El Museo de Arte Moderno de Santo Domingo ha tenido una buena iniciativa. Cuando se celebra la Bienal de Artes Visuales o la Bienal de Pintura del Caribe y Centroamérica, se hace lo posible para que los ganadores presenten luego una exposición individual en el mismo museo. La propuesta estimula a los premiados fortaleciendo el reconocimiento de sus talentos y cuando son jóvenes artistas, es la mejor manera de confirmar el veredicto del jurado ante la opinión pública. Ello acaba de suceder en el marco de la II Bienal de Caribe con las dos medallas de oro, obtenidas por pintores cubanos: Eleomar Puente, primero, y después Carlos René Aguilera. Justo es mencionar que ambas muestras han recibido la mejor acogida de todos los sectores, incluyendo a los coleccionistas.
Carlos René Aguilera, oriundo de Santiago de Cuba y egresado del Instituto Superior del Arte de La Habana, pertenece a esa nueva generación de creadores plásticos —y gráficos—cubanos, que asombran por su mezcla de desenfado y de seriedad, de aval académico y de ideas fantasiosas. Su obra ilustra, entre una imagen muy personal y la inspiración pluralista, la definición de Gerardo Mosquera acerca del Nuevo Arte en Cuba: "Ellos los nuevos artistas se apropian desembarazada, incorrecta y textuallzadamente de los que conviene de la mainstream o de donde sea, lo hibridan, lo reinventan y lo emplean, junto con sus propias ideas, para hacer un arte local en el doble sentido de brotar de los valores y ópticas locales y satisfacer necesidades del entorno."
Tal vez más que cualquier otro de sus congéneres, Carlos René Aguilera provoca el desconcierto a la primera ojeada. ¿Qué hacen en las selvas tropicales y los campos de caña, los grandes osos blancos polares? ¿Por qué esa fijación sobre las torres "míticas”, la de Babel o la mucho más reciente del constructivista ruso Tatlin? ¿Quiénes son los responsables de la desertificación, el mundo fabril, la subversión climática, la disipación de los recursos naturales? Nosotros nos planteamos esos interrogantes. Pero otro contemplador tendrá las suyas. Nadie mira sencilla y superficialmente aquellos escenarios, siempre insólitos y a menudo de una belleza épica, ratificando la secular afirmación baudelariana de que lo bello es siempre extraño.

Estamos arrastrados hacia un amable Apocalipsis, y el cataclismo ronda. Carlos René Aguilera nos dice, mediante un dibujo cortante "venido del grabado y la plancha de madera” y un colorido sigilosamente luminoso, que dejemos de creer en utopías. No hay mayor alegoría al respecto que la espiral de Tatline "jamás construida" o la Torre de Babel en su versión bruegueliana "abandonada” trasladados al Caribe. E inocentemente, nos confronta con el Marat de David, asesinado en su bañera. Un determinismo infranqueable impide que se alcance lo inasible.
Ahora bien, restaríamos dimensión a las pinturas y las intenciones de Carlos Aguilera, reduciéndolas a alusiones locales e internas. No es que su iconografía evite utopías y realidades nacionales. Las engloba y va más allá. Así sobrepasamos la identificación "casi generalizada” del oso blanco con la simbología del poderío e intromisión otrora soviética. La agudeza crítica se dirige a una época y un planeta en plena confusión, de irrespeto a los derechos de los débiles, de circunstancias absurdas. La reiterada presencia de los osos en los cuadros, protagonistas únicos, principales o engañadamente secundarios —en un paisaje tropical—, los convierte en parábola del desequilibrio. Finalmente, en el caos universal, huyendo del polo que se derrite, ellos también son vulnerables. En El intruso, la bestia está herida. ¿Nadie está a salvo? Carlos René nos advierte de no caer en el completo pesimismo. A partir de su misma pintura. La fábula —aquí un género de la poesía visual— recurre al humor y al juego. Sentimos —y ocurría lo mismo con el cubano Eleomar Puente o el más maduro dominicano José García Cordero —que el artista goza inmensamente "el placer de pintar”, de inventar, de suprimir el concepto de lo inverosímil, de crear metáforas. En fin, una multiplicación de las propuestas filosóficas, una polisemia que corresponde a las más variadas opciones situacionales, compositivas y estéticas. Por cierto, hasta el arte, en un cuadro —de contexto único—, la muestra, también ingresa al mundo desmitificador de Carlos René Aguilera, entre bárbaros y marcos evocadores de barrotes. Triste condición (humana) que la de artista.
Carlos René Aguilera, incentivado por el entusiasta promotor Lyle O'Reizel, tiene mucho que aportar a la postmodernidad caribeña, otro aspecto fundamental de una obra que desborda ya los límites de la crónica.
MARIANNE DE TOLENTINO
