotidianamente humano, como es la sala comedor, pero el tiempo está detenido por ese barro gris de volcán que cubre y petrifica todos los objetos. La mesa es vitrina y sitio para la innovación.
En esta bienal, los venezolanos tienen una considerable participación pero, no pocas veces presentan obras desafortunadas o fallidas. Se privilegió a jóvenes que no parecen preparados para una cita de esta categoría: Nascimiento copia los objetos en la vitrina con neón (1981) de Jeff Koons; mientras que Bernárdez hace un doble de mal gusto de Soffio 6 (1975) de Giuseppe Penone. En cambio, Rafael Barrios, un escultor calificado cuyos volúmenes de metal pintados parecen suspendidos en el espacio y además en situación ascendente, con lo que remarca la categoría temporal, al pasar a otro soporte, al barro, perdía fuerza y coherencia.
Pero también esta Bienal fue un reto para algunos pintores, no acostumbrados a trabajar en otras dimensiones, otros materiales y temáticas y, sin embargo, motivados por la invitación de Roberto Guevara, lograron obras que amplían sus propuestas personales y, dados los resultados, le llevarían a nuevas posibilidades expresivas. Tales son los casos de Patricia van Dalen o Mercedes Elena González.
Quizá la obra más cercana a la pintura sean los paisajes nocturnos de Mercedes Elena González, donde pigmentos, agua y barro hacen la espesura, largueza, umbral y reflejo de un tupido paisaje. La obra consiste en varias columnas de papel en las que representa el paisaje y, en el piso, igual número de bandejas de barro, donde la tierra es húmeda o agrietada.
Barro es también sinónimo de cerámica, sea desde las finísimas vasijas de Carol Young, hasta la pieza serial e innumeral de Miguel Angel Ríos. Para Patricia van Dalen es el matero donde sus collages tomarán formas de jardines o cielo; mientras que para Ligia Reinach es un largo anillo sideral que va y viene, entra y sale, lleva a una y otra fantasía. Stephen Cruise recurre al molde para repetir la figura de un ave y la forma de un corazón. Cristina Carbonel congela el tiempo de un laboratorio, llevado a escala, donde las aves son piezas a clasificar como último recurso de la conservación de la especie. Francisco Brennand cubre toda su casa incluidos patios exteriores, con cerámica y baldosas, para una figuración y ornamentación vegetal y celestial con sentido antropomorfo. Nadín Ospina se burla de la falsificación y el fetiche de la obra antigua. Helen Escobedo recurre al adobe y a los restos de cerámica precolombina, para conducirnos al sitio de una excavación: allí, a media luz, se hallará al hombre, a los signos de la cultura y las nociones de belleza y fe.
JUAN CARLOS PALENZUELA
Crítico de arte venezolano. Reside en Caracas.

