En febrero del presente año, Ofelia Rodríguez mostró pinturas recientes al público bogotano. Una serie de grandes lienzos trabajados con un marcado énfasis en el color. La artista, en el período maduro de su quehacer, ha manejado este elemento como uno de sus principales vehículos de expresión: un color vibrante, festivo, reflejo —para muchos— de su origen caribeño. En las obras recientes, la paleta no despliega gran variedad en una misma obra, pero, en cambio, se afina al punto de conseguir, mediante sutiles recursos de contraste, efectos ópticos de vibración. Las grandes superficies, fondos pintados en forma monocorde se animan como campos cromáticos en los que destacan los elementos figurativos pintados o añadidos por collage.La intención de deslindar unos y otros es clara. El color cerrado es el campo sobre el cual actúan los signos figurativos. En casi todas las obras, este campo se delimita mediante un "marco": una línea que lo encierra total o parcialmente (Misión imposible), un denticulado que establece límites laterales (Midiendo el daño), una fila de alfileres que actúa como un cercado (Sueño azul). Este recurso refuerza aún más el campo cromático.

Hay un cambio compositivo evidente en el trabajo de la pintora. Los objetos se han hecho mucho más pequeños en relación con el gran fondo-color y se presentan aislados unos de otros. Se genera así una manifiesta tensión entre estos y el color del soporte, entre la imagen de la oreja guardada en un armarito, el cocodrilo plástico, la diminuta silla de baqueta con palmera que parecen flotar en enormes campos monocromos verdes, amarillos, azules o rosas. El color envuelve a los objetos totalmente haciéndolos más intrigantes. Debemos ver de cerca y de lejos. Las obras exigen una dinámica perceptiva que parece contradictoria: el color deslumbrante nos aleja; es un campo referencial abstracto. Sus pobladores, como signos de un trincado alfabeto, invitan a la aproximación, al "mirar con lupa". La tensión se lleva al límite mismo de la descomposición.
Los trabajos de la etapa precedente tenían evidentes connotaciones paisajísticas. En las obras recientes esta lectura ya no es posible. En cierto modo, el trabajo de Ofelia Rodríguez se apoya ahora en una definición más conceptual que descriptiva. La narrativa, como tal, ha desaparecido y los objetos figurativos proponen una lectura descontextualizada, tienen valor de signos, de señales referentes a significados no explícitos. Los títulos se han hecho también menos inductivos, permitiendo al espectador un margen de especulación interpretativa mayor. De resto, reconocemos la ironía cáustica en las composiciones de esta artista que mantiene el hilo de su discurso sin repetirse, "la ironía de dardos dulcemente envenenados" como dice Alberto Ruy Sánchez en el catálogo que acompañó la muestra.
MARÍA ELVIRA IRIARTE
