Gabriela Morawetz expuso recientemente en la Galería Diners de Bogotá. Nacida en Polonia, residente por muchos años en Caracas y actualmente en París, su obra pareciera testimoniar la consecuencia de estos traslados: la multinacionalidad conduce a la universalidad. Tal vez porque el cotejo de la diferencia permite descubrir la sustancia, que es decir, la humanidad de los diversos entornos.
Pero en su caso no se trata de lo humano-histórico, categoría donde devela la actual globalización su carácter circunstancial, sino lo arquetípico, lo ahistórico y original en la condición humana. De allí que con frecuencia se encasille su figuración en el rango de lo onírico, acaso porque ahí aprovecha para manifestarse lo que Jung llamó inconsciente colectivo. Desde la paleta hasta la iconografía, desde el símbolo hasta su tratamiento, todo apunta a esta sustancialidad: lo primigenio.

Imposible no sentir la atmósfera de cierto arcaísmo centroeuropeo. El mismo por el que Beuys, por ejemplo, fue tan criticado; el mismo que se le echa en cara a Kiefer. Y sin embargo, insisto, es una sensación sólo motivada por el sesgo cultural de quien relaciona la frecuencia y connotación de algunos símbolos (el árbol centro del mundo, el meandro, la espiral) con sus determinados momentos civilizadores. La silueta humana levitando (más bien sumergida) tiene una apariencia demasiado cercana al uso que le han dado varios artistas latinoamericanos especialmente interesados en la representación primitiva y la semiótica atemporal del cuerpo. Esto se enfatiza en sus hombres-animales.
Sí, echar mano de lo arquetípico. Pero debo agregar que el verdadero sentido de las pinturas sólo se revela al confrontarlo con las esculturas expuestas en Diners. Allí, con un carácter sacral no religioso, se denota un espacio, se distingue, aislando su interior para elevar el contenido al nivel de reliquia, de tesoro inaccesible. A esa categoría pertenecen entonces las fuentes naturales de energía cósmica que Morawetz ha seleccionado: el haz de ramas, el mineral, las tierras. Todo ha sido traspasado por su trascendentalidad, por virtud del color (ocres y grises, a veces traspasados por un cobalto repentino o un verde) y el escenario, de la textura y las temperaturas que reproduce o evoca, incluso la residua alquímica de la artista se troca en oro por el simple hecho de su apariencia orgánica. Lo ínfimo y cotidiano se levanta como lo fundamental, ante el juego inútil de lo superficial o lo excéntrico. Telúrico, como el punto donde se aterran cuerpo y ánima.
Otra característica que la escultura nos hace entender es la de la intimidad. Menos obvia en la pintura por la pura desvirtuación que impone el gran formato, las pequeñas vitrinas se vuelven una especie de Aleph a través del cual, como por un ombligo (omphalos), vemos en los detalles del mundo los secretos del universo.
KLAUS STEINMETZ
