La reciente inauguración del Museo del Oeste Jacobo Borges, además de representar un significativo acontecimiento para la cultura venezolana, nos ofreció la oportunidad de renovar contacto con la obra del artista y de ratificar la potencia vivificadora de su planteamiento.
En efecto, esta muestra antológica permite confirmar la secuencia de una consolidación así como la síntesis de una perseverancia. Borges es un hombre de una súperlativa intensidad y es un pintor de rebosante temperamento. Estos atributos se filtran en sus cuadros y por eso, cada uno de ellos presagia un origen íntimo que se hunde en una profunda vivencia autobiográfica. Cualquier detalle de sus realizaciones refleja la sensibilidad de una memoria y la fantasía de un recuerdo. Podríamos decir, con Reik, que "la función de la memoria consiste en proteger las impresiones. El recuerdo tiende a disolverlas. La memoria es esencialmente conservadora; el recuerdo es desintegrador". En medio de este espacio existencial brotan y se afirman las ejecuciones de nuestro artista. Su memoria le aporta referencias y su recuerdo las envuelve en una problematización psicológica y plástica. Pero lo genial en Borges es que esta confrontación con su testimonio autobiográfico no se reduce a un registro anecdótico ni se agota en un repertorio de testimonios. Su pintura, en lugar de quedarse en lo pintado, va más bien al fondo de lo pintado para trascender lo pintado. Así como Adorno proclamaba la posibilidad de ir más allá del concepto a través del concepto, de igual manera, nuestro artista va más allá de la pintura a través de la pintura. Él entiende que sus acepciones intelectuales, por encima de ser actos de convicción, así como sus energías emotivas, por encima de ser fuentes dramatizadoras, son siempre medios expansivos que contribuyen a engendrar las resonancias derivadas de cada imagen.

La visión de este conjunto también nos lleva a comprobar que sus obras mantienen un alto grado de fogacidad. Sin embargo, el peso de la objeción despiadada así como las versiones explosivas y desgarradoras de sus otras épocas han cedido espacio a una interrogación más sosegada pero no menos contundente ni potente. Ahora su capacidad discursiva asume una sensibilidad más metida en la profundidad de un espíritu que en la circunstancialidad de un arrebato. Él no ha dejado de ser un hombre comprometido, simplemente ocurre que ahora asume sus análisis con nuevas estrategias que no sacrifican su intrínseco temperamento ni el marco de sus convicciones. Su carga vivencial sigue intacta, el desenvolvimiento en Borges está lejos de cualquier agotamiento, por el contrario, conserva la potencialidad de un desafío.
Desde una perspectiva estética, podría afirmarse que Jacobo Borges fomenta la eficacia estructural de sus imágenes a través de fuertes contenidos autorreferenciales. Sus cuadros arrancan de un ayer autobiográfico,pero se contextualizan en un hoy vivencial y se proyectan hacia un mañana paradójico. Borges atrapa un espacio temporal en donde alternativamente se promueven nostalgia y ansiedades. Por esto, el resultado de sus realizaciones siempre se inscribe en aquello que Harold Rosemberg llamaba "un intento de profecía". Esto significa alzarse por encima de lo que fue y más allá de lo que no existe. En esta dimensión se localiza la energía que permite renovar la frescura del resurgir.
Montados todavía sobre la línea del anterior argumento, podemos afirmar que en Borges las dimensiones comunicativas y expresivas no son antiéticas. El comunica sin caer en descripciones anodinas y expresa sin la furia de lo indescifrable. Cada vez más estos dos ámbitos se complementan mejor en sus resoluciones, pero sin que lo comunicativo pierda en elocuencia y contundencia y sin que lo expresivo merme en su resonancia y repercusión. Borges logra que el espacio plástico, el espacio conceptual y el espacio estético se congujuen en la naturaleza singular de cada recuadro. Sus intenciones de siempre ahora se prolongan en un nuevo contexto, pero con un mismo eje de desenvolvimiento: el tiempo y el espacio. El tiempo que ahora es más disruptivo y turbulento que nunca. El espacio que ahora es más simultáneo y difuso que antes. Borges acepta el desafío y trata de capturar lo que Upovetsky llamaba "la seducción de lo efímero". Asimismo, admite el reto de procesar el espacio entreverado y global. La consecuencia es admirable: captar lo tangible para rescatar lo intangible o superar lo aparente para reivindicar lo sustantivo. También Borges percibe lo avasallante para envolverlo en instante y visualiza lo global para convertirlo en la unidad de una espacialidad múltiple. En este contexto, lo vertiginoso y precipitado del tiempo, así como lo mezclado y confuso del espacio se condensan en un plano plástico instintivo y, al mismo tiempo, se evaporan en una atmósfera espiritual. Tiempo y espacio quedan así armonizados y expandidos en todas sus posibilidades. El espacio pueder ser inmediato, proyectado, desahogado, suspendido, aclimatado, encerrado, contaminado o enrarecido. El tiempo puede ser yuxtapuesto, detenido, volátil, secuenciado, sublimado, trasmutado o nebuloso. En definitva, la ilusión, la alteridad y la identidad se asoman como núcleos organizadores de un amplio repertorio, en donde finalmente uno termina por aceptar la legitimidad del aforismo de Hermann Hesse: "el arte es la comunidad de lo instintivo y lo puramente espiritual".
VÍCTOR GUÉDEZ
