Durante veinte años Adrián Pujol ha sido constante tanto en su vocación de pintor como en su visión de la naturaleza. En una época en la que el objeto pictórico ha sido duramente cuestionado al extremo, incluso, de haber sido puesto a un lado en la práctica cotidiana del arte y cuando la moda, o cualquier idea de interés novedoso, es capaz de hacer sucumbir a cantidades de artistas que, sin mayor cultura, se lanzan a la repetición de modelos, Pujol avanza en medio de la turbulencia de los tiempos para reafirmarse, una vez más, como pintor que investiga el paisaje en Venezuela.
Un pintor paisajista es lo que revela la exposición antológica que realiza el artista en la Galería de Arte Nacional de Caracas, curaduría de Axel Stein, quien escribe al igual que Roberto Guevara en el catálogo de cuarenta páginas.
Pero más que un pintor paisajista, se trata de un fino y sensual artista que, desde una temática no por aparentemente conocida deja de ser compleja y exigente, ha sido capaz de crear un diálogo con la materia, el color, el soporte y el sujeto mismo. El balance es una obra con carácter personal, intensa y hermosa.

A mediados de los setenta Pujol se detenía en paredes de la fachada urbana para registrar un tiempo a punto de derrumbarse, una arquitectura que pronto desaparecería. De allí surgió su exposición Monólogos y muros, 1978, en enormes formatos, de un realismo conmovedor, en técnica de temple sobre madera que ya lo hacía muy especial. Eran moradas y pintura de la memoria que en ocasiones se abrían como retablos para juegos de lo aparente y lo real. Esa exposición era antecedida por una con sujetos de taller que mostraban su estricta formación y, a continuación, por un final de década en la que la pintura de caballete era, simplemente, desapercibida en Caracas.
Entonces Pujol empezó a reflexionar sobre el objeto de la pintura y, desde las artes gráficas, comenzó a registrar elementos domésticos como gavetas, botellones de agua, bombonas de gas, escaleras, cajas y, principalmente, barriles. Barril con el que asociamos al petróleo. Pujol continuaba siendo un pintor pero ahora se centraba en el concepto de la pintura. Además, imprimía o pintaba un barril para persistir en la naturaleza y en la acción del hombre. Barril, signo, incógnita, momento y piedra. Espacio cercado que conduciría a sus Laberintos, título de su exposición de 1985.
En 1985 también vivíamos otro gran debate generacional y estético. El laberinto cohesionaba un cruce de culturas, ilusiones y eras. La piedra vence el deterioro de los siglos y se mantiene allí como un acertijo siempre a descifrar. En lontananza aparecía el paisaje, inmenso, salvaje, exuberante. Selva que avanza de manera impetuosa y plena. Hay un acuerdo generalizado en torno a los méritos como paisajista de Pujol. Su obra se ha desarrollado en ese sentido. Cuatro individuales suyas certifican la categoría de su obra como paisajista: 1987 y 1989, ambas con el título de Pintura reciente; 1990, Paisajes en Margarita y, 1992, Tierra de Gracia.
Pujol recorre ciertas zonas de Venezuela y pinta en el sitio. Hay un goce extraordinario por el acto creador, lo que progresivamente implica reinventar el paisaje, indagar en las transparencias y densidades del color, en los sentidos de la luz y la materia orgánica como parte misma de sus recursos.
El aire en la naturaleza, sea en los evidentes espacios abiertos, en la solemnidad de las dimensiones, o en la actualidad de los cielos, los atardeceres, la compacta luz tras las cortinas vegetales, pareciera ser uno de los temas de Pujol. Aire como fundamento de la composición y de la imagen misma. Aire que conduce a la atmósfera y resplandores de la obra. Aire que desmaterializa la grandiosidad de lo representado.
Los paisajes de Adrián Pujol son de grandes formatos y por lo general tienen dominio de los medios de manera firme y delicada. Son paisajes que trascienden la tela misma para persistir en la retina y la memoria, que es como decir en lo interior y fantasioso del ser. Porque la memoria es el otro campo de acción del artista. Luego, los suyos son paisajes para establecer la geografía imaginaria del país, es decir, la verídica.
Ser pintor y empeñarse en descifrar y recrear la naturaleza es un acto único en el placer de vivir de Adrián Pujol.
JUAN CARLOS PALENZUELA
