Con la presentación de sus últimos trabajos en la Galería Rubbers, Víctor Quiroga (1955) regresa a Buenos Aires después de dos años. En los trabajos exhibidos se acentúa una tendencia que observáramos anteriormente, su paleta es más clara, con lo cual atempera la dramaticidad inherente a su obra. Es de recordar que este artista tucumano está radicado en París y si bien sus planteos visuales se inscriben dentro de la figuración tradicional, su tratamiento del color y del espacio lo alejan de la representación convencional europea.

Su temática parte de su paisaje natal y de los hombres de su tierra, con los que transmite sus mitos y costumbres. Todo ello desde un imaginario fantástico, en donde lo verosímil no siempre responde a la realidad objetiva. Un mundo de situaciones cotidianas, se suceden como alucinaciones. Desde ya su pintura tiene que ver con la tradición latinoamericana de la representación, como lo podemos ejemplificar con La papeada, un óleo de 1994. Se trata de un interior de un rancho en donde un grupo de personas se hallan en torno a una mesa; el juego de la luz y de cómo establece los puntos de fuga de los planos plantea una realidad que está más allá de la anécdota de los comedores de papa. Otro tanto ocurre con El Enriquito de un año antes de la ya mencionada. Un paisaje casi tenebroso con figuras volantes nos habla de conjuros y leyendas, la narración se ubica en un espacio tan objetivo como posible. Es quizá esta combinación entre lo real y lo hiperreal lo que hace que las obras de Quiroga no pasen desapercibidas.
ALBERTO COLLAZO
