Intimidad, placer, fantasía, atrevimiento, libertad, respeto profesional, amora sus semejantes, a los animales y a la naturaleza en general, son sólo algunas de las palabras que describen lo que potencia la exposición de Francisco Toledo, realizada en Nueva York en el primer semestre de 1995. La retrospectiva de obra gráfica de este artista universal, nacido en 1940 en Oaxaca, México, se llevó a cabo en una galería de reconocida seriedad, dedicada a obras de modernidad clásica. Associated American Artists viene planeando una exposición de Toledo desde tiempo atrás y haberse concentrado en la gráfica de este maestro excepcional es haber tomado en cuenta dos facetas: primero, la devoción que Toledo tiene por esta expresión artística en sus diversas técnicas; segundo, que dada la magnitud de su producción, es imposible para una galería abarcar más de un área, yaque el artista también produce pintura, escultura, objeto y dibujo en cantidad y vuelo estético similar a la gráfica.

Antes que hablar de creatividad, sería prudente encuadrarnos dentro de la fortaleza y diversidad de identidades que coexisten en el rico país mixteca, maya, zapoteca. A partir de estas fuentes, se debe reconocer que Toledo ha sido independiente de modas y tendencias estético-comerciales, y que no aspira a liberarse de sus ancestros ni de su constante capacidad de experimentar con materiales respetando las tradiciones. Aparte de maravillar con sus obras, este artista es un ser tan pensante como salvaje, tan vital como letárgico y, de muchas maneras tan barroco que casi linda con lo conceptual. Si bien respeto la privacidad de Toledo, es menester decir que está preocupado por educar y compartir, por tornar accesibles muchas opciones, entre ellas, las plásticas e históricas. Indudablemente, por ello valora tanto los alcances de la gráfica. Por ende, no está nada mal que en Nueva York se atienda a esta lección, en una galería que ha sabido respetar el medio citado, dentro de una ciudad y un circuito que ha conocido pero también olvidado parcialmente las responsabilidades aborígenes, más allá de las huecas declaraciones en blanco y negro —EOE1 y similares—, y más allá de los formatos burocráticos. La gráfica de Toledo no es sofisticada sino muy rica en sus creaciones y simbolismos, en sus recursos de valor histórico, indígena y metafórico.
Antes de analizar la exposición y algunas de las obras conviene puntualizar que la obra de Toledo no surge de la utilización de la fuentes ancestrales, sino que es un manatial y como tal debe interpretarse. "Tanto en arte como en ciencia encontramos el mismo deseo de avanzar en la verdad. Pero esta verdad en la experiencia artística no es la misma, claro está, que la que delimita la epistemología positivista. La referencia metafórica es una referencia desdoblada, capaz de dar cabida a un segundo significado, gracias a la torsión del significado literal"2. A dicha cita yo agrego: "El alcance de la metáfora es más que desdoblamiento, en el sentido de alcanzar a más de dos significados. El problema es precisamente saber si el lenguaje poético no abre un claro en un nivel preclentífico, antepredicativo, en que las nociones mismas de hecho, de objeto, de realidad, de verdad, tal como las delimita la epistemología positivista, son puestas en cuestión, gracias al vacilar de la referencia literal"3. En las obras de Toledo esto se ejercita con fluidez y sin afectación.
No hay artificio en el conjunto seleccionado para la exposición, porque no lo hay en ninguna de las piezas. En cada obra se dan unos amarres interiores, consaguíneos de tierra, de aire, de agua y de historia compartida. Respecto al conjunto de casi medio centenar de piezas, debo hacer referencia a aquellas obras de manifiesta religiosidad, que luego desaparecerá enfáticamente cediendo paso a los devaneos sensuales de muchas de las formas vivas de la naturaleza y sus exhalaciones o recursos plásticos del artista. Cristo y Tambor, ambas de 1981, son ejemplo de la realidad mexicana. La mitología indígena fusionada con los rituales católicos dio esta simbiosis, este testimonio de profunda fe religiosa cotidiana del pueblo mexicano. Y el arte actual se nutre con confirmaciones y negaciones de la severa educación religiosa que han recibido todos los niños, casi hasta el presente. El enfrentarse artísticamente a los postulados cristianos se ve poco en los artistas de la edad de Toledo, se advierte más cuestionamiento en las dos generaciones que le siguen. En las pequeñas y maravillosas obras (edición de 25 ejemplares) los pecados atentan, convocan y retumban con el tambor; los feligreses no santos se queman sin dolor y abren el paraguas para que la sangre del crucificado no apague el fuego de los pecados. Con esta descriptividad característica de un pueblo que crece en medio de fuertes creencias, hay etapas muy detalladamente descriptivas en la obra de Toledo, y hay otras mucho más despojadas. No se discute que en ambas sea barroco. Es un barroco por adición y un barroco por substracción pero en ambos casos la concepción barroca subsiste, en lo trágico, en lo activo y en lo concéntrico, en las diagonales, en lo dinámico y en los encuadres fraccionados, en las apariciones de la vida y de la muerte (simbolizadas por los sexos y las calacas, ambas en infinita reiteración).
Dentro de una imperiosa necesidad de acortar las relaciones expresivas, también ejerce la metáfora, economiza, no redunda, incitar a percibir en vez de decir de más con sus imágenes. Asimismo, no menosprecia material alguno, con una consigna que personalmente no me canso de señalar; lo que importa no es la técnica o el material con que se realice una obra, lo que produce es su autenticidad o intensidad creativa; lo que pueda decirnos hoy que no será lo mismo que mañana. En cuanto a la síntesis que Toledo ejerce de atrechos, es la misma síntesis, que anguiaran los antepasados. No hay mayor modernidad que la de los ancestros, quienes antaño, entonces, tenían la suya propia.
La cabra (The goat), de 1969 y Su carreta (His cart) de un año después permiten conocer etapas tempranas de la obra del artista. La primera con zonas saturadas donde las cuevas y los portales mezclan pasado y presente; la segunda, con una demostración de la capacidad dibujística indiscutible de Toledo. Se publicó un útil catálogo; el texto de la Dra. Baquedano y de Emilio Steinberger son dignos, aunque Toledo ameritaría unos textos más extensos acerca de su trabajo gráfico. Contando la galería con Liza Hagani, hubiera sido bienvenido un criterioso ensayo suyo, similar al que desarrolló acerca de Rufino Tamayo. Es importante que esta galería manejada por gente joven, alterne las generaciones, orígenes y técnicas de los expositores.
NOTAS
1. EOE: Equal Opportunity Employment.
2. Elena Oliveras, La metáfora en el arte. Editorial Almagesto, Buenos Aires, Diciembre, 1993. pp. 254- 255.
3. Paul Ricoeur, La metáfora viva. Megalópolis, Buenos Aires 1977, p. 376.
GRACIELA KARTOFEL
