En el Museo de Arte Moderno se presentó, de noviembre de 1995 a febrero de 1996, la colectiva Acné o el Nuevo Contrato Social Ilustrado, en la que intervinieron seis expositores, de entre 27 y 31 años de edad, con cuatro o cinco de vida profesional, dos de los cuales ya habían participado hace un par de años en otra colectiva en el mismo museo fue mostrada anteriormente en los Baños Venecia de la ciudad de Guadalajara y, aunque no existe información expresa, es posible suponer que luego se monte en los Estados Unidos, ya que ha sido parcialmente financiada por el Fideicomiso para la Cultura México-Estados Unidos. La información omitida (al menos en el catálogo) respecto a su itinerancia, su doble título, la doble tipografía con la que se le identificó en publicaciones y anuncios, la adición de dos —casi tres— subtítulos (Nuevos escenarios: los 90) y la presencia de dos curadores coautores: Carlos Ashiday Patrick Charpenel, son algunas de las evidencias de que Acné, como conjunto, es una apología a la indefinición.
Al titular como una dermatosis a la colectiva se consigue, tal vez, una leve repulsa de algunas personas conservadoras, más no un real impacto. Al hacer referencia al contrato social —término político y, además, por moderno, en desuso— y no exhibir, en un país en el que se intenta dar solución política a una guerra, ninguna obra de tema estrictamente político (salvo alguna tímida referencia al expresidente Salinas), la confusión aumenta. Y como todo atrevimiento light es más concesivo que la falta de osadía, la indefinición resulta confirmada. Los expositores se habían mantenido al margen de los organismos oficiales de circulación cultural, pero tal parece que lo hicieron para preparar esta especie de entrada triunfal al ámbito del gobierno. Sin embargo algo conservan de su fase independiente: la precariedad de algunas de sus soluciones, cuando no la pequeñez (dimensional, aclaro) de algunos de sus resultados.
Alumnos casi todos de José Miguel González Casanova y (o) de Rosario García Crespo y, quien no, incorporado por recomendación del promotor y curador Guillermo Santamarina, los expositores evidencian en sus obras, una actitud manierista ante el devenir cultural, lo que también remite a la indefinición, pues esta actitud denota un temor inconfesado ante el momento actual; una indefinición respecto a si se adoptan normas ya existentes o a si se hacen planteamientos renovadores. Quienes participan en Acné no manifiestan su postura (no tienen por qué hacerlo, dirán sus defensores) respecto a la utilidad social del trabajo que realizan. No se sabe a cual sector o a cuales sectores de la población se dirigen. Pudiera inferirse que están en contra de algo que no es fácil precisar, pero no es factible imaginar si impulsan o están a favor de algo.

Pero a pesar de las características señaladas, indefinidas resultantes de la mezcla entre el espíritu del tiempo y una no asumida identidad nacional-latinoamericana; de mainstream visto desde la periferia y una inobjetable serie de citas, sobre todo del arte cubano de los ochenta, quienes intervienen en Acné son artistas promisorios. Sin duda, entonces, el error es curatorial, pues vistos como individualidades, los expositores presentan algunos aciertos. Todavía inmerso en la originalidad de la no originalidad, Pablo Vargas Lugo resuelve, de entre las varias opciones que practica, una serie de collages en los que mediante, finos recortes, usa con cierta osadía líneas, planos y colores. Daniel Guzmán, a pesar de que se afana demasiado en espantar a los conservadores y de que sus rótulos en relieve traen a la memoria la espléndida serie De la etapa práctica de Glexis Novoa, cuenta con vertientes de una irreverencia que podría desarrollar y de un certero uso de lo brutal en relación al sexo.
Tal vez debido al estremecimiento que generan muchas de las obras de Abraham Cruzvillegas y sobre todo aquellas tridimensionales en las que se refiere a la vulnerable salud humana, los curadores no eligieron trabajos de mayor fuerza expresiva que este autor tiene en su haber. El más formalista y más apegado a la nueva tradición visual es Marco Arce, quien sin embargo consigue acertadas referencias dibujísticas a la comunicación de masas y a la historia del arte mexicano, en el caso de sus acercamientos pictóricos a la obra de Alfonso Michel. Autor de obras que en ocasiones recuerdan a las de cierta fase de Ciro Quintana, Eduardo Abaroa es quién, de entre los invitados a Acné, de manera más directa se refiere a la sexualidad como algo estereotipado y lejano, mediante el empleo de montajes y ensamblajes con los que alude al reemplazo de las relaciones interpersonales. Finalmente cabe resaltar la participación de Sofía Táboas, quien mediante construcciones y acumulaciones, con las que demuestra seguridad en el manejo de sus materiales y control sobre sus procesos, alude al papel social de las mujeres. En Acné no se logró, entonces, aprovechar a sus integrantes.
CARLOS BLAS GALINDO

