Si nos preguntaran cuál ha sido la más importante exposición del año 1995 en Santo Domingo, responderíamos sin vacilación que el IV Salón de Dibujo. Varias personas han expresado la misma opinión. De nacional en sus tres primeras ediciones ha pasado a internacional, abarcando a participantes de toda América Latina y el Caribe, con un sorprendente éxito de convocatoria. Una persona, una personalidad, es la gran responsable de esa manifestación sin precedentes en la República Dominicana: Mildred Cañahuate.
En efecto, con más o menos explendores, con más o menos errores, se celebran la Bienal Nacional de Artes Visuales —oficial y quincuagenaria— y el Concurso de Arte E. León Jimenes —treinta años prósperos—, privado pero auspiciado por un poderoso grupo empresarial. Llegó tímidamente la dueña de la galería Arawak, desde siempre dedicada —fuera del mercado— al avance del arte joven e "inventando" actividades de animación artística, Mildred Cañahuate, organizando un Salón para reforzar la relegada posición del dibujo. Se sucedieron tres Salones de Dibujo —exclusivamente para dominicanos, no obstante con un jurado internacional—cohabitando invitados y seleccionados con sus correspondientes premiaciones.
Se creó la Fundación Arawak. Se estrecharon los lazos con el Museo de Arte Moderno. Se amplió el equipo organizativo. Y sobre todo se lanzó una convocatoria, de México hasta Chile, considerando a todos los extranjeros como participantes ex oficio e instituyendo una sola categoría, "por selección" entre los dominicanos. Además de los concursantes externos e internos, acudieron invitados "fuera de concurso", en el marco de exposiciones espaciales, que contribuyeron al brillo del IV Salón.

En ese aspecto a la vez histórico y cultural, ninguna Bienal dominicana —ni siquiera la del Caribe— ha demostrado semejantes preocupaciones y resultados. De excelente calidad, se presentaron, en el mismo Museo de Arte Moderno, una antología del surgimiento del Dibujo Moderno en la República Dominicana que incluyó a los inmigrantes europeos del cuarenta, una colectiva de maestros — entre ellos Ramón Oviedo a quien se dedicó el Salón y anteriores premiados, una pequeña representación prestigiosa de conocidos artistas del continente. Citaremos a Enrique Grau y Santiago Cárdenas de Colombia, Fernando de Szyszlo de Perú, Víctor Chab y Luis Felipe Noé de Argentina, y Guillermo Núñez de Chile. En sí, esas exposiciones eran una especie de Salón de la Fama.
Participaron dieciséis países de la región, además del anfitrión. Un número muy elevado, si consideramos que fue la primera internacionalización del Salón y que las grandes Bienales "establecidas" del área no consiguen una mayor concurrencia. Se recibieron obras —un máximo de dos por artista—de Argentina, Barbados, Chile, Cuba, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití, Islas Vírgenes, México, Martinica, Perú, Puerto Rico, Venezuela y un núcleo especial de residentes en los Estados Unidos. La selección dominicana —aproximadamente 60% de las obras presentadas— y las exposiciones nacionales ocuparon la totalidad de la primera planta, incluyendo los pasillos. Las representaciones extranjeras, en el segundo piso, hubieran debido disponer de su espacio completo, para evitar una museografía algo apretada.
El jurado de selección comprendió tres críticos de arte dominicanos: Dionisio Blanco, Sara Hermann y Danilo de los Santos. El jurado de premiación internacional fue compuesto por un dominicano, Danilo de los Santos, una norteamericana, Laura Hoptman, del Museo de Arte Moderno de Nueva York y Guillermo Santamaría, mexicano, curador de Africus’94, que sustituyó al colombiano Félix Ángel, quien no pudo llegar a Santo Domingo. El veredicto, que en la Bienal oficial, hubiera causado escándalo y protestas públicas —de parte de los artistas y hasta de un sector de la crítica—fue acogido con frialdad. Felizmente, los concursos privados gozan aquí de reacciones moderadas y racionales.

Comprobando la cantidad de dibujos fuertes, definidos, ágiles, expresivos, tan diversos en sus estilos, no vacilamos en calificar la premiación de "desconcertante". Obviamente, el jurado actuó según un criterio preestablecido, priorizando el aspecto conceptual y hasta cierto punto el "antidibujo" descartando cualquier herencia de figuración tradicional, las estructuras cerradas, el vigor orgánico o constructivista. Optó por el dibujo de ruptura, marginal, subversivo, desparramado, entre la escritura y el gesto, la ligereza y el infantilismo voluntario. Con raras excepciones, eligieron, entre premios y menciones, los muy pocos dibujos que se ajustaban a esas fórmulas.
El Premio atribuido a José Manuel Romero de México, el más polémico y representativo de la decisión, galardonó un Homenaje a Van Gogh, desmitificando al homenajeado con soles círculos, seriales y diluidos, tal vez una reevaluación de la línea y lo visible. El dominicano Chiqui Mendoza obtuvo otro premio por unos signos "neopueriles", energías garabateadas por un retorno a la esencia y una aproximación a Cy Twombly, contrastando con la obra sincrética y matérica —aún en el dibujo— que le conocemos. Un premio — eran tres, sin jerarquía— ese muy plausible, laureó el "nuevo paisaje" del argentino Eduardo Stupía, hormigueante, minuciosísimo, orientalista, reescribiendo la geografía fronteriza del Iguazú.
Menos radicales —posiblemente por la falta de más dibujos en esa tendencia pero coherentes con la ideología estética de los jueces— fueron las Menciones de Honor. Dos para Santo Domingo, Jorge Pineda y su dibujo transvanguardista, tan humorístico como implacable, y Elvis Avilés, volviendo el papel soporte vital y vibrante. Otra mención se concedió a Dioscórides, de Colombia, interesante y apretada signografía en el linaje de los códices y de Francisco Toledo. Se distinguió también al puertorriqueño Rafael Rivera Rosa, por una obra —de lo mejor que hayamos visto de él— hábil, insólita y apasionada. A la salvadoreña Mayra Barraza, se le dio una especie de mención "de consolidación" que valía por todos los herederos de un clasicismo revisado, participando en el Salón.
Es cierto que los artistas dominicanos suelen creer "sus" obras premiables, pero, realmente, esta vez, trabajaron con mucha seriedad y para el concurso. Luz Severino, con un expresionismo neo-abstracto, organizado en polípticos; Grecia Rivera con una geometría muy personal; Carmen de Pool, con un dramatismo nuevo; Inés Tolentino con una efusiva desmitificación del clasicismo; Tete Marella, con participación del papel en su técnica refinada. Excepcionalmente, las mujeres se destacaron. Aunque, aparte de las dos menciones, bien otorgadas, se plantearon con un sello propio, los dibujantes Aquiles Azar Bellini, Magno Laraeuente, Pascal Meccariello y el muy joven Eliú Almonte, una promesa a seguir atentamente.
Mencionamos la sorprendente respuesta de los países latinoamericanos, con selecciones nutridas y sólidas, mostrando vigor y placer del dibujo más figurativos que abstractos, con una tendencia frecuente a preservar dentro de la contemporaneidad el purismo del blanco y negro, las variantes de la línea. Citaremos, con énfasis, las selecciones de Chile —en particular Patricia Figueroa, Humberto Nilo y Francisco Javier Smythe—, Colombia—Dioscórides, López Arango—, Costa Rica —Gustavo Araya y Adrián Arquedas—, Perú — Eduardo Tokeshi, Jacqueline Rodríguez— y la riqueza de la representación salvadoreña. El Caribe insular estuvo presente con artistas de talla como Gustavo Acosta, Moisés Finale y Eleomar Puente de Cuba, Haydée Landing de Puerto Rico, Ernest Broleur de Martinica, Alicia Chapman de Barbados y Philippe Dodard de Haití y muchos otros.
La fortuna sonríe a los audaces, lo probó el IV Salón de Dibujo, a través de la Fundación Arawak con el respaldo logístico del Museo de Arte Moderno. Se publicaron dos excelentes catálogos.
MARIANNE DE TOLENTINO

