El imaginario del sincretismo religioso afrocaribeño es uno de los temas fundamentales de la plástica cubana de hoy. Si bien sus múltiples vertientes y manifestaciones se encuentran en docenas de islas y en las costas continentales del Caribe en las que la inmigración africana, directa o indirecta, ha sido significativa, es en Cuba donde se hallan sus facetas más variadas y su exploración más exhaustiva.
Habría que establecer dos polos que enmarcan la expresión plástica de lo religioso en este contexto, y que se mueven en los diferentes grados de complejidad de lo simbólico. Por una parte topamos con el énfasis en los signos que anuncian el poder o las propiedades místicas de la deidad, sus representantes o sus adeptos, que impone un conocimiento previo de los códigos rectores de la jerarquía del panteón o de los miembros de la regla. La restricción en el acceso a referentes o significados establecidos en círculos místicos reafirma la supremacía del iniciado, pero trasplantado del plano ritual al de la obra en venta, es decir, su extrañamiento, su transformación de elemento vital, trascendente, a comentario folclórico-comercial implica ingenuidad o exceso de cálculo.

Manuel Mendive no comete este error, ni busca sorprender con misterios no revelados. Su obra se desarrolla en el polo opuesto a la monosemia sígnica, al cripticismo descontextualizado. Así, su supuesta ingenuidad es en verdad lo contrario, la manera adecuada de explicar la cosmogonía que rige su vida y su actitud, hecho que ya de por sí lo distingue de los que explotan indiscriminadamente su religión. Sí, su obra es narrativa, los signos ceden el espacio a la representación de las deidades como mutaciones, protohombres o animales. Sus rasgos denotan sus cualidades, sus actividades denuncian sus desviaciones y su forma toda, la más característica de las propiedades del culto: su profunda vinculación con la naturaleza. Si esto resulta obvio, habría que adoptar la posición de los desarrollos religioso-filosóficos más viciados por el racionalismo y que han perdido la perspectiva de esas mismas raíces originarias, y se entenderá lo que digo. De allí se desprende la consecuencia en la obra de Mendive, una obra en la que la tradición se transmite a través de la anécdota. Quiero decir que si se le achacara ingenuidad, sería la ingenuidad propia de la misma religión, es decir, una de sus virtudes. Que si se supone surrealista es más bien el surrealismo inmanente en el relato y no una postura estética. Que si se le reclama la caricaturización de lo sagrado deberá recordarse que la suya es una creencia en la que los dioses ríen y hacen el amor, en la que se rinde culto cantando y bailando, en la que el éxtasis es la máxima expresión de la unión mística, en la que el cuerpo desnudo no ofende sino que exalta. Esto no es del todo comprensible para los que rezan a un hombre torturado, asesinado y vilipendiado con una corona de espinas. Porque en la pintura, los performance y las esculturas de Mendive, las correspondencias sincréticas con el panteón católico son menos obvias que en otros de sus colegas. Acaso por la acentuación de la parte lúdica o de la pureza inocente propia del culto a Obbatalá, de quien es hijo por asociación y empatía el artista cubano. Será en la vivencia, en los paralelismos y consecuencias entre creador y creación que la obra se torna verdaderamente comprensible. Es un asunto de actitud, que provee el karma a lo que una percepción viciada por la mediatización utilitarista describiría como figuras casuales y composición, cromatismo, etc. En este sentido, el arte de la década del 70 volvió a recibir una lección del arte de vena religiosa, de donde se entienden los paralelismos de Mendive con aquellos que buscaban la recuperación de lo humano para la estética. Cualquiera puede ser un artista o el arte de la plástica social no era más que variaciones del relajare que anima un arte de la entraña, ajeno a las modas, como el que comentó. Arte sin tiempo y, por tanto, ajeno al mito de que el tiempo es juez.
Es así que uno debe desnudarse para ingresar al universo Mendive. Esto es mucho más difícil de lo que cabe suponer. Muchos han perdido, para siempre, la capacidad de volver al estado previo, donde todo es transparente, nuevo, sorpresivo. Han perdido la capacidad de asombro, básica para participar en el mundo de Olofi, Elegguá, Ochún... Son los que temen a la caída, porque caer es un invento del raciocinio. La invitación de Mendive es, por tanto, la más sencilla y amable, pero la que inquieta hasta el rechazo. Acaso porque invita a la libido y pide que los otros esperen afuera. No se debe ceder a la tentación de diseccionar el lienzo, separar en grupos los personajes, etiquetarlos, presumir lo que implican las sorpresivas tonalidades de su piel, mitad ángel, mitad animal desconocido. Aplicar a Mendive las leyes del arrogante discurso de la contemporaneidad (que no decir de lo postmoderno), es negarlo de entrada, no darle oportunidades o, mejor dicho, no darnos a nosotros mismos la oportunidad de abrir las puertas de la percepción e ingresar a una dimensión distinta. El único riesgo es una apuesta por la libertad.
KLAUS STEINMETZ
