Colectivajul 1995 - sept 1995· Por Carlos Blas Galindo

The New Romantics

Hacienda Cultural Center

Durante la primavera de este 1995, en el Centro Cultural de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, situado en el centro histórico de la Ciudad de México, se exhibió la colectiva Los nuevos románticos, la cual estuvo integrada con obras de autores contemporáneos mexicanos que fueron invitados por Ana Isabel Pérez-Gavilán, curadora de la exposición, para que realizaran obras exprofeso o para que facilitasen trabajos que fueran coincidentes con el propósito de esta colectiva. El romanticismo fue el tema general de la convocatoria para el Festival del Centro Histórico de este año, por lo que no solo sus exposiciones sino también sus demás actividades culturales tuvieron esa misma directriz.

 La conveniencia de haber elegido al romanticismo como asunto del festival es indudable. Aludir a la actitud artística que acompañó a la burguesía en su ascenso al poder y referirse al arte que fue practicado en los tiempos de la consolidación de la modernidad fue un claro acierto. Pero el haber escogido a un posible nuevo romanticismo como asunto central de esta colectiva resultó más oportuno aún. ¿Es posible pensar en que, haciendo uso de la licencia ecléctica todavía imperante, algunos autores quisieran incorporar a sus obras elementos de la fase romántica del arte? Es factible esperar la recuperación o reutilización de algunos de los preceptos románticos por parte de nuestros artistas actuales (al menos el de la reconciliación con la naturaleza). 

El proyecto de esta colectiva incluía inicialmente las obras de trece autores (quebequense uno de ellos y los demás mexicanos). Sin embargo, el día de la inauguración de Los nuevos románticos no se contaba con la instalación de Sobrevivir (sobrenombre de Pierre Allard), mientras que, a una semana de su apertura, por razones museográficas no se mostraba la participación de Abraham Cruzvillegas. De los cinco expositores que en esta colectiva mostraron pinturas, solo Ulises Licea comulgó con los afanes románticos de comunicar emociones desbordantes y de hacer alarde de la capacidad imaginativa; empero, este artista prefirió conmover mediante el empleo del recurso de lo grotesco (congruente con los tiempos que corren), antes que con el de lo sublime, que tan caro fuera para los románticos. 

Néstor Quiñones y Héctor Quiñones, en cambio, demostraron que permanecen fieles —aunque cada uno de ellos desde léxicos diferenciados— a la recuperación posmoderna de la pintura: Néstor desde la vía de la denominada pintura-pintura —rica en texturas y alusiva a una cierta calma contrastada con una nada velada angustia—, y Héctor desde la pintura no pictórica —iconográficamente cercana a la fotografía y a las imágenes de los medios de comunicación de masas—, subvertida mediante manchas con las que alude a la violencia. Boris Viskin nuevamente confirmó que le es fiel a la vacuidad, en tanto que Marco Vargas practica (sin ninguna destreza, además) un lenguaje que a todas luces resulta obsoleto. 

El resto de las obras que fueron mostradas son instalaciones. La de Talia Santuis se intitula Ruptura y está resuelta mediante piezas cerámicas de modelo griego clásico, con lo que la artista alude, en lo estilístico, al uso romántico de recursos del pasado grecolatino (si bien fue en el período neoclásico, previo al romántico, en el que existió un uso específico de elementos de la antigüedad clásica), mientras que con su resultado general establece un nexo con las soluciones poéticas que son propias del romanticismo. Con Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus, Betsabée Romero se refiere al gusto romántico por la literatura medievalista al abordar como tema la línea final de la novela Il nome della rosa de Umberto Eco. La participación de Adolfo Patiño difiere de la ficha que de su obra aparece consignada en el folleto alusivo; la suya es una instalación que está resuelta con un textil de pared cuyo motivo es un corazón al frente del cual se halla una urna que contiene flores secas. 

El eco del silencio, de César Martínez, es una instalación que está trabajada con velas antropomorfas de cera aromatizada (de unos 35 centímetros de altura cada una) que están colocadas sobre una plataforma baja en forma de cruz, figuras-velas que el autor enciende durante el transcurso de la exposición hasta que de estas solo quedan informes acumulaciones de cera. La videoinstalación Amor ligero con el peso de un suplicio, de Ximena Cuevas, incluye tres pantallas contiguas, de las que la central, que es la de mayor tamaño, muestra una imagen distinta respecto a las laterales; las escenas, procesadas mediante mezclas, generan procesos de asociación con el lirismo emocional y con el sentimiento que fueron explorados por algunos románticos. 

Maris Bustamante, con su espléndida instalación posconceptual a base de maniquíes con los rostros de la artista y de sus hijas, ataviadas a la manera de escoltas escolares, encuentra inaplicables los preceptos del romanticismo, aun si los honra. De modo familiar y por lo tanto colectivo —tal vez para vulnerar el individualismo de origen romántico—, despide los resabios de esta actitud artística con su obra Último acto postromántico de fines del siglo XX en México, D.F., en la que, sin embargo, hay un claro empleo del recurso de lo sublime. De una manera que resulta tan inexplicable como innecesaria, a Los nuevos románticos le fueron agregadas piezas pertenecientes al acervo de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, que van de lo tradicional a lo anacrónico (con la excepción de la de Carlos Aguirre), por completo ajenas al concepto de la exposición, conjunto del cual la obra de Alfredo Castañeda se destaca por ser atractiva. 

CARLOS BLAS GALINDO