El artista juanadino Francisco García Burgos desarrolla temas que le han llevado a rebasar fronteras ilusorias, que le permiten observar la historia desde el palco privilegiado del soñador. La peculiaridad de su obra consiste en el desarrollo de una narrativa óptica donde cada cuadro se transforma en escena vivida. Su versión del teatro de la vida le lleva a no omitir detalles simbólicos para que el contemplador no se arriesgue a caer en olvidos. Es así debido a que toma como punto de partida el nihilismo afectivo sufrido por grandes sectores poblacionales en las sociedades actuales. Esa actitud constituye una verdadera plaga de escepticismo, la cual afecta profundamente el acontecer humano. La proliferación de situaciones críticas ha llegado a desquiciar vastos sectores poblacionales.

Un agente que le ha llevado a atemperar el sarcasmo implícito en sus creaciones es la pulcritud impresa en su quehacer, el cual viene acompañado de imágenes donde el detalle es cuidado con esmero. Aunque su trabajo ostenta el atributo de la actualidad, su estilo deriva de las lecciones de períodos clásicos. Este hecho le ayuda a dirigir sus mensajes dando énfasis a situaciones palpitantes en la sociedad contemporánea. Utiliza eventos fundamentales del desarrollo de la vida a través de las eras. Hace apreciaciones a veces punzantes del estado de desasosiego al que la gente ha llegado. Alude con sutileza, pero en forma directa a la reacción de insensibilidad generada por tantas tensiones.
Mediante su producción, García emprende una travesía por el acontecer desde tiempos muy remotos. Su intención es proveer al contemplador de una versión donde el componente de la ficción amplía escenas poseedoras de las cualidades de lo legendario. En ella toma sucesos reales vistos desde la perspectiva donde fábulas, quimeras y mitos interactúan. El autor nos lleva a comprender un relato concebido por él para darnos su versión particular de una vida concebida por seres en vías de insensibilizarse. Su verdad adquiere apariencia de advertencia, para que no dejemos perder la ductibilidad que da razón de ser a la existencia.
Sus concepciones de hoy son dominadas por personajes cuyas psicologías pueden ser definidas. Se proyectan máquinas con movimientos y acciones predecibles. El conjunto de los trabajos presentados se convierte en una especie de mascarada poco común, pues cada cual lleva un disfraz constituido por epidermis metálicas que reproducen sus propias imágenes. Esto le conduce a desarrollar una farsa bien orquestada cuyo director es el artista y los actores de su drama se representan a sí mismos. Al hacerlo asume un control absoluto de su labor, de esa manera no permite cabida para lo accidental. Llega a regir la acción hasta el punto de que el azar es calculado por la mentalidad creadora. Cada escena es alimentada por sentimientos que emergen, a medida que realiza la investigación que sirve de base a cada colección. Para evidenciar la ausencia de afectos logra que los reflejos de esa inuscitada piel mineral sean de un geometrismo flexible, de ahí que se proyecten como seres al margen de lo cotidiano. Es poco usual toparse con una muestra donde hay destellos medievales vistos técnicamente desde una óptica renacentista y que a la vez reflejan mensajes futuristas.
Aloja en sus retablos profanos figuras extraídas del mito, la historia, la imaginación o son visiones extraídas de la realidad y procesadas desde las perspectivas lógicas de su orbe artístico. Por ejemplo, las tres gracias parecen desfilar como si se tratara de modelos que se desplazan sobre una pasarela. Cada una de ellas es cobijada por techos triangulares donde se divisan las distintas fases de la luna. En su Gallo imposible el plumaje del ave es mostrado como si se tratara de una coraza impenetrable. La fortaleza de su presencia se agiganta porque lo muestra como un ente independiente que es contenido por un marco metálico que da fe su poder.
JOSÉ ANTONIO PÉREZ RUIZ
