Laura Anderson es una artista cuya obra ha generado un interés entre los coleccionistas que desean aventurarse en obras poco convencionales que porten el espíritu de los tiempos: la ecología, el primitivismo autóctono, la esencia de la tierra. Sus dibujos y trabajos tridimensionales tienen calidad y muestran la confianza de una sensibilidad suficientemente experimentada. Desde muy joven la artista ha viajado y ha vivido sus ritos de iniciación en ambientes extraños y exóticos, como la India o el Brasil.
La carrera de Anderson ha podido trascender fronteras porque en ella se ha dado la versión inversa del colonialismo cultural. Más que venir a descubrir la artesanía y la imaginería del nuevo continente, ella ha creado la propia copiando los modos de expresión de las tribus y civilizaciones de
América y Asia, su experiencia ha sido de aprendizaje y enfrentamiento.
La más reciente exposición de Anderson en México, La piel de la tierra, que tuvo lugar en el Museo de Arte Moderno dentro del impulso que la dirección del mismo viene dando a los artistas de la generación de los cincuenta, muestra ese marcopolismo por el que atraviesa la artista en estos momentos. La entrevista de Santiago Espinosa de los Monteros publicada en el catálogo deja entrever el espíritu emprendedor que la llevó a sus incursiones en la selva amazónica venezolana. El abandono y el ensimismamiento que transmite Anderson en sus comentarios recuerdan al deslumbramiento de los artistas viajeros del siglo XIX que llegaron a México con la misión de inventariar el paisaje y la cultura del país recientemente declarado independiente. ¿Será que todavía el arte y los artistas de este siglo tienen terrenos que explorar y descubrir?
Lo que sucede con su obra no es que descubra, sino que parafrasea lo que ya existe, apunta hacia lo que por razón del aislamiento o la lejanía no había sido considerado arte, pero que por artificio de la artista se ha convertido en tal. La obra está en el sitio adecuado, pero la vida que corre por la obra está fuera de lugar en las salas del museo, dado que en la actualidad saltar fronteras entre civilización y primitivismo no es una cuestión geográfica sino antropológica. Lo que se extraña de la obra, magníficamente presente y llena de hallazgos conmovedores, es la ausencia de un sustento ético.
Han cambiado las relaciones entre el Norte y el Sur. En el terreno económico los intercambios siguen siendo desiguales en detrimento del Sur, pero en el terreno cultural el arte de Latinoamérica ha dejado de ser el pictoricismo y preciosismo de los artistas modernos, que buscaban enraizar su identidad en las culturas arcaicas. En el caso de Laura Anderson los materiales atestiguan un recorrido, pero los ensamblajes no articulan críticamente el estado de las cosas en esa región del planeta.
Hay una discrecionalidad poética en el trabajo que puede ser leído como algo bello, incluso muy a tono con una decoración sobria y ecologista, pero esa misma voluntad de embellecer el povera y elevarlo por encima de la miseria e injusticia de la que procede es lo que le impide llegar a ser trascendente.
Anderson tiene una obra personal que puede ponernos en los límites del abismo. Sus dibujos y esculturas con hueso de las exposiciones anteriores tenían individualidad y no pretendían asociarse a una experiencia tribal. El problema es que en esta ocasión Anderson adopta una voz tomada de otros, se convierte en la rebelde de la selva que habla por los que no pueden hacerlo. Y ese papel de interlocutor, enmascarado detrás de la consabida vivencia y aprendizaje con las etnias amazónicas, es lo que coloca a la obra en entredicho como artefacto cultural. ¿Quién habla a través de ella? ¿Quién escucha y qué escucha? Preocupa, pues, que la obra se quede en el nivel de lo estético (haciendo una alusión a lo mágico, lo sincrético o lo místico) sin dar una dirección política que deslinde la postura del artista y la del espectador.
Probablemente el hecho de que la selva sea para ella un terreno sagrado —el lugar de origen, sin marcas territoriales, sin divisiones y conflictos— es lo que permite trasladar los objetos ya articulados al terreno sagrado del museo. Las piezas están elaboradas con maderas encontradas, jícaras, objetos manufacturados encontrados y colores envejecidos por el uso, ensamblados y colocados sobre bases cuadrangulares negras. La presentación tiene mucho que ver con la forma como nos acercamos a la propuesta. Los objetos no yacen ni aparecen a la deriva, como se encuentran en su estado. Están arreglados en forma de una escultura brancusiana, aislados por la iluminación y las bases del museo. Ese orden prístino que marca la distancia entre el museo y la realidad es quizá lo que más se opone a que veamos esos objetos en la dimensión en que estaban antes de que la mano de la artista los introdujera a un espacio con una semántica distinta.
En consecuencia, nos encontramos con collages y formas que seducen la mirada por su configuración poética. Una vez pasado el umbral de la apariencia, surgen referencias a la corporalidad humana y los procesos de asignación, es decir, de otorgamiento de la facultad de nombrar a una materia por su relación con una conducta o una idea. Los títulos de la obra son elocuentes y en ocasiones hablan de la experiencia de una selva mítica: Flauta para enamorar al viento, El sonido del agua, Flor de la tarde.
Regresar a la naturaleza es un signo romántico que evidencia el deseo de encontrar purificación y salvación. Regresar de la naturaleza al mundo de complejas relaciones y producciones imaginarias es enfrentar los fantasmas de los que se huyó. Las respuestas que aporta Laura Anderson influyen efectivamente sobre un grupo social al marcar un parámetro distinto: lo efímero por encima de lo permanente. Ese es quizá el logro de la exposición.
En suma, sus trabajos de Laura Anderson tienen la prestancia, oficio y permanencia para ser considerados como obras de arte profesionales. No obstante, la crítica a la postura de la artista radica en el hecho de que en las circunstancias actuales de Latinoamérica (y en general del Sur) ya no es admisible que se empleen recursos de los rincones apartados del mundo del arte para entablar un discurso esencialista que no ayuda a comprender los contextos de los que surge. La exposición de la obra en su lugar de origen debiera ser uno de los objetivos de Laura Anderson si quiere confrontar lo aprendido en su experiencia con el contexto donde se llevó a cabo ese intercambio. Si ya lo hizo, bien; y si no, se mueve por terrenos riesgosos.
