Bienalabr 1995 - jun 1995· Por Raquel Tibol

II Bienal del Caribe y Centroamérica

Concepto de un miembro del jurado

Si bien se mencionaron en el acta las aportaciones de Jamaica y Haití (que reunió imágenes distintas a las del arte naif y de la belle peinture), para quienes estuvimos en la I Bienal fue notorio el esfuerzo hecho por varios países para mejorar su presencia, entre ellos: Costa Rica, Colombia, El Salvador, México, Nicaragua.

La II Bienal de Pintura del Caribe y Centroamérica, inaugurada el 12 de noviembre de 1994 en el Museo de Arte Moderno de Santo Domingo, no tuvo mayores variaciones con respecto a la primera. La volvió a convocar Joaquín Balaguer, añejo presidente de la República Dominicana; la organizó Porfirio Herrera Franco, que seguía siendo director del museo; con él colaboró un equipo que ya se había fogueado en la primera y poco pudo mejorar la museografía por que el presupuesto (escaso y aprobado a última hora) no alcanzó para aumentar lámparas y luces, de modo que algunas obras quedaron en penumbra, colgadas en pasillos angostos, en corredores o en barandales. Según los museógrafos, la colombiana Bibiana Vélez había solicitado que las telas de su tríptico se balconearan como colgaduras en algunos de los huecos interiores. De quien haya sido la decisión, una pintura que aspiraba a ser alegórica quedó reducida a una serie de indescifrables pancartas. Las mejores pinturas abstractas de toda la Bienal (Tiempos dorados y Preludio), de la mexicana Rosario Guajardo, pese a sus generosas dimensiones (dos de 185 x 200 cm. y otra de 260 x 280 cm.), nunca pudieron apreciarse en su excepcional riqueza de color y materia porque sólo recibieron la difusa luz general. Víctimas también de los pasillos a media luz dos obras de rico contenido social y buenas soluciones post-pop (A Bloody American Vote y Fuera de confortador) de Annalee Davis, de Barbados.

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La manipulación de tanto material que se va conociendo sobre la marcha (422 obras de 205 artistas de 31 países) provoca a veces algunos errores involuntarios en la colocación de piezas. Creo que los artistas deberían aprovechar—haciendo a un lado celos, orgullos y ortodoxias— errores que favorecen a sus imágenes. Jeanne Girigori, de Curazao, protestó airadamente, al borde del llanto, porque las tres partes de su óleo Frontera Kibra en vez de seguir el orden 1-2-3 de izquierda a derecha, fueron colgadas al revés: 3-2-1. El error se corrigió y hubo que lamentar una gran pérdida de energía visual en las multitudes oscuras que se agolpaban en puentes y carreteras, dentro de una construcción alimentada por una dinámica futurista que la "normalidad” evaporó.

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Varios países con nulas o escasas participaciones en salones internacionales decidieron, tras la I Bienal, desarrollar estrategias para hacerse más visibles y ser mejor considerados. Tal fue el caso de Aruba, la pequeña isla de Sotavento colonizada por Holanda: de un. rincón un tanto escondido del sótano en la I Bienal (cuando los paisajes acuosos de Stan Kupieri jalaban la mirada del visitante), saltó esta vez a uno de los mejores espacios en la segunda planta, tuvo un representante en el Jurado de Premiación y, de los cinco participantes, Giolina Molina decidió la noche de la inauguración descolgar sus dos grandes acrílicos constructivistas sobre madera (125 x 240 cm. cada uno), de la serie El comienzo, porque se alteró la colocación dada por ella una semana antes y que a última hora los museógrafos no pudieron respetar por falta de paredes.

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Quizá el público, al igual que el Jurado de Premiación, estuvo en la mejor disposición para corregir, sobre la marcha de la percepción, las anomalías museográficas. Variaciones sobre Haití en 100 movimientos, una sucesión de pequeñas tintas de 21 x 14 cm., del haitiano Jean Claude Garoute, instalada en angostísimo pasillo, fue la que más votos obtuvo (diez) en la discutida premiación. Los once componentes del jurado nunca coincidieron para llegar a la unanimidad. Ellos fueron: Gerald Alexis, secretario general de la Foundation Culture-Creation de Haití; Manuel Álvarez Lezama, crítico de arte de Puerto Rico; David Boxer, artista plástico y director de la National Art Gallery de Jamaica; DominiqueBrebion, directora regional de Asuntos Culturales de Martinica; Alissandra Cummins, directora del Barbados Museum and Historial Society de Barbados; Elda C. de Garuz, directora del Museo de Arte Contemporáneo de Panamá; Elvis López, artista plástico y director del Departamento de Bellas Artes del Instituto de Cultura del Gobierno de Aruba; Llilian Llanes, directora del Centro Wifredo Lam de Cuba; Ivonne Pini, historiadora de arte y editora ejecutiva de la revista ArtNexus de Colombia; el artista plástico y crítico dominicano Darío Suro, y la historiadora y crítica de arte Raquel Tibol de México. Personalidades estéticamente e ideológicamente muy diferenciadas, trabajaron con serenidad y madurez para obtener los resultados que la convocatoria solicitaba: doce premios iguales (no de adquisición) consistentes en medallas de oro (en verdad de plata dorada) y diplomas. Además del haitiano ya mencionado, se otorgaron premios a las siguientes obras: A las damas y a las reinas, del venezolano William Lira: Iluminado señor, del cubano Eleomar Puente; al tríptico Homenaje a nadie, del dominicano Raúl Recio; al tríptico There is a Meeting Here Tonight, de Stanley Graves de Barbados; un tríptico sin título del cubano Carlos René Aguilera; Laocoonte o Habitación habitada, del nicaragüense Denis Nuñez; Domineichon, de la puertorriqueña Nora Rodríguez; Refugiados, del hondureño Armando Lara Hidalgo; Deforestation, de Hamid Moulferdi de Martinica; al tríptico Río Hondo del puertorriqueño Néstor Otero, y Exile: Living in my Studio, del jamaiquino Milton George.

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También por mayoría se dieron seis menciones honoríficas a los siguientes artistas: Robert Cookhorne de Jamaica, Ofelia Rodríguez de Colombia, José Morales de Puerto Rico, Boris Viskin de México, Rocío García de Cuba y John A. Beadle de Bahamas. Por mayoría y según la convocatoria, se dieron tres placas de reconocimiento a los mejores conjuntos: Venezuela, Honduras y Cuba (en éste último desconcertaba la mediocre aportación de un artista de gran trayectoria: Raúl Martínez, así como el estancamiento de Zaida del Río). Si bien se mencionaron en el acta las aportaciones de Jamaica y Haití (que reunió imágenes distintas a las del arte naïf y de la belle peinture), para quienes estuvimos en la I Bienal fue notorio el esfuerzo hecho por varios países para mejorar su presencia, entre ellos: Costa Rica, Colombia, El Salvador, México, Nicaragua.

Aunque con números algo menores a los de la primera edición, se cumplieron en esta II Bienal las intenciones de sus organizadores de reunir, sin restricciones de temas, estilos, técnicas o medidas, pinturas del mayor número de países de la región (independientes o todavía colonizados), a través de un amplio conjunto de artistas. Cada país pudo haber mandado hasta doce artistas con dos o tres obras cada uno. Basta enumerar los países concurrentes para constatar que la mayoría de ellos no figura todavía en las historias del arte moderno y contemporáneo de América: Antigua, Aruba, Barbados, Islas Bermudas, Colombia, Costa Rica, Cuba, Curazao, El Salvador , Guadalupe, Guatemala, Guayana Francesa, Haití, Honduras, Islas Caimánes; de las Islas Vírgenes hubo artistas de las que pertenecen a los Estados Unidos (Santo Tomás, Santa Cruz y San Juan) y una del dominio británico (Tórtola), Jamaica, Martinica, México, Nicaragua, Panamá, Puerto Rico, República Dominicana, Saba, Saint Martin, Santa Lucia, Trinidad y Tobago y Venezuela. Reunirlos es la mayor virtud de la Bienal dominicana. En ella se confronta la producción pictórica de países con sólidos desarrollos artísticos con la de otros donde ni siquiera existen museos o galerías de arte.

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Se pudo volver a comprobar en esta II Bienal que Cuba sigue siendo semillero de artistas. No fue casual que dos premios y una mención recayeran en jóvenes artistas cubanos. Eleomar Puente (nacido en 1968) demostró con sus tres óleos (Iluminado señor, Fuga y Los juegos del King) una fuerza y una inventiva verdaderamente asombrosa para expresar de manera simbólica muy profunda y muy compleja las sobrecogedoras circunstancias por las que atraviesa su país. Asombran también su capacidad para establecer su estilo y utilizar su oficio. Su compatriota Carlos René Aguilera sobresalió por la originalidad de sus imágenes al abordar una cuestión cuyos ecos perduran de grave manera en la sociedad y la economía cubana: la presencia de la Unión Soviética, significada por osos que se mueven pesadamente en la metafórica noche de la isla tropical.

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No abundaron en la II Bienal imágenes expresivas de solidaridad con países que no fueran los del ejecutor del cuadro. Por esto resaltó el tríptico premiado del dominicano Raúl Recio (nacido en 1965). Con buenísimas armas artísticas de carácter postmoderno, Recio denunció la presencia como refugiado en la República Dominicana del criminal represor haitiano no Francois Michel, brutal jefe policiaco que había cambiado su apariencia física tratando de pasar desapercibido. Desde sus acrílicos Recio denunciaba: "Michel Francois is here, Michel Francois jefe está aquí; ahora solito aquí, estoy aquí pero no soy yo". Para darle mayor dinámica y elocuencia a sus paisajes expresionistas con personajes fantasmales, Recio los complementó con pintura en la pared y en el piso. Una instalación sencilla pero efectiva artísticamente en su propuesta social.

Joaquín Balaguer no asistió a la inauguración; pero ahí estuvo el escritor y político antimperialista Juan Bosch para respaldar con su presencia una empresa cultural esencialmente progresista. Estos terminarán por comprenderlo, los artistas y críticos dominicanos que se han opuesto de manera sistemática a la Bienal.

RAQUEL TIBOL

Crítica e historiadora de arte mexicana. Residente en México.

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