De los tres países hispanoaméricanos del Caribe Insular—Cuba, Puerto Rico y República Dominicana—, es en el último donde la mujer sigue en franca y excesiva minoría en relación con sus colegas masculinos. Pese a que el arte es uno de los campos profesionales que, en Santo Domingo, menos marginaliza a la condición femenina, gozando de iguales oportunidades y consideración, hay todavía una proporción de una hembra por seis varones. Sin embargo, esa "autodiscriminación" —de origen principalmente familiar, educativo y social— ha ido mejorando, si comparamos por ejemplo la generación del post-1965 con la que ha empezado a producir en la década del ochenta.
Myrna Guerrero y Danilo de los Santos, ambos artistas, catedráticos e historiadores, han organizado, en la Casa de Bastidas, una manifestación completa acerca de La mujer y el arte dominicano de hoy, incluyendo exposición, seminario, catálogo libro (a publicarse). Mientras nuestras colectivas suelen limitarse a una agrupación de obras y autores, vinculados por la sola iniciativa de la institución organizadora, esta muestra, con su soporte temático, resultó ser un impresionante conjunto de pinturas, esculturas, dibujos, grabados, fotografías e instalaciones, participando cuatro generaciones activas de creadoras.

La exposición, desplegada en cuatro salas de la secular Casa de Bastidas y sede del Voluntariado de las Casas Reales, se centra en el justificado homenaje, que es también punto de partida histórico, a Celeste Woss y Gil (1890-1985), primera mujer artista impórtate en el arte dominicano, habiendo estudiado, vivido y expuesto no solamente en Santo Domingo, sino en Cuba, los Estados Unidos y Europa. Además, antes de ella, ningún pintor había tratado el desnudo del natural y en forma contundente, exaltando el mestizaje. Así pues, sus cuerpos sólidos de mujeres y hombres, que vemos en una notable selección de pinturas y dibujos, permanecen como ejemplo de academia y modernidad.
Atinadamente, esa pequeña gran muestra ha sido separada del resto de la exhibición, en dos salitas "íntimas". Cruzando el pasillo, el visitante aborda la larga continuidad de espacios en "L", donde los curadores han dispuesto a las demás artistas. Por cierto, las piezas bidimensionales y tridimensionales comparten las mismas superficies. Tampoco hay clasificación por edad, fama, estilo o género. No es una solución de facilidad, sino una filosofía. Se presentan decenas de mujeres artistas dominicanas activas, muy diferentes y con el común denominador de su sexo, sin ninguna clase de jerarquía. La cantidad y la diversidad quieren dar una sensación de fuerza, de motivación, de un lugar definido en las artes visuales nacionales.
Se realizó una tarea inmensa. Generalmente, cada mujer artista está correctamente representada, en el nivel que le corresponde, con trabajos recientes. Esta selección algo informal era la más conveniente para que todas participasen. Las jóvenes no plantean el problema de su período más sólido y significativo; la equivalencia de una obra a otra se consigue fácilmente. Escoger se vuelve delicado para las figuras magistrales —como Ada Balcácer, Marianela Jiménez, Elsa Nuñez— no fijando la exposición a fronteras de épocas ni de temas. Las "maestras" y "confirmadas" autovaloraron discrecionalmente sus obras más representativas. No forzosamente coincidirían con las preferencias de la crítica o de los organizadores. Pero así hubo satisfacción personal y participación.
Con frecuencia, las pintoras del medio siglo y la generación siguiente ostentaron su mayor compromiso, entre el expresionismo, la introspección y los mitos, ya en los setenta. Sus búsquedas actuales alternan figuración y abstracción, "geometría sensible", barroquismo y organicidad. Ada Balcácer propone una simbiosis de figuras, luces y geometrismos, una investigación en proceso. Elsa Nuñez elige el abstraccionismo lírico, pero con insinuaciones figurativas a descubrir. Rosa Tavárez aplica policromía y variaciones matéricas a una instalación. La pasión por el dibujo y las "gordísimas" inspira a María Aybar una fantasiosa y contemporánea versión de la Venus de Lespugue.
En la actual orfandad de mujeres escultoras, Soucy de Pellerano, a quien encargaron un monumento en la Plaza República Dominicana de Quito, no ha dejado sus versiones antropomórficas de la máquina, mientras Amaya Salazar abre una esperanza con pequeños bronces, recordando a Camille Claudel. Hace falta aquí la escultura figurativa de mayor oficio y formación, Beatrice Escoffier, esposa de José García Cordero. Se acerca a ella Grecia Rivera con los moldeados de yeso en una instalación de inspiración feminista. Charito Chávez aplica su consumado realismo a un autorretrato y un políptico tridimensional. Jacquellne Soto llama la atención por sus cerámicas extrañas y silenciosamente agresivas.
De las pintoras del setenta, se destacan Myrna Guerrero con sus figuras agigantadas recorridas por simbolismos y grafitis sincréticos, y Tete Marella, que no ha agotado sus ropajes neorrenacentistas, contenidos en esculturas geométricas. Ahora bien, la exposición confirma que las artistas, habiendo expuesto por primera vez en los 80, ofrecen visiones personales y contundentes de la cotidianidad, el intimismo o las mitologías colectivas. Belkis Ramírez, ascendente en la instalación, está representada con grabados en madera de técnica impecable. Luz Severino, otra grabadora de mucho oficio, aporta su temperamento vehemente, incapaz de ser solamente abstracta o figurativa, a la pintura. Inés Tolentino, investigando el tiempo y la memoria, conceptualiza cada uno de sus signos, entre la distancia y la emoción. Scherazade García, la benjamina de las pintoras, con una primera individual reciente, perfila su expresionismo lírico hacia el futuro. Yuli Monción y Lisette Mejía fortalecen sus promesas.
La categoría que globalmente nos proporcionó más satisfacción es la fotografía, hasta hace poco casi "reservada" a los fotógrafos. Clara Barletta capta la poesía de la niña y la adolescente, sin desmedro del sentido social. Maritza Álvarez, polifacética, pone en sus imágenes en blanco y negro el mismo anticonformismo que en dibujos y pinturas. Mary Rosa Jiménez, cuyas visiones insólitas de París tanto nos habían gustado, presenta una fotografía intervenida y fragmentada. Y Scarlet Victoria es la absoluta revelación de la exposición, con su panoplia de la mujer objeto o ama de casa, incisiva, humorística, rigurosa en el copiado, salpicada de kitsch ¿Voluntario?
Si bien es cierto que la mujer artista, en la vitalidad del arte dominicano de hoy, queda todavía rezagada en número y relativamente tímida, la extensa colectiva de Casa de Bastidas evidencia que hay, sobre todo en el dibujo y la pintura, una presencia femenina pujante. En nuestro criterio, es uno de los eventos más necesarios que se hayan organizado aquí en los últimos años, y se impone estimular a la mujer dominicana para que amplíe decisivamente su territorio en las artes visuales nacionales.
MARIANNE DE TOLENTINO
