Ricardo Wiesse (Lima, 1954) es uno de los artistas iniciados a fines de los años setenta. Con él, en los últimos quince años, el Perú ha tenido a un artista de rigores que ha transitado desde la densa carga matérica de los inicios hasta los ritmos lineales, aprehendidos durante su estadía en el taller de Hayter en París. Paulatinamente ambas fuentes irían fusionándose para dar lugar a una sólida propuesta en la cual el largo desierto de la costa se transformaba en metáfora sobre el soporte del artista.
Muchos —como nosotros— encontrábamos sobre sus telas alegorías de las líneas de Nazca, para otros Ricardo Weisse hacía una reelaboración del paisaje costeño, porque en cada uno de sus cuadros había un marcado ascetismo por el parco uso del color, que en estos últimos años ha devenido en estallido, a tal grado que recientemente mereciera el primer puesto de un importante concurso: Rojo vivo.
Para aproximarse a la propuesta de Ricardo Wiesse hay que imaginar líneas de apariencias espontáneas, que, en cambio, han sido altamente premeditadas. Trabajando de manera aislada con arenas y tierras de color, que esparce sobre la superficie encolada, el artista logra una conjunción de texturas, reales y virtuales, que dan lugar al dinamismo de la obra de uno de los artistas más respetados de nuestro medio.
La trayectoria de Ricardo Wiesse ha ido desarrollándose de manera paralela a la violencia en nuestro medio, pero su trabajo lejos de exacerbar la realidad, se aparta de cualquier retórica para ceder paso a la reflexión. Porque el arte, como sostiene su autor debe, procurar contenidos mágicos.

Avanzados los años noventa, la violencia logró contenerse, sin embargo, en una etapa del repliegue terrorista, una patrulla ingresó a la Universidad de La Cantuta, apresando a estudiantes y profesores, a los cuales nunca se les volvería a ver. La Cantuta es una flor que ya se conocía en el Perú precolombino. El Inca Garcilaso de la Vega, en los Comentarios Reales de los Incas, las describe así: "ponía en las cabezas, a los noveles, ramilletes de dos maneras de flores, una que llaman cantuta, que son hermosísimas de forma y color, que unas son amarillas, otras moradas y otras coloradas y cada color de por sí extremo Uno. La otra manera de flor llaman chihuahua; es amarilla; asemeja en el talle a las clavelinas de España. Estas dos maneras de llores no las podía traer la gente común, ni los curacas, por grandes señores que fuesen, sino solamente los de sangre real".
Para los habitantes del Perú contemporáneo, La Cantuta es más bien un recuerdo trágico, porque los restos de los secuestrados fueron enterrados y finalmente encontrados dos años después entre los cerros de Cieneguilla, zona cercana a Lima, también rodeada de desiertos. Dos cruces en el lugar recuerdan el hecho.
Ricardo Wiesse rinde homenaje a las víctimas pintando con tierras y pigmentos diez enormes cantutas sobre las faldas de los cerros. Él describe la acción de esta manera: "Vertimos diez kilos de pigmento rojo, para dos horas más tarde tener ante nosotros una alfombra de flores de tres metros cada una, diseminadas en la ladera inmediatamente superior a la segunda cruz. Percibidas desde el cerro de enfrente, que escalamos presurosos, las enmarcaba un panorama imponente: planos infinitos sucediéndose a lo ancho, bajo el cielo violáceo de la tarde. Aparecieron entonces nuestras cantutas como nítidos tajos en la piel de la tierra, martilleando nuestras sienes con un clamor antiguo y poderoso".
Acompañada de un equipo de fotógrafos y videistas, la acción de pintar Los Andes ha quedado ampliamente registrada en este testimonio con el cual el artista participará en la campaña nacional por la derogación de la Ley que decretó la amnistía de los que asesinaron a los habitantes de La Cantuta.
En nuestro medio la acción de Ricardo Wiesse resulta inédita. Usualmente, los artistas comprometidos con alguna causa han supeditado el contenido ideológico al plástico. No es este el caso. Hay una absoluta coherencia en una decisión que lo ha llevado a exhibir junto a su vídeo algunas de sus nuevas obras más logradas. Estas cantutas rojas además han profundizado la ruptura de la bidimensionalidad, orientando al artista a una manifestación más escultórica, creando con ellas una nueva forma de agresión, al romper el espacio, invadiéndolo.
La propuesta de Ricardo Wiesse, como la de todo artista que trasciende, es entonces el producto de dos componentes: el artístico y el vital, dando como resultado una obra que por unanimidad es considerada una de las que mejor representa el arte del Perú contemporáneo.
LUIS LAMA
