Un gran óleo sobre tela, Sueños de un pueblo le da su título a la exposición del artista mexicano Rodolfo Morales en Riva Yares Gallery de Santa Fe, Nuevo México; otro capítulo del mismo tenor se prepara para enero-febrero de 1996, en la sede de Scottsdale, Arizona, de la misma galería norteamericana. La composición en registros superpuestos en los que se unen la tierra y la teatralización, la vida y la muerte, la realidad y los sueños, es característica de la obra de Morales, quien de esta manera demuestra su auténtica vena mágico-realista que nunca alcanzó a ser doblegada en su paso por la Escuela de Bellas Artes, ni en su contacto con todas las grandes figuras del arte en la Ciudad de México donde vivió un amplio período sandwich de su vida. El "dar" y el "ofrendar" están en todas y cada una de las treinta pinturas del artista, como lo han estado siempre, con una discreción celebratoria, con un estado "en suspensión" de figuras y cosas, que reiteran su mexicanidad. Esa maravillosa capacidad mestiza de estar presente y a la vez no "hacerse presente" (hacer todo con levedad y sin ponerse en evidencia) parece girar en sus obras como el motor de su estética. Morales es un autor de merecido prestigio, reservado, sereno, feliz, apasionado por el teatro, las artes populares, la arquitectura y por todo aquello que pudiera disfrutar compartido con su pueblo natal, Ocotlán, y con su estado, Oaxaca. El artista, en esta exposición en USA, manifiesta su decálogo temático a la par que nos descubre algunos acentos de etapas anteriores y de técnica extra pictóricas, que crean ciertas tensiones vitalistas en estas escenas plásticas.
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¡Primera llamada! ¡Primera! En México, estas palabras indican al público que se levantará el telón y comenzará la función teatral. Si en esta exposición no priman los telones que sí han aparecido en muchas de sus obras, aquí hay velos, sarapes, arquitectura de bambalina, escenas simultáneas, superpuestas y en la planimetría de sus telas —medianas o grandes—, la operística también se hace presente. ¿Por qué me refiero al teatro, a la perspectiva pictórica, a la arquitectura y también a la ópera? Porque la ópera y la música también gozan de su apoyo. Porque su memoria está poblada de recuerdos campiranos, de las casas, la iglesia, el pueblo y los campos verdes y sombríos. Estas escenas y conductas que me relatara en su casa de Ocotlán, en mi estudio de la colonia Cuauhtémoc y en las sucesivas casas a las que me fui mudando en la Ciudad de México, en Oaxaca, en casas de amigos, o en los consabidos encuentros en las galerías. "De niño, mientras mi madre trabajaba de maestra, mis tías nos llevaban a los velorios... no faltaban velorios. Casi a diario la gente se mataba, ¡así, como si nada! Mataban por celos o qué sé yo por qué. Sucede que seguido nos llevaban a los niños, imagínate, entonces todo era diferente, no había con quien dejarnos. El llanto de las mujeres, el sonido de las llamas de las veladoras, los murmullos de los adultos y nuestros juegos en tono semi-bajo, se apiñan en mi memoria de manera inseparable". Así relata el artista sus recuerdos, por ejemplo, con el tema de la muerte, en circunstancias más personales que los de la tradicional festividad mexicana de Día de Muertos.
En la estructura de sus obras jamás falta la arquitectura. Una arquitectura colmada de personajes de tamaños diferenciados, la gran mayoría de ellos, femeninos, acompañados de perros, ángeles y flores. Una arquitectura que aunque parece casi siempre deshabitada, ni es tan trágica como las de Giorgio De Chirico, ni manifiesta vidas activas sino personajes evocados, todo como visto a través de un velo nostálgico (léase los recuerdos, las evocaciones, lo inalcanzable, espiritual y, en cierta medida, lo feliz, tierno y metafísico). Una arquitectura que habla de puertas y ventanas de casas sencillas, de plaza, de campo y de portales. El propio Morales tiene así contorneado el patio interior de su casa, con una serie de arcos y columnas, con lo que establece una zona de penumbra y de protección en las casas y ciudades, y un espacio para la meditación y la discreción, cual modelo tomado de las naves laterales de las iglesias. Esta conjunción entre lo popular y lo religioso es de pura filiación mexicana y se manifiesta como una constante fundamental en la obra de este mexicano que en 1995 está estrenando sus setenta años de vida.
Se editó un buen catálogo (32 páginas, en blanco y negro y en color), útil herramienta de estudio. Los acentos de esta exposición combinan el colorido y el barroquismo mexicano con texturas matéricas y con texturas visuales. Las diferentes proporciones de los personajes no tienen coherencia con los demás elementos de cada pintura, se suele ratificar la jerarquización por tamaño. En esta ocasión, el dibujo, al que Rodolfo Morales se dedicara sólo en determinadas etapas y circunstancias, se deja entrever en algunas de estas obras. Dos de sus habituales mujeres tipo cariátide aparecen levemente en grisalla, sosteniendo un listón. Varias metáforas se ponen en acción: la unidad, la patria, la iglesia y el dar u ofrendar, se estratifican en Tejiendo un listón, mismo que confirma la importancia que tienen las tradiciones y el arte popular en la producción plástica de Rodolfo Morales. Pureza, en los ropajes, está también ligada al dibujo; en ellos observamos cierto uso de los grises que conllevan a la grisalla dibujística y el uso del óleo blanco trazando líneas. El Morales de El descanso final también remonta pictóricamente el concepto de grisalla. La magistral zona inferior izquierda del cuadro y algunos de los angelitos en las tumbas aluden al conocimiento del manierismo postclásico en las figuras religiosas y del arte popular. En Velo de flores, una espectacular alegoría del teatro, de los aplausos, del escenario, de los velos y de la mortaja, acompañados de manos de titiriteros que manifiestan que el teatro verdadero —el de la vida—, ése, se mueve sin hilos. Es frecuente que Morales pinte la bandera mexicana, salvando todas las distancias con las banderas norteamericanas de Jasper Jones. En Lienzo para él, la metáfora y la realidad se mezclan perturbadoramente rojo-blanco-verde; blanco-verde-rojo; verde-blanco-rojo, en registros horizontales y verticales, como estratos, reforzando la unidad entre los que habitan sobre la tierra, los que yacen bajo ella y los que ascenderían al cielo.
El vigor de las obras, la contraparte de algunas piezas muy barrocas y otras como Para ver a la novia, incendiariamente parca, despojada, fuerte, pone de relieve la riqueza del artista. Cada pueblo convoca en su zócalo (plaza principal) y en su iglesia, o sea, en sus propios espacios arquitectónicos y en sus propias escenografías. Morales ha bebido de ambas desde muy pequeño y se ubica casi siempre en ellas para evocar las experiencias de su vida en Ocotlán.
GRACIELA KARTOFEL
