Exposición Individualene 1996 - mar 1996· Por Víctor Guédez

Ana María Mazzei

Museo de Bellas Artes de Caracas

En la obra In Memoriam de Ana María Mazzei concentra y repotencia sus empeños psicológicos, así como sus esfuerzos plásticos, estéticos y conceptuales. En efecto, desde el punto de vista psicológico, ratifica un afinamiento intuitivo y una sensible agudeza que le impiden debilitamientos y desviaciones. También, desde la perspectiva plástica, demuestra que no ha interrumpido la línea de experimentación que, desde la década de los setenta, la ha llevado a indagar distintas opciones técnicas y variadas alternativas de soportes. Asimismo, en el ámbito de lo estético, enfatiza las conjugaciones que han prevalecido durante todo su desenvolvimiento artístico, es decir, aquellas que se vinculan con los cruces entre lo simbólico y lo lúdico, lo virtual y lo real, lo evocativo y lo crítico, lo directo y lo metafórico, lo pasado y lo presente. Finalmente, su rigor conceptual igualmente se pone de relieve porque esta realización se convierte en suprema posibilidad para un ahondamiento reflexivo que apunta siempre hacia lo sustantivo y que se niega a cualquier superficialidad acomodática.

Las dimensiones descritas se concretan mediante noventa cilindros romboidales que cubren un espacio y que se afirman a partir de un precario, pero reiterado equilibrio vertical. Estos cuerpos pivotean y asumen una sensación blanda como consecuencia de sus componentes materiales. Son módulos inflados que se estabilizan en función de unas bases constituidas de arena y agua. Tal resolución se integra mediante las posibilidades aportadas por el hilapón, que es un resistente y rústico material plástico, con el que logra una desafiante y áspera tensión en la superficie. A partir de estos soportes, nuestra artista reitera las imágenes de los Yanomami de nuestros días, así como las de los Ewaipanomas, que son aquellos guerreros sin cabeza que fueron reportados por Walter Raleigh e ilustrados por Theodoro de Bry en el siglo XVI.

Exposición Individual: Ana María Mazzei — imagen 1
Ana María Mazzei. Ewaipanoma Yonomami. Instalación.

Ana María Mazzei convierte ese planteamiento en una excelente enigmática instalación. Esta apreciación se desprende directamente del contacto con unos espacios que convocan un tiempo tan ambiguo como provocador y que, al mismo tiempo, sirven para promover una temperatura psicológica envolvente. El espectador es atrapado en una vivencia colmada de evocaciones, asociaciones, vinculaciones y metáforas abiertas. Pero también el participante se introduce en unos ramificados recorridos que incentivan perplejidad y asombro. Estas sensaciones se acentúan por las permanentes actitudes de autorregulación que se desprenden del juego interactivo que se concreta entre los sujetos y los módulos. Aquí afloran los dos polos que, a nuestro juicio, proporcionan el contenido hegemónico de esta resolución: la metáfora y el juego. 

El espacio simbólico de la metáfora y la activación recurrente del juego permiten romper el aislamiento entre los espectadores y la obra. Los dos aspectos se conjugan en un mismo acontecimiento estético que termina por validar lo que D. Bell denominaba "un eclipse de la distancia". Ciertamente nuestra artista logra un eclipse entre el ayer de los Ewaipanomas y el hoy de los Yanomami, entre la cosidad de los módulos inflados y la otredad de sus significados, entre la verticalidad inicial de los personajes y el bamboleo reiterativo de las formas, entre el aquí del lugar y el allá del tiempo, entre el afuera del contexto y el adentro del espíritu, entre la simulación de una vocación ecológica primitiva y la expresividad de una visión psicológica contemporánea, entre la solemnidad estética de una ordenación y las alteraciones que proceden de las coincidencias y simultáneas participaciones de los sujetos. En fin, aquí lo que se conjuga es la problemática propia de una paradoja y la desinhibición inherente a un juego.

Ana María Mazzei logra que el espectador, en lugar de colocarse frente a una obra, se inscriba y se desplace dentro de ella para que asuma un protagonismo en el propio acontecimiento plástico. La inmediatez de las sensaciones, la curiosidad del contacto, la ansiedad del recorrido, la reiteración de las imágenes, en definitiva, el espacio invadido y activado se convierte en territorio vivenciado a través de múltiples prolongaciones que arrancan con un dato discursivo y referencial y se extienden hacia un sentimiento asociativo e introspectivo. Aquí se palpa la sensación de un lugar sin límite ni centro, así como el recorrido de un laberinto que siempre ofrece un intersticio para la liberación. Al hilo de esta interpretación aparece la reflexión de Octavio Paz: "El espacio ha perdido, por decirlo así, su pasividad: no es aquellos que contiene las cosas sino que, en perpetuo movimiento altera su transcurrir e interviene activamente en sus transformaciones. Es el agente de las mutaciones, es energía".

Las líneas que preceden replantean la presencia de los dos ejes que pautan el ámbito estético de la obra en cuestión: la metáfora y el juego. En Ana María Mazzei la metáfora se asume como un sistema de asociaciones que vuela hacia lo abstracto, pero que nunca se refugia en lo incomprensible ni se encierra en un significado hermético. Es simultáneamente, un sentimiento, una intuición, una vocación, una apreciación, una posición. Más específicamente, podríamos afirmar que la metáfora es un recurso comparativo que se apoya sobre el espectro y la ilusión y —al decir de S. Schiller— "lo que embelesa la fantasía es un espectro y lo que conmueve el corazón es una ilusión". Quizá, en el caso de Ana María Mazzei el espectro asuma la condición del aborigen, mientras que la ilusión se refleja como el anhelo por alcanzar una condición humana.

Ese enfoque metafórico se combina con una intención lúdica que, en este caso, adopta la pose del "porfiado". En efecto, Ana María Mazzei fomenta un espacio flotante a partir de una vibrante y recurrente relación de módulos que se estabilizan y alteran sucesivamente. Cada elemento es un "porfiado" que retorna a su posición original para volver a ser vulnerable. Pero el sentido del juego, en nuestra artista, no se agota en una superficial potencialidad hilarante. Más bien, se inscribe en un cierto espíritu satírico que se levanta sobre los pilares de la crítica y la exhortación. No es un juego para la diversión y la risa, es un juego para la repotenciación de una visión abierta que no esconde nada acerca de su condición. En este marco amplio, la artista juega con el movimiento real y con los tiempos virtuales para que la historia pasada y el orden presente digan lo que todavía no han dicho. En su sentido más escueto, Ana María Mazzei quiere tocar las consecuencias mediante un juego que recuerda que el retorno al origen siempre está acompañado por una vocación de dignidad. En definitiva, aquí se nos ofrece un juego de tiempos: el pasado, el presente y el futuro. Todos son imágenes móviles de una misma realidad que sólo existe en el aquí y en el ahora. No existe otro tiempo. Sólo hay un tiempo que se promueve ahora y que se expresa adentro, porque —en última instancia— el tiempo no pasa, sólo pasamos nosotros y sólo dejamos de pasar nosotros.

VÍCTOR GUÉDEZ

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