Dejando de lado el pésimo montaje de la exposición, hay que decir de inmediato que la muestra que conmemoraba los 25 años de Gloria Zea frente a la dirección del Museo de Arte Moderno de Bogotá sirvió para ratificar algo ya sabido: han sido 25 años de ausencia, 25 años de incompetencia, 25 años de posar de "vanguardistas". Si la directora siempre hubiera estado presente, muy posiblemente las cosas hubieran sido diferentes. Orientado por un curador poco preparado y arbitrario, el museo básicamente ha dado tumbos y, con el prurito de las novedades, ha dado cabida a muchísimas obras que indudablemente no quedarán en la historia del arte colombiano. La exhibición recordatoria reunió parte de la colección del museo consagrada al arte del país. Un conjunto bastante grande, pero desafortunadamente pobre —con pocas obras realmente importantes— con notables ausencias y pleno de inconsistencias. Para comenzar, resulta bastante triste que el museo no tenga sino un Obregón y un Botero. Una institución que trabaje con seriedad tiene de los grandes maestros una buena representación, no un solo cuadro. Y resulta imperdonable que el museo sólo tenga dos lienzos de esos grandes artistas colombianos adquiridos en 1964, es decir, en la época en la que la directora era Marta Traba. Y en muchos casos sucede lo mismo. El museo sólo tiene una obra menor de tal maestro, de tal artista, pero no una muestra representativa de su producción, de su importancia en el arte nacional. Ni Santamaría tiene las pinturas que se merece como precursor de una nueva manera de entender la creación artística en Colombia. Durante la época de la dirección auto-homenajeada se decidió conseguir trabajos de los artistas académicos y de los nacionalistas. La idea fue muy buena, más su implementación ha sido imperdonable. No hay razón alguna para que el museo tenga esas obritas de los retratistas y paisajistas de fin del siglo XIX y primeros decenios del XX. ¿Y qué decir de los artistas aparecidos en los treinta? Lo mismo. Todos los pintores con los que realmente se inicia el arte moderno de Colombia están mal representados: Pedro Nel Gómez, Ignacio Gómez, Ariza. Se salva un poco Trujillo Magnenat —con sus carteles y algunas acuarelas—. E increíblemente, nada de los escultores. De Rozo, J. D.
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Rodríguez, por ejemplo. El sector "histórico" de la colección es la demostración de que el museo ha trabajado, con una enorme falta de grandeza. Salvo para el autobombo, cuando se ha tratado de la colección, de las exposiciones —en los últimos años de escasa importancia, con la excepción de alguna que otra muestra conseguida a través de las embajadas—, el manejo ha resultado sin ambiciones. Sí, todo el mundo sabe que el presupuesto del museo ha sido precario, como el de todos los museos del país; pero también todo el mundo sabe que el MAM de Bogotá ha recibido las mayores ayudas oficiales por parte del alto gobierno. ¿Qué ha pasado con esos dineros? Suponiendo que el museo con esa plata sólo ha logrado "tapar huecos", ¿por qué su directora —con tantas relaciones— no se ha esforzado en comprar con ayuda de la empresa privada buenas obras, grandes obras —dos o tres, por lo menos— de González Camargo, de Cano, Pedro Nel y tantos más de los grupos mencionados de la primera parte de la centuria? Al ingresar a la exposición, uno se encontraba con dos bellos Negret: Cabeza de Cristo y un Aparato mágico. Dos obras claves para ilustrar el comienzo de la escultura moderna en el país. Con ejemplos como los mencionados —indicativos de su carácter precursor—, se ha debido presentar todo el arte de la colección por lo menos desde la generación del gran escultor payanés. Pero eso no sucedió. La generación que comienza a figurar en los años sesenta estuvo mejor representada, por lo menos en el caso de algunos artistas cercanos al museo. Hay excepciones: Feliza Bursztyn, por ejemplo, tiene una presencia muy pobre. La Cuja sin movimiento es un trabajo muerto, inexistente. Sin embargo, es una lástima que esos artistas —Caballero, Santiago Cárdenas, para mencionar algunos— no tengan trabajos hasta los últimos años. De nuevo hay que repetir que una colección buena debe tener ejemplos de la evolución de un artista importante —el MAM de Bogotá presentó en sus buenos tiempos, en el comienzo de la dirección de Gloria Zea, una completa muestra de la colección Calder en el MoMa; muchos se acordarán de todo lo que vino—. En el piso dedicado a los años sesenta también se reunió una enorme cantidad de obras sobre papel —dibujos, grabados, fotografías, diseños gráficos—. En este sector, los trabajos importantes —las tintas de Beatriz González y Pedro Alcántara, por ejemplo— se perdían en medio de muchos otros muy menores. En general, los ejemplos de las fotografías no eran los mejores y algunos de esta sección eran lamentables. De los años setenta, ochenta y noventa, la colección mostró un surtido amplio, aunque incompleto y, sobre todo, lleno de altibajos. Ese énfasis en lo más reciente se explica por el interés curatorial en las novedades a ultranza y muchas veces sin mayores fundamentos. Revisando esas obras, algunas cuantas vistas por primera vez en los Salones Atenas y en las Bienales de Bogotá, surgen muchos interrogantes: ¿de tantos artistas invitados a los dos eventos sólo quedan "vivos" los que se ven en la exposición? y de los presentados ¿cuántos permanecerán? ¿Un museo serio sí puede darle tanto espacio a un arte que, con algunas excepciones, se ve tan incipiente, tan inmaduro? ¿Cabe imaginar al MoMA dándole varias salas a Haring, Schnabel, Barceló, Longobardi, Salomé, etc. y una sección reducida a Picasso, Matisse, Braque, etc.? Aunque muchas cosas se quedarán para otra ocasión, es imposible no terminar diciendo que, en la publicitada exposición, tanto los textos de apoyo como las fichas técnicas tenían muchos errores. Leyendo al azar algunos de estos materiales aparecían "perlas" como estas: hablando del dibujo en Colombia se mencionaba a Fanny Sanín entre los artistas que lo han utilizado como "recurso expresivo totalmente autónomo". ¿Fanny Sanín? Seguro que no; ella hace estudios de color para sus acrílicos, nada más. Una obra de Luis Fernando Zapata aparecía como acrílico de 1985. Ni el procedimiento ni la fecha eran correctos. Etc., etc. Como complemento de la exposición no había nada, ni un pequeño folleto.
Simultáneamente con la inauguración de la muestra se lanzó un libro de las memorias muy parciales y arregladas de Gloria Zea sobre sus labores en el museo. Un libro lleno de fotos de la directora y una selección de obras de la colección, con atinados aunque breves comentarios de Javier Gil.
GERMÁN RUBIANO CABALLERO
