Quinta Galería inauguró sus amplias y magníficas instalaciones con una exposición concebida para poner de presente su vocación internacional. Se tituló Torres-García y la Escuela del sur, eco saludable de la muestra itinerante que, organizada por la Universidad de Texas, hace poco visitó Madrid, Austin, Nueva York, Washington, México y Monterrey, situando en plena actualidad el movimiento que fundó en Montevideo, en los años cuarenta, Joaquín Torres-García.
Ya me referí en su momento al espléndido trabajo de investigación histórica que para la ocasión realizaron Maricarmen Ramírez, Cecilia Buzo de Torres, Anna Rank y Florencia Bazzano (Ver Arte en Colombia No. 49 - ArtNexus No. 3). La exposición de Quinta Galería fue ambiciosa —aunque de tono menor al lado de la itinerante— y tuvo la virtud de estar complementada con obra gráfica que estuvo en exhibición, a pocas cuadras de distancia, en la Galería Sextante, conjunción feliz que permitió conocer mejor uno de los capítulos más interesantes del arte latinoamericano del siglo XX.
La Escuela del Sur surgió hace medio siglo. Permaneció cristalizada las dos primeras décadas de actividades, inmovilidad que de ningún modo se debió al conservadurismo puro y duro del grupo sino al propósito programático de darle la espalda al subjetivismo y de guardar inalterable el lenguaje de Torres-García. Hace aproximadamente un cuarto de siglo, luego de iniciada la diáspora, cada uno de los miembros del movimiento ensayó por su lado, sin renunciar a la teoría central del maestro de Montevideo, las posibilidades inéditas que sus principios fundamentales ofrecían. Al emprender la búsqueda, a Gonzalo Fonseca, Julio Alpuy, José Gurvich, Manuel Pailós, Horacio Torres y Francisco Matto les aconteció, con relación al tronco común del que partían (el universalismo constructivo), lo que a las lenguas romances europeas que derivaron del latín: sin perder personalidad ni carácter, pudieron conservar sus raíces.
Una de las primeras manifestaciones de sano individualismo y necesaria independencia se debe a Julio Alpuy, ese caminante de América que en 1957 llegó a Bogotá procedente de Chile, y, sin proponérselo, permaneció tres años y medio en la capital colombiana. En la muestra de Quinta Galería había dos paisajes de Bogotá de 1957 y 1958. Si se comparan con Paisaje constructivo de Buenos Aires (1957), se puede apreciar que la geometría que rige a este último se aligera a la hora de tener que plasmar la vegetación de los cerros bogotanos. La superposición en estratos del paisaje bonarense es mental y figurada mientras que la de Bogotá es impuesta por la realidad. Al fondo y por encima de los edificios, el ojo ve árboles. Alpuy los pintó, más no sometidos al sistema de horizontales y verticales que predominaba en sus telas, sino como un juego de curvas que caprichosamente se enlazaban. Este tanteo inicial de Alpuy rindió fruto en la contenida organicidad de sus esculturas y tuvo un seguidor, ya en los años sesenta, en los sintéticos paisajes de Marco Ospina, el colombiano que en la década del cuarenta introdujo (junto a Édgar Negret) el abstraccionismo en el país.
Alpuy es un imaginero de estirpe primitivista cuyas figuras se proyectan con fuerza de signos. Su actitud es semejante a la del cubano José Bedia, sólo que Alpuy prefiere ser elemental y silencioso donde Bedia es desbordado y elocuente. Alpuy y su compatriota el escultor Gonzalo Fonseca (ausente de la muestra bogotana) representan, dentro de la diáspora, la tendencia más próxima a la fraguada originalmente en el Taller Torres-García. La posición intermedia la abanderó Gurvich, del que vimos, en la Sextante, excelentes grabados de su última etapa. En Gurvich hay resonancias surrealistas y metafísicas. Tras la experiencia de vivir en Israel, sus temas empezaron a derivar de la tradición hebraica. Algo hay de Chagall en sus mejores pinturas, dibujos y grabados, pero también del Bosco, dos mundos que este uruguayo volvió comunicantes para plasmar su propio mundo, mundo en el que el tono más que el color le da la temperatura espiritual a cada obra.
Horacio Torres le abrió paso a la posición más alejada de aquella que forjara su padre. Sin embargo, detrás del realismo de su pintura persiste la disciplina del constructivista. La poética dispersión de sus bodegones puede hacernos recordar a las manzanas de Cézanne, pero aquí y allá se manifiesta la geometría que en Naturaleza muerta en siete colores parte de la verticalidad de una botella y se enlaza con la horizontalidad de un cucharón. Cabe aclarar que no se trata de la geometría que descubre el estudioso al prolongar el par de oblicuas que bordean la pirámide en que se inscriben las figuras de un cuadro del Alto Renacimiento, por ejemplo, sino de la expresiva geometría que Seurat supo hacer visible y que cubistas, futuristas y constructivistas volvieron la base de la plástica que marcó a toda una época. Horacio Torres no ocultó nunca, tras el realismo vivo de su pintura, el constructivista que siempre quiso ser.
Pailós y Matto estuvieron presentes con obras del período clásico de la Escuela del Sur, ése en que la individualidad del artista cede humildemente ante el consenso del grupo y en el que la autoría de lienzos y maderas llega a confundirnos si uno no se toma el trabajo de leer debidamente las firmas. No obstante lo anterior, la aquilatada y bronca mano del maestro poseía tal energía que desde lejos se distingue la peculiar grafía de sus cuadros. Ni el más sofisticado y recursivo de los fotógrafos alcanzará jamás a reproducir las sutilezas de Composición - Constructivo blanco (1933), obra digna del mejor de los museos, notable por la manera como Joaquín Torres-García trazó con el cabo del pincel, sobre la delgada superficie de yeso fresco aplicada en una tabla, una estructura magistral.
La obra gráfica de la Sextante fue exhibida con una serie de documentos redactados y editados, en su época de oro, por el colectivo del Taller García. Cabe destacar la colección de Removedor, la revista de artes plásticas más combativa que se ha publicado en América Latina. Haberla traído a Colombia no fue vano. La Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá la adquirió para sus fondos.
ÁLVARO MEDIANA
