Salón de Arte Joven del Museo de Antioquia en buena hora revitalizado en su política y con unos objetivos muy claros hacia la reatividad en todos sus campos. Y luego, el Salón Regional. Si en aquel hubo un estricto jurado de admisión, en este el jurado calificador fue a la vez el seleccionador de las obras que pondrán a competir en el Salón Nacional en la capital. O sea que la tarea de este jurado —tal como aconteció realmente— debió enfrentar la lógica discusión por la obra escogida y por la obra premiada. Lo que no hizo más que crear confusión ante una serie de recomendaciones escritas como las referentes a la falta de oficio de la pintura presente.
¿No deberíamos mejor utilizar el término techné para referirnos a la ausencia grave de conocimiento de los materiales, de las nociones de espacio y tiempo y desde luego de la incapacidad de hacerse a una tradición personal en la botica de la postmodernidad donde ya se pasó del remake a lo déjà vu? ¿Dónde es hoy más obvio el problema de sustituir la experiencia personal por la información mediática. Entre uno y otro evento lo más importante a resaltar es el proceso de ciertas trayectorias hacia definiciones personales, hacia instancias estéticas que exigen ya un reconocimiento crítico frente a lo que fue en las generaciones inmediatamente anteriores el concepto de arte.

Es así emocionante ver el lúcido proceso de Luis Fernando Peláez, quien con un trabajo insistente, riguroso ha ido abriendo espacios de significación muy concretos donde nociones como memoria, metáfora dejan atrás la retórica escolar para volverse una definición poética avalada por un oficio. Y esto mismo pasa con los objetos perversos de María Teresa Cano en la línea de rescatar del surrealismo la filosofía de los cadáveres exquisitos para hacer una ácida crítica de ciertas instituciones.
Y esto es lo que sucede con la obra de Gloria Posada en el Museo de Antioquia donde la imagen del aula escolar se revive mentalmente introduciendo la pregunta perturbadora sobre su existencia, sobre aquello que esconden las tarjas sobre la madera, memoria que es huella imperceptible de algo inombrado. Gloria elude con inteligencia la tentación de la reconstrucción y en la distorsión de los elementos logra la virtud del misterio.
Morandi pintó toda su vida lo mismo; las mismas botellas, los mismos cacharros, pero esa espléndida monotonía le permitió ahondar en la profundidad de la superficie, en la inagotable fuerza de lo mínimo. ¿Es esto lo de José Antonio Suárez o es, por el contrario, la presencia de lo mismo, o sea, no el ahondamiento sino el tic? La habilidad no puede derivar hacia un virtuosismo vacío sino hacia secretos rompimientos definidos por un contenido grotesco o lírico del mundo y la vida. O los dibujos son comentarios reales o simples escarceos de una mano que no se atrevió a salir del divertimento.
Las dos esculturas de Rony Vayda son buena muestra de un proceso personal que ha sabido mantenerse lejos de los estereotipados telurismos, de los neoexpresionismos a que tanto somos aficionados y que dentro de las constantes de un geometrismo lírico ha sabido sacar partido de algunas experiencias del neo-geo para darles un matiz personal. La contundencia urbana de su obra es una buena demostración de todo esto.
¿Dónde se hace más patente lo ya visto? En los estudiantes dominados por la información, por los malos profesores y en los cuales no existe todavía un criterio sobre lo que los críticos llaman una crisis ya impostergable de lo que hemos llamado arte en la nueva edad planetaria.
DARÍO RUIZ GÓMEZ

