Exposición Individualene 1996 - mar 1996· Por Carolina Ponce de León

Luis Fernando Roldán

Galería El Museo

Si uno colocara, lado a lado, la secuencia de obras realizadas por Luis Fernando Roldán en los últimos ocho años, constataría sin vacilar el desenvolvimiento orgánico de su proceso creativo. Y sin embargo, si se resumiera el proceso juntando la primera obra de la serie con la última, escasamente se podría adivinar el trayecto intermedio. Hace siete u ocho años, Roldán hacía una pintura abstracta con cierto tono de humor. Figuras infladas, que uno de sus hijos bautizó "submarinos", se suspendían sobre planos de color. En este momento, como puros ejercicios pictóricos, los elementos entablan un diálogo directo entre ellos: línea, plano, color, fondo, forma se combinan sin jerarquías borrando efectos o artificios. Con el paso del tiempo la figura se ha ido desdibujando y la superficie accidentando. El único denominador común constante es el control de la composición por una estructura virtual que "amarra" la obra.

En las obras recientes, particularmente desde la serie Parque de la Independencia que realizó en el 94, la figura y el dibujo han desaparecido radicalmente. La estructura compositiva se presiente, sin embargo, en la forma de articular las manchas de color. La superficie, no tan pulida por el pincel como en la serie de "submarinos", se agrieta ahora con el uso de la espátula. Las obras actuales son como construcciones geológicas, capas de sedimentación que se van sobreponiendo y dejando traslucir, en algunos puntos, manchas de color que crean el contrapunto de opacidades y efectos lumínicos.

Exposición Individual: Luis Fernando Roldán — imagen 1
Luis Fernando Roldán. Serie Cazadores de leones, 1995. Óleo sobre tela. 200 x 190 cm.

El paso que ha dado la obra de Roldán no es hacia una forma de abstracción más radical. En sus pinturas anteriores las "figuras" se constituían en juguetes para armar la composición, en un asidero para provocar una estabilidad tanto visual como emocional. Actualmente, la figura no cuenta ya con la definición de su contorno, un dibujo que delimite el espacio pictórico en figura y fondo. Su definición es fantasmagórica, evasiva, incierta. La imagen total envuelve la variedad cromática en una sola percepción. La visión de lejos es atmosférica; de cerca, la superficie se convierte en paisaje borrascoso.

Las obras de Roldán conjugan así sus contradicciones. El caos aparente reposa sobre una estructura estable, una noción de orden. La atmósfera, casi bucólica, deja entrever capas sucesivas que a ojo cercano niegan la voluptuosidad global, incluso se llega al rechazo o a la repulsión. Es como si sus obras estuvieran ofreciendo la evidencia del juego de contrarios, el placer y el desprecio como ejemplos de la ficción y realidad que envuelve su concepción pictórica. La obra final, vista en conjunto, es la ficción; en sus detalles, en sus vacilaciones, avances y retrocesos es la realidad.

En este sentido, la obra de Roldán es netamente intuitiva; entiende el proceso de la pintura como un diálogo donde cada elemento se añade, se confirma o se niega con respecto a otro hasta lograr un punto de fluidez entre las partes. Curiosamente, en esta eliminación de soportes adicionales —como pueden ser el dibujo, la figura o un tratamiento del color más definido— la obra llega al límite extremo del desequilibrio. Requiere de soluciones milimétricas y sutiles. Si antes su narrativa jugaba con lo imaginario, ahora, en el arduo proceso de ordenar el caos, su narración se presenta como metáfora misma del proceso artístico, símil del proceso vital. Es la vida como construcción, como creación y respuesta, duda e ímpetu. Sus obras son presencias sin una emoción dominante y sin embargo en el recorrido visual todas se hallan.

CAROLINA PONCE DE LEÓN

Luis Fernando Roldán, por Carolina Ponce de León | artnexus