A Labor of Love

Liza Lou. Cocina, (detalle). 1991-1995. Abalorios, plástico, madera y otros materiales.

Colectivaabr 1996 - jun 1996· Por Rubén Gallo

A Labor of Love

The New Museum of Contemporary Art

Esta muestra, organizada por Marcia Tucker, la actual directora del New Museum, reúne obras de cincuenta artistas que hasta ahora han tenido poca visibilidad en el círculo de museos y galerías de Nueva York. El principal interés de Tucker —según precisa en su ensayo para el catálogo de la exposición— es transgredir las fronteras que separan al arte "de museo" de las creaciones populares como la artesanía, el bordado y las artes decorativas. Muchos de los creadores reunidos en A Labor of Love no son "artistas" profesionales, sino artesanos, diseñadores, e incluso presidiarios, que por una u otra razón (principalmente "por amor", insiste la curadora), han decidido aventurarse en la producción, no siempre afortunada, de los elaborados objetos aquí reunidos. Las piezas seleccionadas para esta exposición tienen un aspecto en común: todas ellas son el producto de un minucioso trabajo, de un "oficio de amor" que lleva al artista a dedicar largas horas (o incluso días, meses, años) a su creación artística. Tucker escribe que algunas de estas piezas son tan increíbles que parecen salidas del Believe-it-or-not de Ripley, demostrando lo que la mano y la mente humana pueden lograr.

Al entrar a las salas del museo, nos sorprende lo insólito de la instalación: el espacio no sólo está atiborrado de cuadros, esculturas, y artesanías, sino también "arreglado" con mesas, sofás y sillones para que el visitante pueda sentarse a descansar mientras contempla el caos estético que lo rodea. Disimulados tras los muebles yacen aparatos de sonido que tocan, sin parar, una serie de melodías populares que la curadora ha escogido para acompañar la exposición. La propuesta de Tucker —incluir estos elementos domésticos para desmantelar las fronteras que separan al museo, "público" e institucionalizado, del espacio privado y hogareño— es meritoria; lástima que la descuidada selección de los estilos y las formas de los muebles no contribuya a nuestra apreciación de las obras.

Colectiva: A Labor of Love — imagen 1
Liza Lou. Cocina, (detalle). 1991-1995. Abalorios, plástico, madera y otros materiales.

La instalación es fortuita e incluso caprichosa. Sobre un muro, descubrimos las corbatas de seda (sin título) ilustradas a mano con paisajes psicodélicos de Oliver Herring; en otra esquina, un paisaje naïf de Carmen Lomas Garza que representa a una mujer cortando "nopalitos para tí", a unos pasos, los extraños collages de pan y tela bordada de Dianna Frid; y en una sala aparte, las deleznables esculturillas neo-folklóricas de Kukuli Velarde. Hay también una enorme pieza de Liza Lou que parece ser el centro de gravedad de la exposición: se trata de la monumental Kitchen (1991-1995), una cocina que la artista ha recubierto por completo de minúsculas cuentas de colores que desde lejos brillan como lentejuelas. Esta pieza abarca casi sesenta metros cuadrados y viene completa con cortinas, pisos, el desayuno preparado sobre una mesa y una estufa de la que se asoma un pastel recién horneado. Lou dedicó cinco años de su vida a la creación de este templo kitsch y en las numerosas publicaciones que acompañan a la muestra Marcia Tucker no disimula su entusiasmo ante tal "oficio de amor".

La exposición contiene un puñado de piezas interesantes, aunque desafortunadamente su efecto se pierde casi por completo en el mare mágnum de objetos mediocres. Entre las obras más logradas figuran las elegantes cajoneras de Kazumi Tanaka (The Chocolate Boot, 1994-1995), de cajones que se abren para revelarnos más cajones que a su vez contienen otros más, al estilo de las muñecas rusas o de las cajas chinas; en una esquina aparte descansa el intrigante y misterioso aparato de Chuck Genco (Influence Generator/Transmitter, 1987-1992) lleno de engranajes de madera y piezas que giran con gracia hipertélica; hay, por último, una pieza notable (Sampler Self-Portrait No.2, 1995) de Richard Rule —una tela con letras y figuras bordadas a mano, al estilo de las composiciones femeninas de la época victoriana, pero cuya inscripción no presenta genealogías familiares ni oraciones devotas sino la reveladora leyenda Size Queen.

Es una lástima que la propuesta teórica de Marcia Tucker —que contiene ideas muy válidas y hasta encomiables— no haya sido complementada con un cuidadoso y bien pensado proceso de selección de obra. El ensayo de Tucker presenta una discusión inteligente sobre las políticas que rigen la institucionalización del arte, y logra hacer que el lector cuestione (o al menos admita) sus propios prejuicios sobre el "valor" artístico. Desgraciadamente, el componente visual de la exposición no cumple lo que el ensayo promete, en parte porque la multitud abigarrada de objetos y cuadros no logra sino agobiar al visitante.

RUBÉN GALLO

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