Teresita Fernández y Quisqueya Henríquez han creado dos atractivas instalaciones en el Centro de Arte Contemporáneo de Miami: intrigantes espacios, con lo que parecía ser una disposición simple de objetos y fotografías.
Mediante su división del espacio, las artistas invitan al espectador a experimentar una variedad de dimensiones de interjuego conceptual: tiempo y espacio, objetividad y subjetividad, lo real y lo efímero.
Aunque las instalaciones constituyen proyectos separados, ambas desafían al visitante a participar en algo que para muchos puede ser ocasión de nuevas sensaciones y aproximaciones al trabajo artístico desarrollado con construcciones visuales y el espacio que las circunda. Al preguntar "qué es real", las artistas llevan el concepto de objeto relevante para la creación artística a alturas interpretativas sin precedente, logrando al mismo tiempo que el propósito estructural de los objetos —incluyendo detalles arquitectónicos, espaciales y ambientales de la galería—pase a segundo plano. Los espacios llegan a ser tan ambiguos como los objetos e imágenes dispuestos en su interior y sobre las paredes.

Teresita Fernández transforma su espacio, pintándolo con sutiles tonalidades de cremosos tintes y poniendo en él dos mesas con marco de madera y superficie de malla, para lograr un conjunto simple que confunde los sentidos. Complicando aún más la ilusión creada por las mesas, su relación de tamaño y ubicación, la artista añade un cubo de hielo, recurso teatral que compromete al espectador en un juego decodificador de elementos, semejantes a piezas de un rompecabezas óptico, que sólo la imaginación puede solucionar.
Quisqueya Henríquez elabora su Proyecto con los montajes interrelacionados que ha instalado en su estudio y en la Galería Fred Snitzer de Coral Gables. Utilizando fotografías para documentar los tres contextos de exhibición de su arte, la artista captura los detalles arquitectónicos. Y, jugando con la textura, la superficie y la yuxtaposición de pisos y paredes, plantea una travesía que se introduce en la memoria espacial del espectador y, sin embargo, parece cambiar con cada nueva visita.
La disposición de las fotografías reitera una malla de ritmos, con una cadencia de negros, blancos y matices de gris ocasionalmente interrumpidos con toques de color. Ya sea por la fascinación de la belleza elegante relevada por la imagen única de un detalle corriente, o por una colección de imágenes cuya apariencia de naturaleza muerta suscita una experiencia visual diferente, el espectador es seducido por el espacio y expuesto a una compleja gama de sensaciones.
Con sus montajes, Teresita Fernández y Quisqueya Henríquez complejizan las nociones de pasado y presente, memoria y vigencia, existencia más real que la realidad misma, confrontando al espectador con la mecánica de la ilusión y cuestionando tanto al arte como al artista en términos de tiempo y lugar.
CAROL DAMIAN
