Exposición Individualabr 1995 - jun 1995· Por Erena Hernández

Rafael Zarza

Centro de Arte 23 y 12

Aunque en Cuba no hay corridas de toros, existen amantes de la fiesta brava. Ese es el caso de Rafael Zarza, quien desplegó su capacidad de invención en unos dibujos donde utilizó las suertes del toreo para conformar una parábola sobre el estado de cosas actuales en la isla caribeña, desde el punto de vista político, social y económico.

El artista traspasó a un imaginario ruedo sus vivencias cotidianas, bromeando con el hecho de que el municipio donde vive en La Habana se llama Plaza, por estar ubicada en él la Plaza de la Revolución, lugar mítico, de multitudinarias concentraciones populares durante más de tres décadas de gobierno revolucionario. Entonces comenzó a mezclar la plaza de toros con la otra y dotó a sus trabajos de un nuevo carácter lúdico por los hilarantes equívocos. Ese recurso de la ambivalencia lo empleó con diversos elementos, como, por ejemplo, en las divisas verdinegras de los toros, aludiendo en realidad a las necesidades de dólares del país. La reiteración de esta duplicidad de sentidos le permitió lograr una especie de juego retórico con la ambigüedad.

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Primero se divirtió haciendo tales malabares, después al entrar al nuevo "ruedo", cuanto veía a su alrededor, asumió una actitud crítica sobre todo lo que le causaba malestar. Exorcizaba así los demonios surgidos dentro de él por la rutina y la banalización de la vida en una nación en la que lo espiritual se subordina a las más elementales necesidades materiales insatisfechas.

El toro ha sido siempre tema de Zarza, desde que empezó a exponer en 1972. Además de que lo vincula a sus ancestros españoles, lo admira en tanto símbolo de libertad, pues el toro nunca va uncido al yugo y muere luchando. En aquellos inicios en el arte utilizaba esqueletos bovinos para armar sus discursos. Cuando usó la figura humana, fue para satirizar la historia colonial en una serie titulada Taurorretratos.

Ahora Zarza hace variaciones sobre el tema, otorgándole una nueva dimensión. Es interesante que, aunque generacionalmente pertenece a la década del setenta, época caracterizada en gran medida por un arte oficialista, Zarza fue un poco la nota discordante. Siempre hizo una obra sincera, aunque mordaz y violenta; desenfadada, con predominio de la emotividad. Si se acercaba a la ideología, a la historia, era con una visión reflexiva, sin edulcoraciones. De manera que existe una organicidad en su trayectoria.

Morfológicamente, la Tauromaquia de Zarza fusiona dibujo, pintura, cartel y grabado. Básicamente son dibujos, pero éstos resultan muy pictóricos, de abundante cromatismo. Tienen representaciones de objetos y colorido a la manera pop, con una composición diseñística, sintética, que los hace funcionar como el famoso "grito en la pared". Son piezas resueltas con una figuración expresionista, que parecen haber sido volcadas en la cartulina como en arrebato. Las mejores, cuando evidencian más soltura, con predominio de trazos nervudos y vigorosos que dan la sensación de que la imagen vibra.

Zarza hizo de Cuba un ruedo. De la cruda cotidianidad un toro. El torero no es otro que el ciudadano de a pie o que anda en bicicleta por la escasez de combustible; el que no maneja divisas y no puede comprar en las tiendas especiales; el que no puede entrar en sitios reservados para turistas extranjeros; el que consume lo que alcanza por la libreta de racionamiento; el que hace colas interminables para adquirir cualquier producto o se desenergetiza subiendo a una guagua (ómnibus) repleta de gente...

Pero nada de esto es mostrado con resentimiento. El humor permite liberar las tensiones posibles de generarse en un discurso fuerte como el de estos dibujos. La agresividad compite en igualdad de condiciones con el divertimiento, pues el autor conoce que los cubanos son capaces de burlarse hasta de sus desgracias, en una forma un tanto sui géneris y casi masoquista de terapia y superación. No en balde los espectadores se mostraban gozosos, viendo reflejadas sus propias vidas en aquel peculiar zarzal.

ERENA HERNÁNDEZ

Rafael Zarza, por Erena Hernández | artnexus