A fines del mes de mayo, en la Galería Valenzuela y Klenner se inauguró la muestra de Pablo Van Wong Valor e identidad, en la que este artista vallecaucano alude al problema de la violencia que se vive en Colombia, que ha arrasado con los valores éticos y que de hecho, es una afrenta contra la identidad del individuo. Esta exposición estaba conformada por un conjunto de obras elaboradas con una delicada factura, característica esencial que ha distinguido el trabajo de Van Wong desde sus inicios.
La simbología que ha venido manejando Van Wong a lo largo de su proceso creativo tiene raíces en su origen oriental, chino, para ser más precisos, en los principios del I ching, del yin y el yang. La dualidad tensa de dos principios contrarios se ha manifestado a través de una belleza refinadísima, que se sustenta en el uso de materiales sumamente frágiles, delgados, plásticamente asimilables a lo lineal y a la transparencia. Pero por otra parte, las delicadas estructuras de sus objetos, que se enriquecen y transforman con la presencia de la luz y con el paso del tiempo, aluden a lo filoso, a lo punzante, a la herida, al dolor. El uso reiterado del metal oxidado ha reforzado la belleza de sus objetos, ha acentuado la alusión a la herida, al peligro eminente de la misma , al abandono y al olvido.

En Valor e identidad, se mantiene y se enfatiza esta dualidad. Van Wong enriquece el lenguaje del metal oxidado al recurrir a nuevos procedimientos y al juntarlo con otros materiales como vidrio, pólvora, terciopelo, juguetes y material fotográfico, con los que procede a crear nuevos objetos cargados de un simbolismo en el que conviven la vida y la muerte.
Esta alusión directa a la violencia que se vive en el país, se hizo explícita en la pieza presentada en el anterior Salón Nacional; en esa ocasión, como ocurre con su pieza titulada Llegará la noche y en caballos blancos alados, arremeterán Dioses luminosos galardonados, Van Wong recurre al uso de la luz como un elemento plástico que, junto con los otros materiales, acrecienta el simbolismo de sus objetos.
Esta pieza es interesante porque permite evidenciar rasgos de una nueva etapa en el trabajo de Van Wong. En primera instancia, en esta obra se recurre al uso de la imagen fotográfica, en la que se recogen los rostros de algunas, de las tantas víctimas anónimas que diariamente mueren en condiciones violentas provocadas por diversas y oscuras fuerzas. Si bien los personajes son anónimos, la imagen sitúa el dolor y la afección en una esfera determinada de nuestra realidad inmediata. En sus obras anteriores, estas alusiones, con igual eficacia, se situaban en una zona más indeterminada, lo que propiciaba una lectura mucho más abierta. Sin que este hecho implique una virtud o un defecto, sus nuevas obras evidencian la intención de Van Wong, que también es la de muchos otros artistas contemporáneos, de aludir directamente al horror que nos involucra sin caer en ningún momento en posturas obvias y en trabajos panfletarios.
La imagen fotográfica se maneja mediante un recurso muy interesante que involucra el azar en la medida en que estas fotografías se dibujan en cajas de sardinas mediante el uso de pólvora en combustión. Este procedimiento hace que en ocasiones la imagen sea más o menos nítida, pero siempre dejando la huella de un rostro, la huella de una identidad particular. Estas fotografías delicadamente enmarcadas en las cajas metálicas se colocan en una urna de metal oxidado, con tapa de vidrio, sobre terciopelo. Sobre la urna, penden como medallas, como condecoraciones, las tapas de las cajas de sardinas, cuidadosamente recubiertas en laminilla de oro. En segunda instancia, a lo largo de la muestra se evidencia una intención de contener. Lo que por una parte nos puede conducir a la noción de arte con contenido, que refuerza lo dicho anteriormente, y, por otra parte, el contener, alude también al objeto, al recipiente, al contenedor, que aparece con fuerza en la obra que mencionábamos anteriormente, en la que es evidente la alusión a la caja cuyas implicaciones son tanto museísticas como funerarias. Lo primero, porque esta caja actúa como un mueble, como una vitrina en la que es posible mostrar objetos de valor, reliquias, fotografías o libros. Pero también en ella hay algo fúnebre, algo de féretro, algo de memoria póstuma; en los dos casos se trata de contener, de guardar, de preservar. En otra obra, los contenedores son pequeños tambores transparentes, hechos con cajas de atún, que albergan diminutos juguetes infantiles, esferas de cristal, muñequitos de plástico... Recipientes de metal filoso, herrumbroso, en los que resuena la imagen de la Infancia y el sonido de la guerra.
La delicadeza con la que se ha construido cada objeto exhibido, la forma como son tratados y ubicados en el espacio, amplían las implicaciones de cada uno de los componentes, ya se trate de los objetos escogidos, cargados intrínsecamente de significación o de los materiales empleados a los que Van Wong con gran refinamiento, con exquisita sensibilidad y con una gran dosis de espiritualidad, ha logrado transmutar en lenguaje plástico puro, concepto que no implica una carencia de contenido o de significado, por el contrario, su trabajo es un ejemplo de aquella frase tantas veces repetida: "la forma es el contenido".
MARTA RODRÍGUEZ
