En la Galería Forum de las Artes de San Juan Puerto Rico se presenta una exposición inquietante de Camilo Franqui. Este artista es conocedor de las corrientes de América que conmovieron el mundo a mediados del siglo XX. Franqui tuvo fuertes contactos con enérgicos exponentes que propulsaron giros definitivos en las artes. Desde muy tierna edad, nuestro artista se relacionó con pintores de talla internacional como Wifredo Lam y Alexander Calder. De igual manera tuvo acceso a Joan Miró y Antoni Tàpies, de quienes guarda recuerdos imborrables. Esas experiencias de su niñez y tierna juventud explican cómo un artista aún de corta edad, ha podido alcanzar gran madurez. Hay que reconocer que la diferencia entre un creador desarrollado y uno bisoño, no depende de la longevidad. Las experiencias vividas, cuando son intensas, suplen una especie de añejamiento que no depende de lo cronológico.
Los seres que se materializan en sus pinturas establecen un diálogo con su soledad. Por eso, lo caústico se toma recurrente. Coexisten en esos entes una mezcla de delicadeza y barbarie, que les otorga portes distinguidos. Origina en torno a ellos auras que se transforman en campos magnéticos que les separa de la realidad ordinaria. Les emplaza en una zona donde las leyes naturales vigentes no se encuentran activas. Sus fondos a veces sólidos actúan de manera análoga a los ambientes resplandecientes que sirven de nimbo a las efigies sagradas del arte bizantino, cuyos atributos de estabilidad, dan la impresión de que radican en predios sagrados. Sus condiciones de seres al margen de los denominadores comunes de la naturaleza, les hace lucir como sujetos dotados de poderes especiales. Dichos especímenes, por habitar en territorios susceptibles a las metamorfosis, ostentan facultades de aparecer y reaparecer bajo distintas apariencias. Son cualidades camaleónicas que les llevan a generar irradiaciones que atraen y repelen simultáneamente. Estos se parecen a ciertas representaciones de deidades de la antigüedad, que los talladores del pasado concibieron a la luz de un monismo teológico que era apuntalado por los mitos reveladores de sus jurisdicciones. La idea de divinidades facultadas para hacer el bien y el mal sin que ello mengüe el respeto de sus creyentes es propia de los pueblos primitivos. Las prerrogativas de estos dioses para premiar y castigar les hace autosuficientes. No necesitan de contrafiguras, con una existencia paralela, dedicados a infringir el orden, la crueldad y proporcionar todas las manifestaciones de la tentación. Por esta razón en sus estatuas se conjugan lo tierno y lo terrible.
En las pinturas de Camilo Franqui existe un latinoamericanismo que no asume notas nacionalistas, pues son situadas en los ámbitos legendarios cuya vigencia tiene alcances universales. Ha podido desarrollar especulaciones en que lo antropológico y lo imaginativo se asocian. Evidencia acumulaciones genéticas que se van sedimentando paulatinamente en el hemisferio. Registra en esos tipos humanos gestos imprecisos producto de la sucesión de choques que aún no han sido totalmente asimilados en nuestros continentes. Semejante inexpresividad crea una pared emocional protectora de la personalidad. No se permite así a los extraños inquirir en las interioridades culturales y emocionales aún no fundidas en la mente del pueblo.
El artista ha desarrollado un bestiario digno de mención con ejemplares de las procedencias más diversas. Notamos cómo integra imágenes quiméricas. Toma como punto de partida las referencias iconográficas de las sociedades antillanas precolombinas y las surgidas de las fantasías del mundo afro-caribeño. Cada integrante posee partes cuya elegancia recuerda las gráciles presencias de las fieras de la heráldica.
JOSÉ ANTONIO PÉREZ RUIZ
