Marisol hizo su debut este otoño como uno de los artistas representados por Marlborough Gallery con una colección de sus nuevos dibujos y esculturas. Esta muestra constituyó su primera individual en Nueva York desde 1989. Las esculturas, realizadas en los últimos tres años, no son muy reveladoras, a menos que uno considere como revelador el ser testigo de que un artista ha alcanzado el nivel supremo de confianza y facilidad en su arte. Marisol no está señalando nuevas fronteras con estos trabajos, y sin embargo su arte nunca se ha visto tan fresco.
Las obras presentadas no tienen un título temático. Empero, hay una repetición en los temas que le da unidad a este conjunto particular de trabajos. Aproximadamente la mitad de las esculturas son de nativos norteamericanos, muchas con referencias fotográficas históricas y en algunos casos de famosas fotografías. Otras obras, aunque no compartían el mismo motivo, también son retratos. Además, todas las piezas parecen hechas a partir de fotografías de sus modelos. Sus grupos de niños parecen como si pudieran venir de composiciones de Helen Lewitt y su anónimo General Plywood tiene un sorprendente parecido con el joven Josef Stalin que posa para un retrato ecuestre. La galería se convierte así en una colección de fotografías antiguas tridimensionales y dibujadas a mano.

Por supuesto que este nivel sofisticado de referencias entrecruzadas no es nuevo en Marisol. De hecho, tenemos que preguntarnos si la artista continuamente no se presenta trabajando en una especie de Tradición Folk Actualizada en la que no cuenta su herencia venezolana. La familia de Marisol es suramericana, pero la artista nacida en París siempre parece haber asumido la posición de ser ciudadana del mundo.
De la apropiación de La última cena de Leonardo a las fotografías actuales de los Estados Unidos relacionadas con los indígenas norteamericanos (es interesante constatar que la artista no muestra el mismo interés por la población precolonial de Venezuela), Marisol siempre ha mostrado preocupaciones muy variadas. En verdad, su arte no evoca tradiciones nativas tales como las que maneja el surrealismo al emplear objetos encontrados y desechados, el pop al traficar con la cultura comercial y las apropiaciones multimedias que practican artistas como Larry Rivers y Robert Rauschemberg. De hecho, se vuelve tentador preguntarse qué podría haber resultado si la artista hubiera desviado su mirada un poco más hacia el sur y su punto de partida estuviera a un nivel diferente.
De un modo u otro resulta razonable especular qué pasaría si Marisol cambiara su punto de referencia, pues parece que exploraciones más profundas o un grupo más convincente de obras solo podrían realizar su producción en este punto. Sin embargo, entre tanto todavía tenemos la oportunidad de ver los resultados de una artista que obviamente está manejando plenamente sus capacidades y ha sabido continuar haciendo un arte que, siendo tan familiar para muchos de nosotros, todavía se ve nuevo y joven. Su conocimiento de los materiales se observa con placer y sus elecciones formales y pequeños detalles son siempre inteligentes. Pero no es pedir mucho a una artista de su inteligencia y talentos que haga algo más que ser solo inteligente y agradable.
JOHN ANGELINE
