Exposición Individualoct 1995 - dic 1995· Por Natalia Gutiérrez

Beatriz González

Galería Garcés Velásquez

Al recorrer las exposiciones de arte joven colombiano a veces cabe preguntarse qué piensan los artistas de nuestra terrible historia reciente, y finalmente a dónde van a parar las imágenes que vemos pasar todos los días en la televisión y en los periódicos. Precisamente la diferencia entre muchos artistas y Beatriz González, es que a ella no se le olvidan las imágenes: ni las actuales, como por ejemplo la del exalcalde de Bogotá Jaime Castro, que ya casi nadie recuerda, o la muerte de Luis Carlos Galán; ni las de nuestra historia, que ella se ha dedicado a escudriñar, y entonces, por asociación libre, es imposible no recordar los ríos de cruces, guadañas y "pelonas" constantes en la historia de la caricatura de nuestro país, o el grabado de Urdaneta en su ataúd publicado en el Papel Periódico Ilustrado, ni tantos obispos, caídos, dormidos o muertos que ha pintado Fernando Botero.

Exposición Individual: Beatriz González — imagen 1
Beatriz González. Contraflujo, 1994. Óleo. Foto: Natalia Gutiérrez. Cortesía: Galería Garcés Velásquez.

Pero a Beatriz González tampoco se le olvidan los acontecimientos de su propia vida y sobre están presentes también las fotografías del álbum familiar, como la de Don Valentín González, su abuelo; ella nos cuenta: "En el álbum fotográfico de mi familia se conservaba el retrato de mi abuelo Valentín González en su lecho de muerte. Si bien a mi papá no le parecía extraña la presencia de esa imagen e incluso nos contaba cómo mis bisabuelos construyeron un nicho sobre la cama donde colocaron sus ataúdes, para mi mamá semejante relación con la muerte resultaba incomprensible y de mal gusto".

Como todas estas historias inexplicablemente quedan grabadas en su memoria, Beatriz González tiene la posibilidad de desplazarlas a otro espacio y mezclarlas para que los hechos sucedan en un solo tiempo y su obra se convierte entonces en una doble reflexión: por un lado, sobre lo que nos ha pasado, sobre nuestra historia, pero también sobre la manera como trabajan los artistas. La exposición por ésta razón tiene dos títulos: uno, El color de la muerte, que en realidad es la reconstrucción, a través de ejemplos escogidos por ella misma, de la muerte, un tema que ha sido constante en su trabajo desde Los suicidas del Sisga, la serie de tres cuadros pintados en 1965 al inicio de su carrera, basados en una crónica del periódico sobre el suicidio de dos amantes que, antes de arrojarse a la laguna del Sisga, se fotografiaron abrazados con un ramo de flores en la mano. Desde esta época, el color de la muerte en su obra comenzó a ser el color que ilumina, trayendo la fotografía de esa inexplicable ausencia que es la impresión del periódico, al presente vivo. La exposición incluía ejemplos de los muebles, en este caso las camas en donde reposan La muerte del justo y La muerte del pecador de 1973, o Asesinada mujer en hospedaje de 1985, un ejemplo de las telas de flores, aparentemente tan agradables y divertidas, pero que son cubre-camas de cualquier lugar, último soporte de mujeres y hombres solitarios en acrílico, con ese dibujo que Beatriz González parece realizar, más que con el lápiz o el pincel, con un bisturí, porque escoge lo más sobrecogedor y significativo y el resto queda convertido en una silueta anónima.

Pero la reflexión sobre el color de la muerte en la exposición se encontraba representada con mayor conciencia en sus últimos trabajos, un retorno al óleo sobre lienzo, con los cuales nos ha venido sorprendiendo desde 1992. Cuadros en su mayoría divididos horizontalmente donde sus visiones se superponen, como un resumen de lo que pasa por su mente, comenzando por Contraflujo, óleo que presentó en el Salón Nacional de Artistas de 1994, con una cabeza de mujer que aparentemente sueña con una liebre muerta, como si el destino del artista fuera en realidad enterrarse en su propio pensamiento. En estos cuadros los personajes se acomodan en el formato como en una cama-río, donde navegan mezclados con sus propios sueños: el retrato de Galán se mira en el espejo como Narciso y otros personajes conocidos o anónimos flotan en una serie de historias paralelas o con todo tipo de ocurrencias, porque en realidad, aplicando el dicho popular, nunca se sabe "en donde salta la liebre", de donde surge una idea y a ese salto deben estar atentos los artistas. De aquí surge el segundo título de la exposición, Sueños como investigaciones, un homenaje al azar con sus reglas a las que Beatriz González se ha plegado por completo.

La obra de Beatriz González se ha basado siempre en fotografías, principalmente en las del periódico y tal vez ese substrato, relacionado explícitamente con la muerte, resulta sobrecogedor. Susan Sontag dice "que cada familia construye con las fotografías una crónica de sí misma, como si fuera un rito para conmemorar y restablecer simbólicamente la continuidad amenazada". Estos rostros escogidos de tantos otros, potencializados a través del trazo y el color, recordándonos el lugar que ocuparon, las heridas que sufrieron, su importancia o banalidad, constituyen la presencia de una familia en su sentido más amplio y en lo único que ha quedado de ella. Un álbum que definitivamente ayuda a consolidar una posición moral.

NATALIA GUTIÉRREZ

Beatriz González, por Natalia Gutiérrez | artnexus