En el Museo Universitario del Chopo y con tres participaciones simultáneas, artistas colombianos y mexicanos intervinieron desde la segunda quincena de agosto y hasta la primera semana de octubre, en una suerte de confrontación fraternal que, pese al propósito de difusión y no de competencia que se pretendía alcanzar, evidenció la buena salud de la que goza el arte colombiano y las graves limitaciones del arte que en la actualidad se realiza en México. El encuentro cultural Colombia-México estuvo conformado por la colectiva de estampa Huellas de papel, que incluyó obras de Paige Abadi, José Antonio Suárez Londoño y Fabio Valencia y cuya curaduría fue responsabilidad de Efraín Bernal. La instalación —por sus dimensiones, próxima a la ambientación— de Miguel Ángel Rojas, intitulada Pascal y Pascual, La conquista debe continuar, y la amplia colectiva Intercambio artístico México-Colombia por mi raza hablará el espíritu, en la cual fueron mostrados trabajos de diez artistas colombianos y de igual número de autores mexicanos, y cuya curaduría fue compartida.
Huellas de papel ocupó la galería de la planta alta del museo y fue de utilidad para comprender el derrotero autónomo por el que transita la estampa en Colombia. Esta peculiaridad acontece con frecuencia en otros medios culturales —y no sólo con la estampa sino también con la producción tridimensional— como reacciona ante la preponderancia del género pictórico. La colectividad gráfica funcionó como un estupendo contrapunto con relación al resto de las participaciones del encuentro cultural Colombia-México y sí, como se tiene como se tiene planeado, este encuentro continuará en 1996 en territorio colombiano, bueno sería contar para entonces con una exposición similar a ésta, integrada con obras de grabadores mexicanos. Un extremo lateral de la amplia nave para exposiciones del Museo Universitario del Chopo albergó la instalación de Miguel Ángel Rojas, quien fue invitado a participar en este encuentro como un reconocimiento a su papel en el desarrollo del arte de su país.

La parte más extensa del encuentro correspondió al Intercambio México-Colombia por mi raza hablará el espíritu. Este lema es el de la Universidad Nacional Autónoma de México y es de la autoría de José Vasconcelos, el propiciador del desarrollo de la fase muralística del nacionalismo mexicano en los años 20, desarrollo que a la postre se convertiría en influyente referencia —no siempre benéfica— para mucho del arte latinoamericano y del estadounidense. Pero a pesar de este antecedente, las cosas hoy día marchan en otro sentido. La hegemonía mexicana de la fase nacionalista ha llegado a su fin pero ha tenido secuelas nefastas para el medio cultural de aquel país, al que hoy día afectan negativamente el proteccionismo, el aislamiento y la sensación de autosuficiencia que derivan de las acciones que durante décadas el sector gubernamental ha aplicado — con el beneplácito de los organismos de difusión cultural universitarios y privados— hasta generar que, ante la sobreprotección oficial a ciertos productores, los que la gozan y quienes la anhelan se vuelvan oficialistas y descuidan las necesidades culturales colectivas reales; hasta conseguir que el aislamiento devenga endémico y deje de importar, a quienes trabajan en México, la información actualizada acerca del arte que se realiza en otros sitios, y hasta producir que la aparente autosuficiencia deriva en un absurdo aldeanismo para el que no resulta de interés el atender requerimientos extra-locales.
Estos problemas resultaron evidentes ante los ejemplos de arte colombiano que fueron incluidos en la exposición. La simultaneidad de géneros (fotográfico - electrográfico - pictórico - tridimensional) en la obra de Rodrigo Facundo; el texto y la retícula en la de José Horacio Martínez, con los que entre otras cosas alude a la autonomía de la obra artística ante la realidad tangible: el cambio perceptual con el que Pablo Van Wong atrapa la atención de los públicos: la acumulación post conceptualista de Carlos Uribe; la ironía sobre la llamada identidad de Nadín Ospina resuelve con prestancia; las telas de Deley Morelos, desbordantes de una inusual fuerza expresiva; las alusiones al caos como único orden posible de Carlos Salas; las referencias al papel social y a la familia en la obra de Rafael Ortiz; las pinturas también post-conceptuales de Catalina Mejía, y el trabajo de gran formato con recursos tipográficos y de video de José Alejandro Restrepo son todas ellas obras de una plena vigencia y que atañen a los públicos latinoamericanos tanto como a los de otras áreas culturales.

En cambio, numerosos autores mexicanos —que no se reconocen como latinoamericanos, menos aún ante el actual proceso de norteamericanización al que están expuestos— sufren serios inconvenientes de la participación de México. Yolanda Gutiérrez, con sus reconfirmaciones a partir de elementos similares (de cestería o de hueso): Juan Manuel Romero, cuya idea —la convivencia protegida de seres que juntos se destruyen—, externada con peces vivos, fue mejor a su realización: Francisco Fernández Taca, por sus referencias al presente mexicano y por su filiación heterodoxa: Mónica Castillo por su obsesiva exteriorización de su realidad interior, y Néstor Quiñones por su referencia frontal (a la vez que mística) al tema del sida.
El resto de la participación mexicana fue pobre. Humberto del Olmo participó con una pretenciosa videoinstalación, Betsabeé Romero fabricó un simplista miniambiente con un lenguaje ya caduco, Fernando García Correa mostró un geometrismo inocultablemente obsoleto. Yolanda Paulsen intervino con un trabajo elemental, mientras que con su lamentable participación, Roberto Turnbull refrendó su falta de expresividad, su vacuidad en cuanto a ideas, su pobreza de recursos artísticos y su falta de responsabilidad.
Es deseable que se reconsidere muy seriamente la integración de la participación mexicana para la siguiente fase de intercambio en Colombia. Por mi raza hablará el espíritu resultó ser una exposición enriquecedora para aquellos que en México supieron sopesar las graves limitaciones del actual arte mexicano. Sus efectos benéficos no tardarán en sentirse.
CARLOS BLAS GALINDO

