Exposición Individualjul 1995 - sept 1995· Por José Antonio Pérez Ruiz

Rafael Rivera Rosa

Museo de Arte de Ponce

Semillas para una reconstrucción forestal es el título de la colección hoy presentada por Rafael Rivera Rosa. La misma ha sido suscitada por las urgencias ecológicas que se originan en las agresiones a la naturaleza que se denuncian en nuestros tiempos. La excesiva confianza que se ha tenido en los mitos de la ciencia nos ha llevado a cometer abusos contra el hábitat. Esa destrucción de la floresta es un hecho donde concurren varios factores que al actuar coordinadamente acoplan una fórmula efectiva para provocar el desastre. Muchas veces se sincronizan al azar actitudes irresponsables, ignorancias y equivocaciones. Las mismas pueden combinarse con atentados premeditados por mentalidades irresponsables de aquellos que han tomado la ya decadente idea del progreso como pasaporte justificador de la devastación de extensos territorios. Semejante actitud es ejecutada al margen de la dialéctica que anima el universo, colocando así a la humanidad al borde del colapso. Los antiguos griegos creían que quienes de una u otra forma alteraban el orden del cosmos debían atenerse a la respuesta aplastante de las fuerzas superiores.

Exposición Individual: Rafael Rivera Rosa — imagen 1
Rafael Rivera Rosa. Semillas para una reconstrucción forestal, 1995. Instalación. Técnica mixta.

El semillero que Rivero Rosa hace un llamado crucial para reclamar respeto por los circuitos naturales. El pintor instala las simientes en zonas de pureza. La regularidad de los colores de los fondos constituye atmósferas apropiadas para garantizar su germinación y supervivencia. De esa manera hace resaltar valores universales imprescindibles para la subsistencia. El enfrentamiento con el potencial latente en las sustancias que vienen de la protohistoria nos hace ver cómo éstas siguen constituyendo la promesa para un mejor futuro. Los trazos laberínticos de los granos a punto de gestación, que son los agentes protagónicos de esta serie, parecen responder a impulsos caligráficos de un idioma universal desconocido aún para muchos, se convierten así en amanuense dedicado simultáneamente a transcribir e interpretar mensajes de redención impresos en el discurso de los tiempos. Nos las presenta en cubículos donde el ambiente sin máculos de tipo alguno se consubstancia con ideales y posibles realidades. De cierto modo, es como si ratificara el antiguo concepto del eterno retorno. Esta obra ha sido concebida en una terminología criptográfica con alcances prospectivos y a la vez mantiene los enlaces con mensajes provenientes de las profundidades del espíritu. La labor mostrada está basada en un concepto verosímil derivado de razonamientos abstractos que poseen carácter premonitorio.

Un aspecto que debe abordarse es la coordinación de lenguajes pictóricos coexistentes en cada obra. Ese tipo de mestizaje estilístico se ha presentado en el devenir histórico de las artes puertorriqueñas. Hace algún tiempo señalé cómo en El velorio de Francisco Oller cohabitan tendencias impresionistas y naturalistas con ciertos toques academicistas. Cuando Oller desarrolló sus ideas, su finalidad era la de llevar al Salón de Otoño de París, que constituye un foro internacional, una denuncia de la situación de penuria existente en nuestro suelo bajo el imperio español. En su obra, Rafael recurre a un procedimiento parecido. Combina de manera efectiva abstracción orgánica y geométrica. Hace un llamado a los espectadores para crearles consciencia en torno a las urgencias que acosan al reino vegetal. Debemos destacar cuán sagazmente acude a la repetición que le sirve para dar al contemplador una leve sensación cinética. Así origina una circulación óptica que actúa como si fuera un campo energético. En sus piezas no hay cabida para influencias nefastas, pues en un mundo ciernes, estrictamente protegido, no es considerada la posibilidad de la muerte. Estamos, por tanto, ante un orbe, situado en un porvenir, no muy remoto, donde la vida se mantiene como propuesta y a la vez toma actualidad en las experiencias existenciales de una generación que cobra conciencia de sus deberes con el ambiente. Conseguir humanizar los agentes simétricos es un imperativo para afrontar las crecientes presencias cibernéticas. Como lo anímico en el ser humano responde a una química en cuya fórmula actúan entre otras cosas, recuerdos-olvidos-recuerdos, es necesario que recodifiquemos las ideas para sistematizar las realidades que puedan reciclarse. De ahí, que Rivera Rosa sugiera que el rigor matemático es una vía a través de la cual podemos reencontrar horizontes intelectuales que seguirán ostentando validez en las perspectivas vigentes, en la axiología de la era de los ordenadores. Subsistir en ese medio requiere distanciarse del servilismo impuesto por los mores ya desgastados que han dominado durante milenios. Para vencer la retórica formal de lo convencional es necesario articular el nuevo orden. Consciente de ello, el artista ha desarrollado una obra que ideológicamente responde a los parámetros del orbe deseado.

Un señalamiento derivado de los cuadros de Rivera Rosa es la alusión a que los grandes problemas contemporáneos son de carácter ético. De ahí que sugiera una solución ante la hecatombe causada por la devastación de la selva. Embarca en sus lienzos granos ubicados en cubículos individuales donde son preservados para su fecundación ulterior o inmediata. La idea es que las mismas sean utilizadas cuando las condiciones sean propicias. De cierto modo, es como si volviera a la solución planteada por el arca de Noé. Algo parecido sucedió en los monasterios medievales, donde los monjes guardaron el legado histórico que se pudo salvar al desaparecer el mundo antiguo tras la caída del imperio romano. El propósito era reutilizar esos conocimientos cuando se normalizara la situación. Es así, porque cuando la humanidad se encuentra en peligro, todo lo esencial para la vida se preserva en lugar seguro hasta que amaine la situación de emergencia.

Lo cierto es que al situarnos en medio de la exposición emerge la sensación de encontrarnos en un invernadero donde la semilla es convertida en símbolo de salvación. Rafael sabe que en las celdas deben estar representadas las distintas especies de gérmenes vegetales, de ahí que haya desarrollado un espécimen propio en el que se aúnan las costeras, las voladoras y las de monte adentro. A través de ese concepto el artista comunica la inminencia del asunto y, por tanto, ofrece una opción de supervivencia.

La serie hoy presentada consta de 11 pinturas. En ellas lo simétrico y lo tridimensional son ponderados de manera poco convencional. Como las piezas han sido concebidas en módulos, poseen la ductibilidad para que algunas sean ensambladas en formatos variados. De ese modo la obra permite intervenciones externas sin que se pierda la sustancia de lo representado. Reta, así, el estatismo tradicional de muchas obras de arte. Los componentes del vivero son vistos como madejas a punto de que sus filamentos se liberen de su envoltura original. Dicho fenómeno es aligerado por luces internas que emanan de un núcleo que parece estar listo para expandirse. Ese hecho constituye un aviso positivo pues es evocativo de la trascendencia de lo matérico. También es importante mencionar el énfasis que Rivera Rosa ha dado a los recursos plásticos. Ha sabido manejar los mismos de manera muy conmovedora para proyectar una visión que parece haberle venido por revelación del más allá.

Si algo podemos apreciar en la labor actual de Rafael Rivera Rosa, es el cuidado esmerado prestado al detalle y a la conservación del destello efímero, de sombras cuyos contrastes permiten a las manifestaciones cromáticas alcanzar expresiones inesperadas. Es necesario indicar que las pinturas anteriores a las hoy mostradas fueron acercamientos microscópicos al follaje. En ese instante se percató de que cada embrión ostenta un mundo de posibilidades. Debo señalar que he podido seguir paso a paso el desarrollo de esta etapa pictórica de Rafa. Cuanto ha realizado a nivel de taller explica la exposición actual. Es imprescindible señalar que estas imágenes que aparentan dar un giro marcado a su carrera son el resultado de un proceso de trabajo intenso y disciplinado. Realmente el trabajo arduo que se ha impuesto le ha facilitado un producto que, de otro modo, hubiera requerido más tiempo para poder llegar a madurar. Evidencia de ello se acumula en el estudio del artista, donde encontramos lienzos que explican los desarrollos hoy divulgados.

 JOSÉ ANTONIO PÉREZ RUIZ

Rafael Rivera Rosa, por José Antonio Pérez Ruiz | artnexus