Exposición Individualjul 1995 - sept 1995· Por Dermis Pérez León

Priscilla Monge

Jacob Karpio

Priscilla Monge se perfila como una de las figuras más prometedoras de la plástica costarricense en esta década. A pesar de su juventud (1968), ganó premio en la pasada edición de la Bienal de Pintura Lechner & Sáenz, el evento más importante que se realiza en Costa Rica y, más recientemente, su obra viajó para representarnos en ARCO’95 y en las Bienales de Valparaíso, Chile, y de Centroamérica y el Caribe, en Santo Domingo.

Su última exposición personal en la galería Jacob Karpio mostró a una artista de una sorprendente madurez con un discurso personal caracterizado por su claridad conceptual y elaborada factura. Este arte pertenece a los noventa y más exactamente a una estética posmodernista por la forma en que deconstruye y selecciona los signos visuales, que identificamos en una nueva relación contradictoria con su origen.

Exposición Individual: Priscilla Monge — imagen 1
Priscilla Monge. Ay me vieron chinga. 1993-94. Óleo y plástico. 200 x 130 cm. Colección Museo Iberoamericano de Badajoz.

El juego de trasladar objetos y formas de un contexto o función a otra, subvertir los significados en el espació de la obra de arte y a la vez sacar a ésta de su referente artístico para llevarla a la vida real, le permite establecer nuevos códigos comunicativos y conformar un sistema cuyos temas referidos a la cotidianidad se descubren bajo la apariencia un tanto irónica de sus telas de forrar muebles, que sirven de soporte a la obra y tienen ese nombre tan evocador: damasco.

El uso de este material tiene una relación directa con la mujer, pues ella es quien tradicionalmente lo ha usado para decorar las habitaciones más visibles de la casa. Utilizarlo es como "invadir algo que ya tiene un sentido", un color, una sugerencia, no el espacio blanco que espera ser significado. Así despliega sobre las paredes de la galería el damasco cortado y unido en franjas, como banderas, luciendo figuras reconocibles que se reiteran y banalizan.

El bordado y todas las artes manuales a las que recurren igual nos remiten a lo femenino, a esas labores tan cotidianas para algunas y a las que han estado asociadas las mujeres durante siglos. No se trata de un feminismo a ultranza, sino de una percepción de las cosas a través de materiales y labores artesanales sin contenido artístico, un tanto kitsch que Monge eleva a valor de obra de arte y que es una referencia a su sexo, de la que "se aprovecha" para contar su propia historia. Soñé que era una pintora que bordaba. Es la obra que sintetiza esta idea. Una silueta de mujer se recorta sobre el fondo profusamente decorado con motivos florales pintados en tela en una sobreposición que no termina de integrarse. Así manifiesta su deseo de ser como las otras mujeres y la imposibilidad de esto por su visión crítica.

La artista simula un gusto refinado, cuando en realidad su "traje de presentación" no es más que un trabajo realizado a máquina, en el que solo ha mediado, de su parte, la selección de diseño o patrón reiterativo, la tela y los motivos en una de esas tiendas anónimas donde graban paños y preparan ajuares.

Esta actitud desestabiliza, nos deja sin el "aura" de lo artesanal y "original", y aunque no resulte difícil clasificarla dentro del panorama de la plástica internacional, sí lo es dentro de la costarricense, donde tradicionalmente "el sello personal" permanece como algo importante.

Monge banaliza los símbolos y signos de la sociedad y la cultura a través de esa tensión irónica en el aparente refinamiento y la mecanización de los medios en la repetición y el simulacro, la tensión entre las formas y el material. En ello hay, sin duda, una violencia. Pero la violencia no solo está referida a lo formal, es una presencia continua en su obra. Las pistolas de juguete que inicialmente estaban cubiertas de florecitas con la intención de ocultar su verdadero significado de objeto de muerte, aparecen ahora en sus telas de forma evidente pero falsa en la presentación, como algo impostado del cual no puede decirse "esto es una pistola".

De manera similar trabaja, en sus textos bordados primorosamente sobre lino, fragmentos extraídos sobre las diferentes condenas a muerte a que estaban sujetos los criminales en el siglo pasado, donde se advierte una crueldad casi ingenua, por las creencias y supersticiones implícitas en ellas.

Monge trastoca así los significados y los deja vacíos de contenido al tomarlos de un contexto en el que tenían un sentido para trasladarlos a otro distinto —el de sus obras— donde estos se pierden y forman otros. En esa actitud fría e intelectual trata de ocultar o más bien "camuflar" aquello que sucede o está ante nosotros y no percibimos a través de metáforas como las referidas a la pena de muerte en el pasado.

Nos pasa con su obra lo que a la artista le sucede con su entorno: se siente soledad, el peligro de morir en la calle, en la historia, incomunicación, violencia en los actos cotidianos, en las relaciones humanas y sociales... pero solapadas.

Tal vez la artista quiera ocultar la fragilidad que no se percibe en su obra al verla por primera vez, pero existe, está oculta, como el miedo o el desamparo que muchas veces sentimos frente a algo que ni siquiera nos atrevemos a confesar a nosotros mismos. Quedará camuflada al espectador, aunque esté allí para que estemos alertas y la descubramos.

DERMIS PÉREZ LEÓN

Priscilla Monge, por Dermis Pérez León | artnexus