La Bienal Internacional de Pintura de Cuenca se celebró en 1994 por cuarta vez, del 21 de octubre al 27 de enero, fecha de la entrega solemne de los premios. Cuando se conoce a los cuencanos y se aprecia la mezcla de orgullo y de amor que sienten por su ciudad —la tercera del Ecuador—, no nos sorprende que dos veces —coincidiendo con la primera y la cuarta bienal— hayan logrado superar catástrofes naturales, y ya piensen en la quinta edición de un concurso, que abarque todo el continente americano, desde el Canadá hasta Chile.
El evento tiene como sede logística y lugar principal de exposición el Museo Municipal de Arte Moderno, una mansión secular restaurada otrora, la llamada Casa de la Temperancia, donde trabaja el Comité Organizador, ahora encabezado por doña Eudoxia Estrella de Larrazábal. Otras obras concursantes están montadas en el Museo de Historia de la Medicina, mientras las muestras invitadas se reparten entre el Museo de las Conceptas, el Salón del Pueblo, la Capilla del Museo de la Medicina y el Banco Central —único edificio de arquitectura moderna—. Exposiciones en galerías, conciertos y un panel de discusión extraordinariamente concurrido se destacaron como actividades de animación.
Para juzgar 425 pinturas de 165 artistas oriundos de 29 países (la cifra anunciada de 500 obras y 193 pintores incluía a los invitados y los envíos tardíos, que seguían llegando una vez abierta la bienal), trabajó intensamente, durante cuatro jornadas un jurado internacional, integrado por la catedrática estadounidense Shifra Goldman, el museólogo uruguayo Angel Kalenberg, la crítica dominicana Marianne de Tolentino, y dos artistas ecuatorianos, Oswaldo Viteri y Nicolás Svistoonoff. La observación metódica, la ponderación dialogada, la completa franqueza culminaron en decisiones tomadas por consenso o abrumadora mayoría.
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No fue tarea sencilla elegir los tres premios y las cuatro menciones, previstos en el reglamento. Hubo que agregar una quinta mención —atribuida a un pintor del país anfitrión— y una mención especial. En la IV Bienal, no se había previsto el premio para un artista del Ecuador. Tampoco una distinción para la mejor selección.
Fue, de las cuatro, la Bienal más concurrida, participando todos los países de América, incluyendo una presencia innovadora: once islas del Caribe de habla inglesa, francesa, española y holandesa. Sin embargo, por lo general, la calidad no correspondió a la cantidad. Hubo excelentes conjuntos —en particular de los Estados Unidos, Argentina y Venezuela—, pero algunos inesperadamente pobres —como los de Brasil, Colombia o Cuba— en relación con sus respectivos liderazgos plásticos en el hemisferio. Habiendo jugado un papel determinante las misiones diplomáticas, tal vez no siempre buscaron las asesorías y las curadurías convenientes. Por otra parte, el número de bienales celebradas en América Latina durante el año elevó demasiado una demanda repartida entre los mismos artistas o, por el contrario, satisfecha por pintores intrascendentes, en algunos casos sorprendentemente malos.
La obra del conocido pintor uruguayo Ignacio Iturria, obtuvo el primer premio. El planteamiento compositivo y espacial, el colorido austero de luminosidad sigilosa, el tratamiento entre "geometría sensible" y expresionismo se sumaron en un cuadro de lectura polisémica que no descartaba el humor. Aparte del nivel intrínseco de la obra, para el futuro de una bienal dotada de premios generosos, el hecho de que el máximo galardón se otorgue a un artista reputado asegura una participación plurigeneracional. Por experiencia, sabemos que los artistas mayores y consagrados se abstienen de concursar porque desconfían de los criterios valorativos.
José Perdomo, de la República Dominicana, un artista maduro, de trayectoria internacional ascendente, ganó el segundo premio por su díptico vertical El Mundo de Jop. El brote colorístico, evocador del sol y del fuego, sobrecogía la mirada. La fuerza cromática realzaba el dinamismo de elementos neo-figurativos y neo-surrealistas, signos oriundos de las grafías precolombinas, las configuraciones afroantillanas y el arte infantil. La vehemencia enardecía la pincelada y la textura.
La magnífica pintura de la india norteamericana Jaune Quick-to-See, titulada Indian Horse, se vio atribuir el tercer premio, pero el máximo galardón hubiera podido laurear una obra contundente en el manejo del espacio, de la signografía y del colorido. Transmitió claramente su arraigo en la tierra y la cultura de los ancestros, haciendo del signo un testimonio y un símbolo aludiendo tanto a la tradición autóctona como a la transculturación y a la expropiación usurpadora.
Las menciones destacaron aportes notables, generalmente inobjetables en el dominio del oficio. De la sobresaliente selección venezolana se distinguió la composición enérgica y equilibrada de Ismael Mundaray, notable por el uso de elementos vernáculos y el "labrado" matérico, marcando un neto avance desde su participación de 1992 en la I Bienal del Caribe. Dentro del postmodernismo —que sedujo a varios artistas—, se situaron Juan Marchi, argentino, atractivo por la exquisita factura, la paleta sutil y un realismo fantástico; también Rafael Hastings, peruano, minucioso paisajista, evocador de mitos viejos y nuevos, haciendo el marco copartícipe de la pintura. Dos menciones bien merecidas.
Muy distinta estilísticamente fue la mención otorgada a Néstor Lara, de Bolivia, cultor de una abstracción lírica y un virtuoso de la multiplicación de las tonalidades y de los planos. La quinta mención —agregada por el jurado— fue más bien una atención al país anfitrión y recayó en el realismo postmoderno, meticuloso y prometedor del joven Agustín Patiño. ¿Qué pasó con la selección del Ecuador, muy por debajo de lo que se esperaba? La mención especial fue un reconocimiento a la pintura "autodidacta" o naive o "intuitiva", bastante representada en Cuenca, atribuida a Mario Marín de Nicaragua, que parece manejar con plena consciencia la ingenuidad.
Si la representación de los Estados Unidos, integrada por artistas de las minorías, estuvo brillante y hubiera podido llevarse varias distinciones (el jurado las limitó a una por selección nacional), el Canadá no presentó una muestra interesante como tampoco México —pese a pintores de la talla de Ricardo Anguia y Boris Viskin—. Todos los países de América Central concurrieron, Guatemala centrándose en el maestro Elmar Rojas y Costa Rica destacándose regionalmente con Fabio Herrera en particular.
El Caribe, que a través de Puerto Rico —con Arnaldo Roche y Marimater O’Neil— había sido premiado en bienales anteriores, un auténtico descubrimiento con las islas francesas, holandesas e inglesas, un auténtico descubrimiento. Su nivel de representación resultó desigual, pero sobre todo colorido; exuberancia y desenvoltura expresiva desconcertaron en las miradas acostumbradas a una pintura andina más académica... hasta en sus lenguajes "de ruptura". La selección cubana —que incluía a Mendive, Santiago Rodríguez, Lázaro García y Gilberto Frómeta— no presentó la solidez que suele tener. Tampoco Puerto Rico —a pesar de las obras de Arnaldo Roche y Análda Hernández—. De la República Dominicana —cuyo aporte se consideró de los mejores de la región—, hemos de enfatizar la conjunción de estética y concepto en los cuadros de Fernando Varela.
Es probable que, cuando se celebre la V Bienal de Cuenca, sus bases hayan sido modificadas, respondiendo a propuestas y objeciones. Tampoco es predecible que se mantenga la generosa premiación —30,000; 20,000; 10,000 dólares—, punto engorroso y debatido... en todas las bienales. Lo fundamental es que continúe una manifestación de tanta envergadura en una ciudad y una tierra que ponen, para esa confrontación de talentos, extraordinario altruismo y hospitalidad.
MARIANNE DE TOLENTINO
Crítica de arte dominicana. Residente en Santo Domingo.
