En la galería Sextante, durante el mes de enero de este año, se presentó una amplia selección de dibujos y grabados del artista antioqueño José Antonio Suárez. Uno de sus principales logros es rescatar el dibujo como actitud, es decir, rescatar el oficio, el apunte directo y la posibilidad de descubrir el espacio a partir de sutiles escorzos y pequeñas líneas como en los vasos griegos, la profundidad con sombras que están más allá del papel, y el uso de perspectivas no tradicionales, tan simples como aquella que siente la parte de abajo más cerca y la de arriba más lejos, lo nítido estático, y lo difuso en movimiento.
Un ejemplo sacado de entre tantos, tal vez el más conmovedor porque muestra cómo el papel en blanco es un problema que hay que modificar de manera creativa, contando una historia, en este caso sobre La Habana, real o fantástica, no importa, es un rectángulo vertical de papel de 5 x 18 cms, perforado con ondas de punticos hechos con un instrumento tan casero como una aguja o un alfiler. Una aguada de tinta azul profundo cubre la superficie y los puntos absorben el color a su manera. ¿Grabado, dibujo o pintura? En realidad, todas las cosas a la vez. El espacio está dividido en dos partes, una secuencia que se "lee" de abajo hacia arriba, en la cual el movimiento es la danza difusa, lejana y veloz de un tiburón, y lo permanente son las estatuas nítidas como restos del tiempo.
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Y es que el dibujo es todo un desafío mental, por el solo hecho de representar, como dice Jean Leymarie, "en una delgada superficie plana, mediante trazos que no existen en la naturaleza, la masa coloreada de objetos, o bien estampar visiones interiores en blanco y negro".
Los dibujos y grabados expuestos en una galería detrás de un vidrio nunca despiertan la misma emoción que cuando se pueden ver directamente en la hoja o en los cuadernos de colegio que José Antonio Suárez elabora encerrado en una meditación constante. Aquí radica el dibujo como postura porque no hay que olvidar que este artista se formó en los años ochenta en Europa, sometido a todos los cambios y veleidades del arte moderno, pero insistió en recoger toda suerte de objetos, formas, noticias, incluso el performance, en líneas, manchas, luces y rayitas, que forman las sombras y el movimiento, es decir, en dibujo.
Esta actitud del artista consiste entonces en separarse de la corriente principal, tomar distancia y poder pensar con claridad los propios pensamientos. Además, usando el dibujo como una actividad diaria, un ejercicio de la observación y la voluntad, que respeta la superficie del papel y vuelve a las posibilidades de la mancha, la tinta, los estiletes y punzones, que para él pueden ser objetos más cotidianos como alfileres y agujas, e incluso borradores que en algunos casos usa como planchas de grabado.
Es indudable que esta postura, aun sin proponérselo, lo relaciona con los códices medievales, pero no tanto con los manuscritos en los cuales la imagen servía al texto, sino tal vez más cerca de los "libros de modelos", aquellos que contenían detalles de todo tipo, reales y fantásticos, sagrados y profanos, anotados simplemente para servir a la memoria. Estos libros eran entonces un instrumento de trabajo, en el cual se aprendía a representar la figura en el espacio.
El dibujo expresa pero también oculta. Por eso casi siempre en las exposiciones de Suárez las imágenes reales están camufladas en metáforas fantásticas, tal vez por cierto pudor a no exponer directamente aquellas muy suyas o las de las calles de Medellín, una ciudad sobre la cual él permanece vigilante. Pero sin duda están la guerra privada y pública y también los placeres, los límites transgredidos y los cambios.
NATALIA GUTIÉRREZ
