Durante el mes de febrero de este año se llevó a cabo en el centro X'Teresa Arte Alternativo un encuentro entre artistas dedicados al performance o arte acción de México y artistas de la comunidad latina de Los Ángeles. Asistieron a este encuentro artistas cuyo trabajo se caracteriza por ser político, pero también aquellos otros que trabajan en contextos de búsqueda de la identidad personal. El proyecto se llevó a cabo en las dos ciudades con resultados muy distintos.
Hay que señalar que un encuentro binacional de esta naturaleza repercute en gran medida en el establecimiento de lazos entre dos visiones. Mexicanos y chicanos son confundidos con frecuencia en el contexto artístico estadounidense. A través de este encuentro los dos auditorios (el mexicano y el angelino) influyeron con su participación en las diferencias en enfoque y temática. Este tipo de experiencia no se da en otras áreas de las artes visuales donde la relación del artista con sus colegas y el público es fría. Las divergencias más obvias surgen en el manejo del tiempo. Para los artistas latinos de Los Ángeles, el performance suele ser una serie de cuadros y acciones enlazadas que dan como resultado un tiempo narrativo editado en secuencias. Para los mexicanos el tiempo de acción es igual al tiempo real. Las cosas suceden en el tiempo necesario para hacerlas y se desenvuelven con la lentitud o rapidez con que se mueva el artista. El tiempo real y el tiempo del performance coinciden.
Inferimos que la cultura latina estadounidense asume la influencia del cine y el lenguaje de la televisión. Las acciones se ejecutan en un ritmo que requiere de saltos temporales. Por su parte, los artistas mexicanos alargan sus acciones hasta convertirlas en un ritual. Despliegan sus accesorios, echan a andar sus aparatos, preparan algo y crean expectación.

Con excepción de un caso, el del angelino Rubén Martínez, los demás performances fueron coreografías, lo cual no significó impedimento para que el público pudiera intervenir en ellos. Luis Alfaro, reconocido por su militancia política gay y antisida, presentó un tríptico en el que recoge la historia de una pareja homosexual. En la primera fase de su trabajo se atiborra de pastelillos y hunde la cabeza en una tina de agua hasta perder el aliento. A continuación recorre el auditorio en patines, vestido con prendas femeninas y contando la historia de la pareja homosexual. Finaliza con una ofrenda circular para recordar a aquellos que han muerto de sida. El artista invitó al público a nombrar a sus víctimas. La atmósfera del final fue muy emotiva.
Elia Arce usó también un tema político haciendo una sátira de la “América bella”. Trepada sobre una escalera de tijera, desnuda, con el cuerpo envuelto con cinta engomada, satiriza a la cantante proamericana que gesticula una ridícula tonada. Ambas acciones fueron directas, inequívocamente políticas. Tenían un mensaje y un destinatario.
Felipe Ehrenberg, ya conocido por su participación en estas lides desde los setenta, construyó un ambiente sonoro a través de grabadoras que reproducían diferentes tipos de música. Se rasuró bigote, barba y cejas frente a un espejo. A continuación se corta la piel del pecho y el abdomen, deja que escurra la sangre y se acuesta sobre un pedazo de tela para dejar una marca roja. Cubre el espejo con la tela y lo rompe de un manotazo.
En el caso de los performances de los mexicanos, las acciones se plantean como una metáfora de una situación personal. El individuo enfrenta una realidad y acciona una respuesta. La acción no busca destinatario, encuentra afinidades entre el público, pero en el terreno de lo individual. El artista dirige sus esfuerzos a desmitificar papeles sociales e integrar nuevas identidades a través de usar ritos como el del lavado de pies, en el caso de Lorena Wolffer.
Fundamental para el arte de nuestro tiempo es la relación directa con el público. Lejos de seguir rindiendo culto al creador y a su talento o su obra, lo que importa es de qué manera la creación nos habla, te toca, me mueve.
Casi cualquier medio artístico puede lograrlo o, mejor dicho, podía lograrlo antes de la era de la televisión. Con la comunicación electrónica nos hemos quedado varados ante un marasmo de imágenes ilusionistas, información a medias y comunicación unilateral. Por tal motivo, el artista de hoy tiene un mandato: "Buscar el bien y lograr que trascienda... No solo convertir ideas o revelaciones en materia, sino además lograr que esas revelaciones de hecho resulten importantes para su público"1.
En el estado de escepticismo y derrotismo en que se encuentra la cultura y sociedad hoy en México, es fácil perder el hilo de “lo que importa”, “lo necesario”, “lo relevante”. Por ello debemos definir qué tipo de arte queremos hoy aquí. Un arte que nos lleve a apreciar las diferencias —esas que están disueltas en la cultura masiva—, un arte visual que contribuya a entender el contexto en que vivimos, un arte que nos permita hacer juicios críticos con base en la evidencia y la empatía por una posición, un arte de acción más que de contemplación.
El performance cuenta ya con una historia de varias décadas en Latinoamérica y no es posible verlo como algo “nuevo” so pena de hacer de él un desarrollo más del fetiche modernista por la forma en detrimento de los contenidos. Nuestra actual situación demanda una práctica diferente donde el público y el artista se encuentren en el mismo lugar y tiempo, participando simultáneamente del proceso de toma de conciencia. Más que inventar formas, el artista está obligado a trabajar y tratar lo que ya existe e involucrar al espectador en una situación a la que ambos pertenecen.
Un ejemplo: el performance de Rubén Martínez, en el que una prueba de detección del sida es aplicada al artista tal y como sucedería en un centro de salud, respondiendo el cuestionario sobre hábitos y costumbres del examinado, corresponde con lo que el arte-acción debe provocar. Los asistentes probablemente han oído hablar de ese tipo de pruebas, conocen la enfermedad por referencias o en carne propia, pero participar en la situación tal cual, sin ficción, es una manera de vivir y tomar conciencia del problema.
Si bien todo artista es producto de su tiempo y no puede dar lo que no ha recibido de él, también lo es el hecho de que el arte debe ser generoso con su público. La interdependencia de artista y público resulta especialmente importante: el creador debe explorar los territorios y temas ya existentes para poder ofrecer mayor número de opciones a sus copartícipes, pero también el público debe exigir que el artista viva (y no actúe) lo que presenta, ya sea física, simbólica o afectivamente.
Estos tres ámbitos de la presencia de un creador en su obra son los que darán credibilidad y propiciarán el ánimo de participación entre el público, haciendo que lo que dice no sea solamente una revelación sino que también sea algo que involucre al asistente.
La acción de Lorena Wolffer, consistente en lavar con sangre y agua los pies de sus colegas artistas, generó tal atmósfera que miembros del público en Los Ángeles se acercaron a lavar los pies de otros o a dejarse lavar los pies por alguien. Sin embargo, al realizarla en México algunos artistas se negaron a participar y en general el público se vio reacio a involucrarse en la acción. Estas diferencias entre el auditorio hablan también de una diferente cultura receptiva que resulta saludable en tanto que no es homogénea. Sin embargo, llega a ser preocupante el hecho de que el espectador local sea más pasivo.
El sentido de comunidad que requiere crear el arte para ser útil a su tiempo no implica que haya que reproducir las condiciones que hacen que el espectador se identifique; el performance es un terreno de negociación donde las condiciones de la vida son planteadas y liberadas para que cada cual añada o tome lo que le parezca. Mientras en su presentación Elvira Santamaría arrastraba a su compañera Eugenia Vargas, el público que asistió al performance miraba; ya en la calle, varios transeúntes ayudaron a Elvira con su carga llevándola hasta su destino final, en el centro de la plaza de la República o Zócalo, a dos calles del auditorio X'Teresa. La participación surgió de gente que no sabía que se trataba de una acción predeterminada, pero que hizo causa común con las artistas.
Existen muchas formas de acción que a diario se dan en nuestro medio y que no se nos ocurre pensar que puedan ser calificadas como arte. Viéndolas con los ojos del arte, adaptándolas a los tiempos del performance, descubrimos que no existe una verdadera separación entre arte y vida y que lo más urgente es nombrar y señalar lo que sucede y nos afecta para que los demás también participen de ello. Cuando logremos hacerlo, el arte y la cultura dejarán de parecer prescindibles durante las crisis y la gente reconocerá en ellos una herramienta de cambio.
NOTA
1. Texto de Estela Conwill Májozo aparecido en Mapping the Terrain, Ed. Bay Press, 1995.
JOSÉ MANUEL SPRINGER
