Empecé a conocer la pintura de Arnaldo Roche en el año de 1991, en la memorable exposición inaugural del Museo de Arte Contemporáneo (MARCO) de Monterrey: Mito y magia en América: los ochenta. Roche fue el único artista puertorriqueño que participó en dicha muestra. Lo hizo con cinco cuadros: Mujer con miedo de cortarse la cabeza (óleo sobre tela, 1988), La mujer completa (óleo sobre tela, 1988), Maud, déjame soñar por ti (óleo sobre tela, 1988), Nosotros, el sueño (óleo sobre tela, 1988) y El actor santo (óleo sobre tela, 1989). Un año después de aquel primer enfrentamiento con la obra de Roche, vino el segundo. Fue en casa de Andrés Blaisten, uno de los coleccionistas más exigentes que tenemos en México. Colgado en una de las paredes de la casa, se encontraba un cuadro de reciente adquicisión: Herido (óleo sobre tela, 1991) de Roche. En ese cuadro espléndido, en el que una figura verde sin cabeza y cubierta de follaje ocupa el centro de la composición, descubrí un error en la firma del autor que el dueño del cuadro no había descubierto: no decía "Arnaldo" sino "Arnarnaldo", con tres letras de más.
Estas experiencias con la pintura de Arnaldo Roche no fueron suficientes. Mi interés en serio por su obra surgió a raíz de la exposición Arnaldo Roche: los primeros diez años, abierta en el MARCO de Monterrey entre enero y mayo de 1993. Se exhibieron un total de 52 piezas, la mayoría óleos de gran formato. Esa muestra significó para mí un encuentro afortunado y definitivo con la pintura de Roche, con su afán autobiográfico, su barroquismo, su dramatismo, su fuerza expresiva, su riqueza matérica y su rescate de la cultura del Caribe. Con esto me convencí de que el puertorriqueño, en efecto, es uno de los grandes representantes del arte latinoamericano contemporáneo. De ahí la importancia de la muestra del MARCO y, más recientemente, la del Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, que nos permitieron conocer más a este maestro boricua1. Arnaldo Roche Rabell (Santurce, Puerto Rico, 1955) inició su aventura plástica siendo un estudiante en el School of the Art Institute of Chicago (1979-1984), lugar donde obtuvo el título de maestro en Bellas Artes. Abandonó su país natal para viajar a los Estados Unidos cuando contaba con 23 años de edad. Llevó consigo el universo cultural de su isla que con el tiempo se desbordaría en su pintura. Uno de sus primeros cuadros, La magia del Hombre-Isla (lápiz de óleo sobre papel, 1981), anuncia en buena medida el espíritu de su obra. Con ese autorretrato espectral, realizado en las mismas entrañas del monstruo (Martí dixit), Roche reivindicaba su ser latinoamericano, puertorriqueño, caribeño. Él no regresaría a su patria para redescubrir sus raíces culturales; estas habían permanecido siempre en su interior y ya habían aflorado.

Enrique García Gutiérrez, el crítico que más se ha ocupado de la obra de Arnaldo Roche, señala en un texto sobre el pintor: "Todo puertorriqueño es un hombre-isla. Esta circunstancia, que puede ser fuerza inhibidora y destructiva, ha sido también acicate creativo y protección de nuestra personalidad. Este antagonismo es problema vital del hombre-isla-artista. Nuestros artistas han tenido que lidiar con la realidad del aislamiento desde muy diversos puntos de vista, pero principal entre ellos ha sido la necesidad, ab initio, de viajar al extranjero para cursar estudios avanzados y conocer de primera mano las vanguardias internacionales"2. Roche resolvió este "problema vital" de una manera por demás afortunada. El pintor hizo suyo el vigoroso expresionismo contemporáneo para adentrarse en la cultura caribeña, descubrir su identidad y su realidad como artista puertorriqueño y explorar en su yo interno.
¿Qué nos dice la imagen que nos presenta Arnaldo Roche en uno de sus cuadros más celebrados y conocidos: Hay que soñar en azul (óleo sobre tela, 1986)? Ahí el rostro colosal de un hombre negro con ojos azules, emergiendo de la jungla, cuestiona abiertamente al espectador. Roche conoce la historia, el conflicto entre las razas, la derrota del negro ante la falsa superioridad del blanco y piensa que ante los embates de los hombres de ojos azules los hombres de piel negra pueden llegar a soñar —y actuar y pensar— en azul y perder lo único que les queda: su cultura. No se trata de una exageración. El pintor es originario de una isla que pasó de colonia española a posesión norteamericana en 1898, que alcanzó el estatus de Estado Libre Asociado en 1952 y que tiene una larga tradición artística de carácter político-social (el arte entendido como compromiso militante y mensaje libertario). Roche rompió con esa tradición pero no con la necesidad de definir la identidad nacional puertorriqueña y de defenderla en las difíciles condiciones de dependencia en las que se encuentra la isla. De esa necesidad surgieron cuadros tan críticos como Isla vacía (óleo sobre tela, 1988), El espíritu de la colonia (óleo sobre tela, 1993), La isla de los miedos (óleo sobre tela, 1993) y La esperanza del pobre (óleo sobre tela, 1994), entre otros.
En Hay que soñar en azul, aparece ya uno de los elementos que terminarían por ser característicos del arte de Arnaldo Roche: la vegetación. La naturaleza caribeña en toda su exuberancia (árboles, flores, hierbas, hojas, plantas, ramas, tallos) se derramaría en la pintura de Roche para "aprisionar" o "proteger" a sus personajes, a menudo híbridos monstruosos: El miedo de Esteban (óleo sobre tela, 1988) y El reino de Pantaleón (óleo sobre tela, 1991). De esas selvas misteriosas, habitadas por hombres y animales y hombres-animales, emergen muy frecuentemente ojos enormes, vigilantes ante cualquier amenaza (¿el espíritu de la selva?). La fantasía de Roche se desborda y borra los límites entre los mundos animal, vegetal y humano. Todo se convierte en sueño, en autobiografía onírica digna de un psicoanálisis freudiano3.

Hay en la pintura de Arnaldo Roche un barroquismo de elementos reales y fantásticos que se interconectan en un complejo tejido simbólico-visual. En sus telas, se conjugan las más diversas ideas. Ahí encontramos acercamientos a la problemática existencial del hombre, alusiones a la sexualidad, críticas a la dependencia política y a la discriminación racial, referencias a la mitología afrocaribeña y a la religión cristiana. Todo incluido en un discurso expresionista feroz en el que la violencia gestual sustituye a cualquier tipo de complacencia.
Convendría ahora hablar un poco sobre la técnica pictórica utilizada por Arnaldo Roche: el frottage. Y para ello me permito citar a Edward J. Sullivan, quien establece una relación entre Roche y el surrealismo de la siguiente manera: "muchas de las estructuras en las obras de Roche recuerdan las formas amorfas y sugerentes de los lienzos de los surrealistas. A menudo asumen una autonomía palpitante en el contexto general del lienzo y animan la superficie con su energía vital. La escritura automática constituyó otra de las características de las pinturas y dibujos surrealistas, y aunque Roche no emplea esta práctica directamente, la técnica del frotado que utiliza para crear algunas de sus pinturas más llamativas se relaciona espiritualmente con este modo de crear arte, del mismo modo que se relaciona íntimamente con el método del frottage inventado por Max Ernst"4.
Igualmente cercana a la técnica del action painting norteamericana, la técnica del frottage empleada por Arnaldo Roche consiste en lo siguiente: el pintor extiende sobre tela o papel varias capas de pintura, con este soporte preparado envuelve a sus modelos (cuerpos humanos y objetos), los frota con las manos buscando trazar sus contornos, aprovechar al máximo el óleo utilizado y lograr una buena impresión. Durante el proceso, realizado por cierto en un cuarto oscuro, van emergiendo los colores de las distintas capas y empiezan a aparecer las imágenes. La técnica de frotamientos corporales concluye cuando el modelo es "liberado" y el soporte vuelve a ser extendido. Luego el pintor continuará trabajando (retocando, añadiendo o quitando pintura, agregando representaciones) hasta que la obra esté acabada y él quede satisfecho.
Es cierto que la obra de arte es resultado, antes que nada, de la acción física del artista. Pero en el caso del frottage, la acción física va más allá: involucra sensualmente el cuerpo del artista y el tema de su obra. Esto tiene un significado más profundo de lo que podría creerse. Charles Merewether lo ha explicado así: "Dicha técnica (el frottage) moviliza una serie de metáforas y asociaciones por las cuales la pintura recibe el rango de práctica ritual. La pintura se alinea junto a la naturaleza, como poseedora de un poder mágico, transformador."5 Es el poder de un maestro latinoamericano, un expresionista del Caribe: un pintor que sin olvidar sus raíces ha logrado crear arte universal.
NOTAS
1. Abierta en la Sala José Juan Tablada del Museo de Arte Moderno entre febrero y mayo, la exposición titulada Arnaldo Roche Rabell estuvo integrada por un total de 40 óleos realizados entre 1986 y 1994.
2. Enrique García Gutiérrez, "Arnaldo Roche Rabell. Odisea del Hombre-Isla", en Arnaldo Roche: Los primeros diez años, México. Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, enero-mayo de 1993.
3. Recomiendo ampliamente el texto con enfoque psicoanalítico publicado por Teresa del Conde en el catálogo de la muestra del MAM. Teresa del Conde, "Arnaldo Roche Rabell y el mito del héroe", en Arnaldo Roche Rabell, México, Museo de Arte Moderno, febrero-mayo de 1995, pp. 13-27.
4. Edward J. Sullivan, Arnaldo Roche Rabell: sueños azules de un espíritu candente, Ibidem, p. 38.
5. Charles Merewether, "Una gruesa fibra que atravesara el cuerpo: transformación y renovación", en Mito y magia en América: Los ochenta, México, Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, junio-septiembre de 1991, p.XLV.
ANTONIO ESPINOSA
Crítico e historiador mexicano. Residente en Ciudad de México.

